La estudiada (y compleja) sencillez de Chester Brown en “Nunca me has gustado” entra en tus ojos como una pastillita que se tolera bien. Sólo dejas que las páginas vayan pasando y te sumerges en el mundo blanquinegro de la historieta, mientras repasas con los dedos la línea clara y el trazo sencillo y fino con el que se teje el argumento que, desde una óptica realista, puede recordar –por su carácter de ejercicio de memoria- a “La ascensión del Gran Mal” de David B., aunque estéticamente estén claramente diferenciados.
Si David B. hace un recuerdo de
su infancia y adolescencia introduciendo elementos fantásticos y míticos,
Chester Brown apuesta –al contrario- por hacer un recuerdo selectivo de sus
recuerdos adolescentes, en este caso realista (como ya he dicho) y emocional,
pero como si cierta estética algodonosa con que parece contar su historia fuera
algo incómodo al lector, y donde la incomunicación del protagonista transita
cada página hasta la última.
“Nunca me has gustado” es el reverso de esas pelis de
instituto con adolescentes yanquis donde el guapo y la guapa son el centro de
atención de una trama en la que se perpetúan los estereotipos de competitividad
y victoria tan propios de nuestro mundo transcapitalista. Así que (en su cómic) Chester Brown
se centra en los secundarios de ese tipo de largometrajes: Los posibles
perdedores del sistema (en el futuro). La historia se siente cercana, el dibujo
te entra con facilidad por los ojos. Eso debe ser más que suficiente.





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