domingo 18 de diciembre de 2011

Zoológico


Mientras está sentada en la butaca y mira por la ventana, la abuelita de enfrente toma su café con leche y bizcocho que moja dentro de la taza. Yo muevo un poco la cabeza para verla y, a veces, compruebo que ella también lo hace y que me busca. A unos diez metros de distancia los dos, en cierto modo, desayunamos juntos, igual que monos en jaulas separadas en esta mañana de domingo. La situación tiene un poco de zoológico: Ella que mueve la cabeza para buscarme y comprobar como voy metiendo en mi boca los trozos de la manzana que he pelado, yo que veo como sorbe el café a la vez que recoge migas del bizcocho que caen sobre las mangas de su bata color vino y que, después de beber, introduce en su boca mezclando el sabor del dulce con el café instantáneo azucarado.

El asunto animal hace que recuerde un gorila triste en el zoo de Berlín en el año 2008 cuando las cosas eran diferentes (todas las cosas son siempre diferentes y eso no es síntoma de que sean mejores o peores). El gorila negro, con sus patitas cortas, estaba acuclillado en el foso de la zona destinada a los gorilas. Su aspecto de aburrimiento total era bastante deprimente para cualquiera que se acercara a verlo. Así que ya te puedes imaginar cómo estaría el propio gorila por dentro (y sin poder ir a Unter den Linden – a tiro de piedra si mangaba una bici a algún berlinés que estuviera tomando el sol en pelotas cerca de algún estanque en Teargarten).El esplendor del peludo cuerpo negro del animal se diluía en su gesto triste y en los ojos a veces perdidos que, como los míos con los de la abuelita de enfrente, de vez en cuando se cruzaba con los ojos sorprendidos de alguno de los visitantes del zoo.

Ahora, mientras observo como la piel de la manzana que me he comido se va oxidando (igual que la percepción del gorila berlinés en el verano de 2008), empiezo a pensar si en Berlín no me daba cuenta de que, en realidad, tanto el gorila como yo estábamos los dos metidos dentro de una caja, si desde la sala de estar donde observo a la abuelita que come su bizcocho bañado en café con leche, esta habitación no es en realidad una jaula o una caja y sucede que disfruto felizmente del interior confortable de esta caja donde, además, entra el sol en una preciosa mañana de domingo al tiempo que empieza a sonar en el hi-fi la canción con la historia de Waldo Jeffers.

La felicidad de Waldo dentro de una caja sorpresa, la felicidad y una impaciencia que casi da ganas (tal vez por miedo) de hacerte pis dentro de la caja.

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