“Frank” de Jim Woodring es como un sueño infantil en dibujos. O, más bien, el trabajo de Jim Woodring es como el infantil sueño paranoico de un adulto.
(Eso, tal vez, sea más adecuado.)
Una odisea psicotrópica que conecta con cierto tipo de narración fantástica que no deja de ser tradicional. O que, quizás, conecta con la mitología ilógica (si eso existe o si, en realidad, cualquier mitología no deja de ser ilógica).
A veces la odisea en este viaje en tebeo es un horror trip.
A veces es de buen rollo.
(Más horror que buen, a decir verdad.)

Los diferentes “relatos” son derivas visuales inciertas que están tejidas con imágenes, en muchas ocasiones, oníricas. Pura videodroga en dibujo. Hay incluso transiciones interdimensionales y extrañas sustancias que sirven para ver raras criaturas que habitan otras realidades. Así que Jim Woodring teje una red mágica, un sueño (a color o no) en cada una de las viñetas de este cómic. Y a veces lo hace con narraciones que parecen dictadas desde parámetros completamente infantiles. Como si el autor fuera en realidad un niño que nos está dibujando sus sueños.
(El adulto necesita leer historias de/para niños: Mejor en dibujos tal vez.)
Por esa razón en “Frank” hay todo un completo (y complejo) catálogo de ABSURDOS:
Una planta que escupe bolas para jugar a algo parecido al béisbol. Un agujero subterráneo donde Frank (el gato protagonista) llega a jugar una partida de póker con sus cuatro dobles (Luego uno ocupa su puesto arriba, fuera de la madriguera, y el que llegó se queda tranquilo continuando la partida...). Una fiesta en honor a los muertos en “La Casa del Misterio” donde Frank es el único invitado. Una peonza que da vueltas en el aire. Incomprensibles/Imposibles formas voladoras que parecen (no sabes si) un reptil, un jarrón como salido de “Las Mil y Una Noches”, una tetera (o todo a la vez). También tienes al Hombre Cerdo que habita el bosque y que viene y va en las distintas historias, toda una serie de seres o monstruos que te pueden hacer pensar en El Bosco.


¿Qué es lo que hay que entender en todo esto?
Nada.
No hay nada que entender.
Sólo pasar las páginas, observar las imágenes, las muecas de Frank ante lo que le sucede o le rodea, los extraños habitantes de las viñetas que vienen y van o que aparecen una vez y no vuelven a salir.

En realidad “Frank” es una especie de Wonderland (a veces terrorífica), no sé si más rara o menos pero igualmente única. Y Frank, el protagonista, aunque sea un gato, parece un Goofy de Disney (pero muy lejos de Orlando) con orejas pequeñas, en un viaje psilocíbico donde tienen cabida perros con forma de caja o diablillos anoréxicos que parecen sacados de una ilustración medieval y que se cuelan en esta historia que, desde el principio, adquiere un rollo ancestral, místico-paranoide, mítico. El desarrollo narrativo deriva con frecuencia hacia un absurdo que, sinceramente, no es necesario comprender ni analizar.
Solamente es necesario dejarse llevar por las imágenes.
Sentirlas.
Por eso no escribiré nada más.
Sería absurdo.
Mejor consumir esta droga visual.


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