miércoles 6 de julio de 2011

Especulaciones sobre “Alma” de Javier Moreno (Aciertos y desaciertos de una lectura en siete partes)



1

Después de 96 páginas, llegas a la página 97 y te encuentras con la siguiente frase:

Todo está fragmentado. Todo se relaciona entre sí”.

Muy Lyotard, muy Baudrillard. Muy zen, ¿no?

Creo que hablar de fragmentos (o de literatura fragmentaria) es, en realidad, totalmente clásico. El Lazarillo es una obra fragmentaria. El Quijote también. O “Drácula” de Bram Stoker. O “Werther” de Goethe.

Son fragmentarios y absolutamente clásicos.

Sí.

Como el zen.

Como el vacío.

O como el ping pong.

Las diferentes reflexiones que aparecen a lo largo de “Alma” son o pueden ser vistas como piezas de un puzzle que conforman una reflexión general sobre la vida, el arte o la sociedad contemporánea. Por otra parte, las breves narraciones que salpican este discurso meditativo del narrador suponen pequeñas interferencias (dulces interferencias) que jalonan el discurso que el protagonista (escritor, narrador, todo al mismo tiempo) lleva a cabo durante las 140 páginas de este libro que tiene como pauta de avance la velocidad y el salto de una idea a otra. Un salto de una idea a otra en modo random.

De ahí esa fragmetariedad que se puede encontrar en el libro pese a su apariencia lineal y su casi total ausencia de puntos y aparte.

Pero, claro, Javier también quiere ser contradictorio. Y la contradicción es bella (Como decía Yves Saint Laurent):

La escritura fragmentaria permite salir a flote cada cierto tiempo. Los escritores fragmentarios tienen pulmones débiles o, quizás, sean tímidos, incapaces de secuestrar la atención del lector durante mucho tiempo. Ante todo no desean molestar.

Parece que Javier Moreno quisiera evidenciar (o denunciar) esa literatura fragmentaria de la que habla desde una novela –precisamente- fragmentaria. Aparentes antítesis o posibles contradicciones en ese juego no tan random (no tan aleatorio) de hablar de mil y una cosas a la vez y estar hablando, en definitiva, de una sola cosa como hace Javier Moreno en esta novela.

Tal vez todo consiste en hablar del vacío. Del vacío taoísta de una pelotita de ping pong. Tal vez de la necesidad de crearse un alma. Y no a través de escanear objetos o fotografías, sino a través del uso de la palabra.

2

Estoy con Javier Moreno en que la palabra es la forma más adecuada para hablar de lo que nos rodea, sobre todo cuando las imágenes se han convertido en nuestro tiempo en un virus del que debemos alejarnos o vacunarnos igual que cuando nos venden la moto de la gripe porcina vía publicidad gratuita de la industria farmacéutica en los telediarios.

Pero las posibles contradicciones internas a las que he hecho referencia de forma superficial, son sólo aparentes. Eso es. Solamente son aparentes. Más bien se distribuyen a lo largo de la narración afirmaciones compensatorias, que hacen equilibrio entre sí. Por tanto, la narración en “Alma” no se apunta al cero o al uno, sino a todo lo que hay entre el cero y el uno, a todo lo que hay entre el blanco y el negro, (a todo lo que hay entre el Barça y el Madrid, como diría Alejandro Hermosilla, urdidor del monográfico “El experimento infinito” en torno a Mario Bellatín y recientemente publicado por EL COLOQUIO DE LOS PERROS). ¿Podríamos hablar de una narrativa, por tanto, borrosa que sigue las líneas propuestas por Bart Kosko en ese ensayo de nombre casi pop que fue y es “Pensamiento borroso”?

Javier escribe:

La literatura es el camino que va del cero al uno, sin incluir ninguno de los extremos”.

Si hablo de borrosidad (que es algo muy zen) creo que es también más justo hablar de un cierto tipo de literatura difusa que está aquí presente. Y no debemos confundir difuso con confuso.

Creo que en “Alma” no hay nada confuso.

Todo está dentro de cierta claridad que surge de las relaciones entre los extremos, entre los opuestos (Muy zen, ¿no?... pero también muy posmoderno, muy clásico). Entre querer ser o diluirse en un mundo de imágenes.

Y si Javier Moreno es difuso, lo es en el seno de una tendencia dentro de la literatura que reclama la necesidad de la falta de argumento.

¿Dónde está el argumento aquí?

¿Hace falta un argumento?

¿Existe el argumento en nuestras vidas?

Los mejores libros, los más realistas son aquellos en los que alguien ha pasado un borrador por ellos hasta hacer desaparecer la trama”, dice Javier.

Igual que “Un hombre que duerme” de Georges Perec.

Literatura difusa.

Igual que “La pesca de la trucha en América” de Richard Brautigan.

Literatura difusa.

Pero no confusa.

3

Alma” es, ya lo he dicho antes, una novela difusa. Aparentemente lineal y de estilo cortante, directo al mismo tiempo. Fragmentaria con maquillaje para que no lo parezca.

Igual que esos clásicos que todo el mundo digiere (u obligan a digerir en el colegio) y a los que he hecho alusión y que son, en realidad, fragmentarios.

Pero con maquillaje.

También ellos con maquillaje.

O peluca.

O bigotes postizos.

Sí, maquillaje, bigotes postizos, pelucas para novelas.

Para novelas que quieren parecer normales, lineales, clásicas.

Para que te las puedas leer sin miedo.

Eso es:

Con maquillaje.

Igual que algunas personas que se han convertido en personajes dentro de las redes sociales. Igual que los protagonistas de “Alma”: Eduardo y María. Eduardo: depositario o heredero de la peluca que permitió a Santiago Carrillo entrar en España en los tiempos de la transición y los televisores en blanco y negro, esos televisores no borrosos. María: la dueña de una tienda de pelucas. Eduardo y María, que son dos de los personajes que interfieren (dulcemente interfieren) en la ¿trama? principal que viene dictada por el monólogo casi solipsista del escritor-narrador-protagonista (todo en uno) y que enlaza los diferentes fragmentos o segmentos camuflados que constituyen esta novela que se llama “Alma”.

Ese monólogo que, en las primeras páginas de esta novela, parece la información sobre el perfil de un usuario de Facebook. Un manual de instrucciones para conocer a alguien, sobre cómo tratarlo.

(Hace unos años hablaba con amigos de la necesidad de que todos lleváramos un prospecto, igual que si fuéramos un medicamento, con el fin de que los desconocidos pudieran saber de nosotros quiénes somos, cómo funcionamos.

Ahora ya está Facebook.

Qué horror.

El verbo se hace carne.

Carne de píxel.

Ay.)

4

En el puzzle que es “Alma”, en su engranaje, salen a flote diversas piezas. Fijémonos tan solo en unas cuantas de ellas. Estas piezas del puzzle son:

1) Reflexiones sobre literatura, escritura y lectura.

2) Fragmentos sobre ficciones posibles.

3) Reflexiones sobre la vida, la sociedad, Internet, Ikea y especulaciones sobre la identidad o el glamour del arte contemporáneo.

(Podrían ser más, pero es preferible no extenderse, sobre todo teniendo en cuenta el déficit de atención generalizado en un mundo donde la recepción ha cambiado en un mundo eminentemente digitalizado)

5

Pieza número 1:

Reflexiones sobre literatura, escritura y lectura

Más que acción, más que argumento o alguien que dice: “¡¡¡Puños fuera!!!” (como en Mazinger Z), esta novela de Javier Moreno retrata un paisaje mental. Sería un libro más bien de pensamientos. Una suerte de “Ensayos” de Montaigne envueltos en cápsulas narrativas. O, más bien, estaríamos cerca de ciertas apreciaciones similares a un sociólogo como Gilles Lipovetsky en “La era del vacío” o “El crepúsculo del deber”. Livopetsky buceando en la ficción. Sí, porque aquí lo que verdaderamente importa es el flujo de ideas que expone de forma compulsiva el narrador. Casi podría decirse que es una literatura ansiosa, un libro con dinámica ansiosa que lo que busca es enumerar todo aquello que es relevante para el protagonista (narrador, escritor, todo en uno, todo a la vez), como si éste tuviera que dar fe de todo lo que piensa, lee, consume o recuerda, todo lo que olvida, todo lo que come.

Sí, literatura ansiosa que tiene que abarcarlo todo.

Literatura bellamente ansiosa en los tiempos del ADSL.

Escribo con ansiedad, me afeito con ansiedad. Escribir la palabra ansiedad no sirve en modo alguno para paliar la ansiedad” (Javier Moreno).

Escritura nerviosa y acuciante en los tiempos del Diazepam y el ADSL.

Javier Moreno dice:

El caballo es algo así como la tercera dimensión del ajedrez. Con la escritura pasa algo parecido. Uno puede saltar por encima de las frases hechas, por encima del espacio y del tiempo. La tercera dimensión del lenguaje, se me ocurre que esa podría ser una buena definición de la literatura”.

Pero la literatura también se ve como algo decadente, podrido, caduco. Y está (muy) bien que Javier Moreno lo escriba (sobre todo por la autocomplacencia de muchos medios y círculos literarios).

Perfecto:

No hay nada más aburrido que asistir a un recital de poesía. Es insufrible escuchar a los poetas declamando sus versos como ovejas desvalidas”.

Porque una vertiente muy interesante de “Alma” es su ramalazo punk y crítico. A veces satírico, con gran sentido del humor. Sarcástico. Suavemente corrosivo.

Como cuando dice respecto a los escritores:

Como representantes de nuestra especie los escritores deberíamos extinguirnos con dignidad, buscar un lugar retirado donde poner a secar nuestros huesos”.

O:

Nada hay mas decadente en estos tiempos que la literatura. Y nada hay más decadente dentro de la literatura que la subjetividad, que hablar de uno mismo. La literatura está llena de subjetividad, de toda clase de personas que quieren hablarnos de sí, de sus gustos, de sus manías. Algo repulsivo, pero que sin embargo se revela como un síntoma de nuestro tiempo”.


Dejemos ya entonces, después de este (envidiable) clímax antiliterario (o superliterario), la “Pieza número 1” y pasemos a la “Pieza número 2”.

6

Pieza número 2:

Fragmentos sobre ficciones posibles.

La literatura no es algo inmóvil, cerrado. Más bien es una posibilidad.

La ficción como posibilidad.

Algo que me gustaría escribir.

Algo que me gustaría que pasara.

Igual que muchos de los fragmentos de “Fuck America” de Edgar Hilsenrath, que no son más que las cosas que le gustaría escribir al narrador o las cosas que le gustaría que le sucedieran.

Eso pasa en muchos de los segmentos narrativos que encontramos en “Alma”, fragmentos que –más bien- hablan de ficciones posibles.

Por ejemplo:

Me gustaría escribir la historia de alguien que se suicida tomando tranquilizantes mientras contempla cuadros de Pollock”. Jackson Pollock, claro.

Son, ya lo dije antes, pequeñas cápsulas narrativas.

Literatura en proyecto.

Desarrollo mínimo.

Infraborges (con perdón).

Pienso que las inserciones a lo largo de la novela sobre posibles narraciones son de los elementos más interesantes en “Alma” y estarían dentro de una estética o retórica del boceto, del proyecto, incluso del anteproyecto literario. Pero estas posibilidades se ramifican también hacia posibles instalaciones artísticas que el narrador desearía hacer si fuera artista (o películas que grabaría si fuera cineasta). Poco a poco las ficciones posibles comienzan a ocupar cada vez más lugar en la narración e interfieren (dulcemente interfieren) con el monólogo concentrado del todo-en-uno-escritor-protagonista-narrador.

7

Pieza número 3:

Reflexiones sobre la vida, la sociedad, Internet, Ikea y especulaciones sobre la identidad o el glamour del arte contemporáneo.

A veces parece que el blog de Javier Moreno (Peripatetismos) se cuela en esta novela. O, tal vez, es la novela la que se cuela en el alma del blog de Javier Moreno. Así, ejemplos de esto, los tenemos cuando (para el narrador de “Alma”) el último concierto de Michael Jackson, que tuvo lugar un día antes de la caída de las Torres Gemelas, tiene una estrecha relación con el 11-S y podría simbolizar, en palabras del autor, “El fin del pop” o “El fin de la posmodernidad”. Una posmodernidad que se traduce también en la selección del mobiliario de Eduardo:

La casa de Eduardo se compone única y exclusivamente de muebles de Ikea.

Sofá Karlstad.

Estanterías Billy.

Sillón modelo Allak.

Un mundo homogéneamente idéntico bajo la dictadura de la producción en serie. Producción en serie que afecta por igual a la fabada de bote como al arte contemporáneo o incluso a cierta arquitectura contemporánea:

Cuando paseo por las zonas residenciales de una ciudad me suele embargar la desolación. Ese amontonamiento geométrico de adosados es lo contrario del lenguaje poético. Podría demolerse cualquiera de esos chalés sin que el conjunto se resintiera lo más mínimo. La intercambiabilidad es el concepto fundamental del urbanismo moderno”.

Intercambiabilidad también presente en el mundo de la industria del arte, una industria que resulta ser un atractor curiosamente extraño:

He llegado a la conclusión de que la belleza física y el glamour circulan alrededor del arte, orbitan atraídos por la fuerza de las pinturas y las esculturas y las video-instalaciones”.

Pero si retomamos el tema de la homogenidad, podemos entrever que las redes sociales o el uso de Internet a la hora de convertir al individuo en dato, desdibujan la identidad de las personas a través de la contaminación viral de las imágenes, a través de la sobredosis de jpg´s que se cuelgan en los perfiles de Facebook.

En algún momento parece que la fotografía es el enemigo.

Así, la fotografía que es un elemento recurrente en “Alma”. Y aparece la foto como si la foto pudiese reproducir nuestro interior, las circunstancias que nos acontecen por dentro.

María, una de los personajes que deambulan por las páginas de “Alma”, juega con sus fotografías y las envía a sus contactos de correo electrónico. Es esa necesidad tan contemporánea de exhibirse, de hacer comunicación de uno mismo. Estas comunicaciones fotográficas que hace María vía email tienen que ver con los fragmentos, con el carácter fragmentario de esta novela aparentemente lineal y que ya aludí al principio de empezar a hablar:

María abre algunas de las fotos en las que aparece en Photoshop. Las recorta y da a los fragmentos el aspecto de postales. Luego las adjunta a una lista de correo integrada por miles de personas. Cada vez un fragmento distinto. Un ojo, un trozo de frente, una mejilla…”.

El yo endulzado, tal vez idealizado pero seguro que segmentado.

Identidad photoshopeada, retocada.

En realidad, María es igual que esta novela (es esta novela).

Igual que su narrador también es “Alma”.

Igual que en “Alma”, la novela, hay fragmentos de la identidad de unos personajes de ficción que, en cierto modo, pugnan por no deshacerse, que procuran ser alguien o tener un alma, fabricarla de algún modo.


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