
Este espacio de papel está limpio. Como esta casa, como estas habitaciones. He buscado que este espacio esté limpio. Que no haya polvo, que no haya moscas, que no haya eco. Quiero que siga así. La temperatura de estas habitaciones es, por decirlo de alguna manera, aséptica. Yo la selecciono. Suelo y paredes están limpios, también, como este papel o mi boca que, desde que entré aquí, no ha tocado nada porque nada, nadie ha entrado aquí. En este lugar camino: Pasillo arriba, pasillo abajo. El lobo feroz se esconde al final del pasillo. Sí, allí, al fondo. Como en todos los cuentos o como en los poemas de terror, el final del pasillo es insondable, impenetrable, oscuro. Hay telarañas, polvo, insectos. Yo, por mi parte, hago como que no veo al lobo y procuro dormir.
Las ventanas del dormitorio están cerradas: No hacen falta el aire o los sonidos del exterior para esta fábula. Así que bajo las persianas y escribo que bajo las persianas. Tengo que decirlo por si lo olvido, repetir el ciclo. Apuntar las cosas que hago, dar fe, levantar acta.
Camino por el pasillo y atravieso su silencio transparente y casi cálido, transparente como el mal, como el insondable fondo del pasillo con lobo que siempre me asusta.
Este espacio es transparente o limpio o blanco. Sí. Como este papel.
Este papel es un flotador con el que creo que no me hundo. Estas palabras. Este papel es una chupeta que me quita el hipo, el miedo, las lágrimas. A veces tengo que escribirlo por si lo olvido, decir que las lágrimas no me dan hipo o borrar que no me dan hipo para no recordar que soy el sonámbulo que, desde que entró aquí, espera noticias, espera personas que hagan temblar sus ojos postizos.
Desde que estoy aquí, desde que estoy delante del espejo, he decidido que esta casa sólo exista detrás del vidrio de las ventanas, detrás de sus persianas bajadas, no más allá. He decidido que nadie sepa de su existencia ni de la mía, que sólo exista aquí dentro, aquí en esta penumbra climatizada, aquí en este papel que tampoco tiembla, que no quiere temblar.
Hoy, delante del espejo, he decidido volver a esconderme detrás de la puerta, debajo de la cama. He decidido no cruzar el espejo, no ver qué hay detrás. He decidido cambiar de color a ras de suelo. Cambiar de piel, los ojos, la boca. Usar peluca, maquillaje, corazón de plástico.
Entonces he paseado mi soledad de mentira sobre el suelo limpio y casi transparente, sobre este papel limpio y casi imperceptible, sobre esta tragedia sin lengua, bajo esta oscuridad de goma. Hoy, tendré que seguir diciéndolo, tendré que ponerlo por escrito para darme cuenta, para saber qué pasa o dormir tranquilo. Tendré que decir que estoy aquí, decirlo para no disolverme, decir que soy transparente, decir que lo digo, jurar que todo está limpio, que quiero que siga así, que he bajado las persianas, que sigo dentro, aquí, que yo también soy de goma, como la oscuridad, flexible, como un niño, que no siento. Tendré que volver a decir que camino pasillo arriba, pasillo abajo, que no mancho nada, que no tengo miedo, que soy cálido, o caliente, como las lágrimas de mis ojos postizos que no tiemblan. Tendré que decir que tengo chupeta y no me da hipo, que olvido – con frecuencia – que el lobo, como todos los días, me espera al final, cuando se hace de noche, en el fondo de ese pasillo que siempre me asusta.

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