lunes, 7 de abril de 2014

Periferia: excentricidad y distopía ballardiana (Textos a partir de la lectura del artículo “Órbita” de José Daniel Espejo)

    

  
    Alejarte del centro, salir de él.
Flotar fuera.
Observar con distancia profiláctica. Esconderse como francotirador o guerrillero urbano oculto en barrio residencial, a las afueras.
Disponer la mira telescópica, ajustar el tiro.
Destruir la vivienda de síntesis.
Matar el futuro.
    

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Nos trasladamos a la periferia como quien se muda a la realidad
(José Daniel Espejo)

J.G. Ballard se mudó a Shepperton (periferia londinense) a principios de los años ochenta. Allí vivió con su familia, crió a sus hijos y murió su esposa. Allí fue donde recibió en tres ocasiones a periodistas de la revista Re/Search a principios de los años ochenta.

Los ochenta fueron una Edad del Hielo:

La que aparece en “The Century of the Self” de Adam Curtis.
La presente en algunos fragmentos del documental “La doctrina del miedo”, basado en el ensayo de Naomi Klein.
La que metaforiza Charles Burns en El Borbah (más concretamente en la historia “Ice Age”).
La que cantaban Joy Division en su canción del mismo nombre.



(Imágenes de Thomas Leon. 
"Living in the ice age", 2010)

Las entrevistas resultantes de aquellos encuentros en Shepperton han sido editadas por Caja Negra en “Para una autopsia de la vida cotidiana”. En ellas aparece esa localidad londinense donde vivía Ballard:

“En realidad, no vivo aquí; de alguna manera sólo son unas coordenadas en el mapa. Hace veinte años vinimos aquí con mi esposa simplemente porque no teníamos dinero para vivir en otra parte. Ya teníamos tres niños en aquella época, de modo que nos mudamos, ante todo, por el costo inmobiliario que variaba de acuerdo a la distancia con Londres, y encontramos una pequeña casa aquí. Los suburbios son un buen lugar para criar a los niños. Me fui quedando aquí por la fuerza de la inercia, porque no quería cambiar a los niños de escuela, y todo lo demás. Hubiera sido difícil para mí, con mis propios medios, criar a los chicos en el centro de Londres. Me hubiera traído muchos problemas.
También es un buen sitio para trabajar, por lo apartado. Paradójicamente, creo que me gusta estar en el frente de batalla más difícil; en algún sentido, un barrio como éste es un auténtico campo de batalla psicológico: se encuentra en la frontera con el futuro, mucho más que una zona urbana.”

Así que el lugar de la complejidad contemporánea es la periferia. Ese espacio residual (analizado como secundario desde el Centro) se convierte en el lugar del conflicto, un lugar donde se funden la ficción y la observación, el análisis de otra Edad de Hielo a la que, probablemente, asistimos en la actualidad. Ese espacio donde las naves industriales fallecen y se regeneran, donde el club de carretera alimenta con neones el deseo, donde el atardecer cobra volumen y color -a diferencia del que se siente como oscuridad gradual en el centro urbano-, donde los fósiles de edificios inconclusos se ofrecen en el extrarradio como falos-cadáver a un cielo que se hace rojo en el ocaso. Una trinchera narrativa desde la que enfocar al enemigo y dispararle en el entrecejo, ver brotar su sangre, el aliento que se deshace.



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En Shepperton J.G. Ballard ubicó Compañía de Sueños Ilimitada”, una parábola narrativa donde elsueño y el mito fálico se hacen palabra, donde una suerte de Hermes actualizado es protagonista de la acción y se concreta en un simulacro de mesías que desde el suburbio pretende inocular el evangelio del sueño (y del vuelo) a los ciudadanos de este espacio periférico que, poco a poco, se convierten en seres voladores. Igual que algunos personajes de Moebius en “El Garaje Hermético”, igual que superhéroes o seres fabulosos creados por el inconsciente mitológico.


(Moebius ubicó algunas de sus historias en el Desierto B, un lugar simbólico y lisérgico alejado del eje que vertebra la Historia. Antonioni llevaba a sus personajes a un desierto rojo metafórico o los hacía deambular por barrios periféricos y en construcción, a las afueras, en “El eclipse”. Pasan los años y pienso que Antonioni profetizó algunas escenografías urbanas presentes en la ciudad de Murcia en el siglo XXI, un espacio alejado de la Historia.)




Desde Shepperton, Ballard auscultó también el futuro y el presente del mundo que alrededor tenía y que, a día de hoy, sigue siendo nuestro (o, más bien, se multiplica en diferentes puntos del planeta). Allí concibió y redactó “La exhibición de atrocidades” o “Crash”. Allí se exilió de la metrópoli, de Londres, y concibió historias que se desarrollaban en urbanizaciones de lujo que nada tienen que ver con el Centro y que desarrollan la idea de periferia como un espacio donde tiene cabida el horror (“Noches de cocaína”, “SuperCannes”). Allí radiografió el no lugar de las autopistas en una novela como “La isla de cemento”.



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La mirada de Ballard prefigura algunos ejemplos de ciencia ficción contemporánea como los que podemos ver en series televisivas tales como Black Mirror:

“El futuro será como un suburbio en Düsseldorf, es decir: como en uno de esos barrios ultramodernos que tienen un BMW y un barco en cada unidad, el ideal de la clase media dirigente, con su mansión y su jardín. Suites inmaculadas –ni una colilla de cigarrillos en ninguna parte-, con su moderna escuela inmaculada y un inmaculado centro comercial; un paraíso del consumo (…).



A través de las palabras de Ballard el suburbio se convierte en espacio para la ficción, escenario narrativo:

“Hay un cierto tipo de lógica que rige estos suburbios inmaculados. Es una lógica terrible que representa la muerte del alma. Y pienso con horror en esta prisión en que el mundo se está transformando (…).
Si uno vive en un mundo como éste, sin ninguna libertad permitida, la única salida que tiene es la locura. Quiero decir: en un mundo perfectamente razonable, la única libertad posible es la locura.”

La periferia se convierte en cartografía de la alienación, de la locura, paisaje esquizorrealista de un presente que se catapulta hacia el futuro:

“Por tal motivo me interesan los suburbios: en ellos se puede vislumbrar el futuro. Se trata casi de instaurar la propia libertad: levantarse una mañana y tomar la resolución de poner en escena algún desvío, algún acto perverso o antisocial, aunque más no sea darle una patada al perro.”


Si volvemos a Black Mirror, en el tercer capítulo de la primera temporada (“Tu historia completa”) se puede decir que contamos con una escenografía semejante: Viviendas asépticas de diseño en zonas suburbiales, sin definir y sin nombre, perfecto vacío y perfecto aislamiento, espacios intercambiables en diferentes puntos geográficos del planeta. Un futuro sórdido de higiene y diseño, en unas afueras que ya no tienen nombre y se convierten en un continuum que podría ser cualquier lugar.


Ese futuro de perfección asfixiante es el que comprobamos también en fábulas futuristas corporativas como las propuestas por Corning Incorporated en “A Day Made of Glass 2: Same Day. Expanded Corning Vision”(2012), un video de propaganda utópica en el que se propone un mundo feliz:




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Ballard se dedicó a cartografiar la vida contemporánea. Hizo metáforas. En las entrevistas de “Para una autopsia de la vida cotidiana”, el autor confiesa (de forma cínica) que el acto de mayor rebeldía consiste en convertirse en individuo anónimo, desaparecer y flotar fuera del centro, ocultarse:

“A menudo pienso que lo más radical que uno puede hacer es elegir deliberadamente una vida burguesa: tener una casa en los suburbios, un trabajo en una compañía de seguros o en un banco; usar un traje azul, camisa blanca y corbata; llevar el pelo corto, comprar las telas y los muebles más adecuados, y elegir sus amistades por el grado de adhesión a los estándares burgueses. En síntesis: salir en busca de la perfecta vida burguesa, sin sonreír ni pestañear siquiera. De algún modo, el final del siglo XX se puede equiparar a la huida de Gauguin a Tahití. No es descabellado.”



El Grand Tour (entre mediados del XVII y principios del XIX) era algo así como lo que hizo Gauguin (pero en versión light): Escapar del centro, huir aunque fuera temporalmente. Sobre todo lo hacían los jóvenes ingleses de clase media-alta. Recorrían Europa, se dejaban caer por España, Grecia, etc. Salían de la metrópoli y se perdían por la periferia europea.

William S. Burroughs lo hizo en los cincuenta: Marrakech. Su agencia de viajes empezaba por la letra H.

Ahora los vuelos low cost ayudan a la democratización del Grand Tour y el turista global de clase media vuela a Thailandia para bailar y emborracharse. Se tuesta al sol en Phuket, Bali, Mikonos o Ibiza: Locus amoenus sintéticos que ofrecen losteleoperadores occidentales, espacios para el vacío cool, sucursales del Centro.

Otras opciones son posibles fuera de las corporaciones de ocio y vacación.
Por ejemplo:
Aterrizar en el aeropuerto de Guatemala City, escapar del epicentro de Occidente, de Europa, buscar las profundidades del ser en la periferia internacional donde el futuro y el pasado se dan un beso mortal.

Recuerdo estar allí, buscar taxi a la puerta del aeropuerto, negociar precios, hablar de la guerrilla en el trayecto o de Efraín Ríos Montt y llegar a la Zona 10 y observar prostitutas adolescentes que hacían la calle. Recuerdo la recepción de hotel como un búnker en tiempos de ley marcial.

Recuerdo Atitlán, un lugar perfecto para que Moebius fantaseara con dioses acuáticos.
El Lago de Izabal, el biotopo Chocón Machacas.
Fumar un cigarrillo.
Pensar en Miguel Andúgar.
Recuerdo discotecas en Livingston bajo palmeras y turistas europeas con sed de carne negra.
Turistas europeos con sueños del mismo color.

La picadura de un escorpión en mi espalda.
Cerdos que mueren por picadura de escorpión.
Ceviche y cerveza, bananitos.
Cementerios multicolores.

El agua que fluía hacia el mar Caribe y que seguirá siendo sinónimo de la muerte en una (imposible) Teoría Periférica Narrativa.

Recuerdo cruzar la frontera en Puerto Barrios y pasar a Honduras y ver carteles en la aduana sobre una epidemia: Ojos enrojecidos en algunas personas, un caballo muerto.
El miedo.
Honduras y las balaceras a los minibuses en San Pedro Sula, rivalidades entre maras y ron-cola para el turista que, tal vez, sea daltónico y no diferencie ya el color.
Diluvios vespertinos.
Sexo (y su ausencia) en habitaciones de hotel.

Honduras serviría como perfecta escenografía de la alienación y el borrado selectivo de memoria de un pueblo explotado por la colonización, de un pueblo que sirvió como paradigma de república bananera gracias a la corporación United Fruit Company.
Honduras y la lobotomía hispano-yanqui.
Electroshock.
Honduras y la periferia internacional.

Recuerdo leer “Los detectives salvajes” de Bolaño durante este viaje de diez meses por Centroamérica.
La huida real visceralista del D.F. hacia Sonora.
“La crónica de esa aventura centrífuga donde el D.F. es el punto A, y el B la nada.”(José Daniel Espejo dixit).

La huida.
Recuerdo la selva en La Mosquitia, monos aulladores.
Los indios miskitos.
Los místicos.
La huida.
La mía era una huida esquizorrealista.

Recuerdo tomar un autobús hacia Real de Catorce (San Luis Potosí, México), santuario del Peyote de los indios yakis.
Recuerdo un burro a la entrada del pueblo (después de pasar por un túnel de tres kilómetros, digo yo) y un cartel diciendo:

“Bienvenidos a la Luz”.

La periferia será la luz que ilumine nuestro vacío.

Los místicos lo saben.

Los miskitos también.


sábado, 29 de marzo de 2014

J.G. Ballard y las consecuencias mágico-lingüísticas del 22M (o la Policía Semántica)



“Para una autopsia de la vida cotidiana” es un libro de entrevistas a J.G.Ballard que en 2013 editó Caja Negra. Llevo pocas páginas pero el otro día me saltó a la cara una frase que, queramos o no, está muy relacionada con alguno de los acontecimientos que los medios de comunicación han tratado esta semana (sobre todo aquellos que no pertenecen a los grandes grupos mediáticos).

Como consecuencia de los enfrentamientos urbanos que tuvieron lugar el día 22 de marzo en Madrid, hace siete días, un grupo de policías protestaba ante las puertas de la Delegación del Gobierno. En el momento en que se daba esta manifestación de los cuerpos de seguridad del Estado (Estado que idealmente pretende defendernos y protegernos, llevarnos por el camino del Bien Común), una joven pasaba por el lugar y expresó de forma pacífica su descontento y rechazo. Lo hizo como ciudadana, de forma pacífica, con papel y bolígrafo, con un pequeño cuaderno donde se podía leer:

“ME DAIS VERGÜENZA”.


 Como ya se sabe, su acción (que, desde mi punto de vista, nada tiene que ver con la defensa de violencia de ningún tipo) tuvo una consecuencia en el comportamiento de esos policías que protestaban ante la Delegación del Gobierno ya que los agentes la insultaron para -a continuación- identificarla y denunciarla en un acto que, si lo analizamos como debe, entra en contradicción con la libertad de expresión que un Estado democrático debe animar.


Así que el otro día, cuando el autobús que tomo todos los días para ir al trabajo cruzaba un puente sobre el río Segura, me encontré con estas frases de J.G. Ballard que considero están absolutamente ligadas a la noticia de la que hablo. Las palabras del autor británico son de 1982, año en que el mundo conoció al simpático Naranjito, y dicen así:

- Incluso la palabra puede resultar un delito. O un cartel que dice: ASESINATO. ¿Es que el cartel, en sí mismo, constituye un acto delictivo? No es fácil decirlo, ya que la realidad y la fantasía ya no están separadas, ¿no es cierto? (“Para una autopsia de la vida cotidiana. Conversaciones”, Caja Negra Editoria, Buenos Aires, 2013)

A decir verdad, con su actitud, estos policías revelan su perfecto conocimiento del componente mágico del lenguaje, la forma en que éste hace hibridaciones entre realidad y ficción para recombinarse como distopía. Ballard estaría orgulloso y nos susurraría al oído:


“Bienvenidos al Mundo de la Policía Semántica”.


(Ballard en familia)

martes, 18 de marzo de 2014

Bucle (o Por qué Funki Porcini argumenta que el Diablo conduce el coche)

    


La repetición.
Ir hacia delante y hacia atrás, volver a reproducir los mismos pasos. Circunvoluciones alrededor de una idea, un fenómeno, trauma, deseo, ambición. Oler las huellas si cabe. Asistimos a procesos de los que ya nos han hablado: La banalización del mundo contemporáneo, el mantra hipnótico de la producción capitalista, la objetualización del individuo y su consecuente mercantilización (Podemos seguir). No han sido oráculos ni visionarios quienes han hablado sobre todo esto, sino individuos que reflexionaron y escribieron hace unas décadas, en tiempos donde se daban preocupaciones o patologías semejantes a las nuestras:
“La vida sigue igual” (Julio Iglesias dixit).


Empecemos con un ejemplo.
Los letristas nos hablaron en su publicación Potlatch acerca de la situación en la que se hallaba el individuo en la década de los cincuenta:

“Una enfermedad mental ha barrido el planeta, la banalización. Todo el mundo está hipnotizado por la producción y los servicios”.

Esto sucedía hace sesenta años y dicha afirmación es perfectamente trasladable a nuestro tiempo (Olemos huellas, repetimos ideas, fenómenos, traumas, deseos, hacemos circunvoluciones, un pasito para adelante, otro para atrás). Si miramos hacia atrás y observamos (con no mucha distancia) la burbuja económica en la que nos encontrábamos hasta hace bien poco, no hay duda de que los planteamientos de los letristas (unos personajes a quienes todo el mundo olvidó en la siguiente década y a quienes apenas nadie conoce en la actualidad) tienen vigencia.

Así que seguimos obsesionados en nuestra democracia capitalista con la producción, los servicios y, en definitiva, con el Consumo, Divinidad Absoluta del Capital. Es decir, que la cosa no cambia mucho (O sea: circunvolucionamos en torno a nuestras recurrentes patologías del espíritu y los virus del Materialismo Global). Ahora bien, si nos fijamos en lo que nos rodea, podemos decir que todo el mundo anda –además- aterrorizado por la crisis. El desencanto, el miedo se multiplican. A todo esto se puede añadir (si quieres) la paranoia por el control y la vigilancia (drones, espías, seguridad privada, etc.). No obstante, pese al miedo o al terror que se inocula como bacteria desde los medios, seguimos sin dejar de mirarnos al ombligo en un narcisismo que podríamos clasificar como viral (Las redes sociales tienen mucho de responsabilidad en ello).


Siguiendo esta línea, no es extraño que Lipovetski hablara de Narciso como referente mitológico que define la psique de Occidente:

“(...) el narcisismo ha abolido lo trágico y aparece como una forma de apatía hecha de sensibilización epidérmica al mundo a la vez que de profunda indiferencia hacia él (...). El narcisismo surge de la deserción generalizada de los valores y las finalidades sociales, provocada por el proceso de personalización (...); es el materialismo exacerbado de las sociedades de la abundancia lo que, paradójicamente, ha hecho posible la eclosión de una cultura centrada en la expansión subjetiva, no por reacción o suplemento del alma, sino por aislamiento a la carta”.

Gilles Lipovetski escribía estas palabras en los años ochenta del siglo veinte, en “La era del vacío” (¿Aún la nuestra?). Quizás tal narcisismo se haya multiplicado por nuestra vida digital (a causa de ella, a partir y dentro de ella), esa vida en red que a la vez nos convierte en producto (u objeto) y, consecuentemente, en mercancía dentro de la dinámica del espectáculo de la que Guy Debord hablaba como si profetizara, de forma sobrecogedora, acerca del mundo en que hoy vivimos:

“El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizadas por imágenes (...). Es el corazón del irrealismo de la sociedad real”.


Somos nosotros, ahora, quienes distribuimos nuestra identidad on line en busca del tan anhelado me gusta, convirtiendo nuestra identidad en objeto.

- ¿Y quién no? –pregunta un espontáneo.

Una persona que metía el dedo en la llaga y que, en cierto modo, hace que algunos de los comentarios de los situacionistas se vuelvan materia pop (y poética) fue Baudrillard. El filósofo francés decía que el individuo se ve invadido por los objetos y las imágenes, lo que nos lleva a existencias incompletas y vacuas:

“... lo que todos queremos en tanto que objetos (...) es ser tomados profundamente como objeto, tal como es en su carácter insensato, inmoral, suprasensible...”.


Quizás algunas de sus ideas puedan ser excitantes si se observan desde la óptica de alguna parafilia o perversión sexual, pero -desde el punto de vista pragmático y auténticamente real- llevan a la cosificación del individuo, a confundir alma con objeto.

- ¿Alma? ¿Está usted hablando de alma?
- Sí, por supuesto. ¿Suena demodé?

Y si el individuo se vuelve objeto, no nos diferenciamos mucho de maniquíes con ropa de temporada en los escaparates de los centros comerciales (o de cerdos que buscan el beneplácito ajeno antes de ser sacrificados; un beneplácito, visto bueno, que reside en el exterior, fuera de nosotros: En la red que todo lo ve, Ojo del Culo Global).

Sigamos con más referencias.
En los 40, el colectivo Reflex, con el pintor holandés Constant Nieuwenhuys a la cabeza, argumentaba:

“En el vacío cultural sin precedentes que ha seguido a la guerra, se ha establecido una cultura del individualismo cuyo convencionalismo impide el ejercicio de la imaginación, el deseo y la expresión de la vida”.

Y ese individualismo (narcisismo, solipsismo, egotismo) es el que en la actualidad nos aísla y aliena. Es decir: circunvoluciones, repeticiones, sampleado constante de la realidad (Olemos huellas que otros han dejado antes de nosotros).



A decir verdad, no es que –a estas alturas- padezca una filia especial por lo retro en lo que se refiere a figuras del pensamiento o la acción social, sino que todas estas afirmaciones, desafortunadamente, siguen vigentes. ¿Me equivoco? Y eso que alguien decía que la historia había terminado. Ese alguien no sabía que la historia se basa en el bucle (y que repetimos paranoia, deseos, patologías, desconcierto). Lo que ha acabado, queridos amigos, es el futuro: La historia sigue aquí (Un pasito para adelante, otro para atrás).