domingo, 29 de marzo de 2015

NO FUTURE. Mutaciones semánticas en la era de la aceleración de lo real y la telepresencia

   



The Future is History

URIEL ORLOW


The time is now

MOLOKO


A veces las palabras significan cosas diferentes a lo que querían transmitir en el momento en que fueron concebidas, escritas. Ya no es que la recepción e interpretación de esas palabras pueda variar a la hora de que el mensaje sea interpretado por parte de receptores, nuevas sensibilidades o revisiones críticas. Más bien lo que viene a suceder (o lo que se viene a decir aquí) es que el contexto opera cambios en el significado de los discursos. En ese sentido los manipula o, por eso de ser más correctos, los modifica. Así, lo que un día significaba A puede significar B ahora, de modo que el entorno opera una mutación en el mensaje.

  El primer fenómeno podemos encontrarlo dentro de la música popular frecuentemente: el receptor del mensaje hace una interpretación del mismo interviniendo sobre el significado original. Sucede en letras de canciones que adquieren significados diferentes en virtud de una relectura de la composición original. Sería, por ejemplo, el caso de la canción “Over the rainbow”, cantada por Judy Garland en “El Mago de Oz” y que termina por consolidarse como himno homosexual en los años cincuenta del siglo veinte. En otros casos (en el fenómeno que puede clasificarse como mutación semántica) encontramos composiciones que podían tener una muy concreta intencionalidad comunicativa en su momento pero que, sin embargo, el paso del tiempo (y la modificación del contexto) puede hacer que la significación de su discurso varíe y el texto sea leído de forma diferente, más acorde con la realidad de los oyentes contemporáneos, ajustándose a su horizonte de referencias.



     Hay casos en que una canción, una frase, un par de palabras quizás, pueden trascender la propia obra de la que forman parte y funcionar semánticamente fuera de la composición en la que estaban insertas, de modo que su mensaje se convierta en eslogan publicitario, merchandising, sampler artístico. Y en ese ir más allá, incluso el significado primitivo es susceptible de ser alterado. Algo así es lo que sucede, por ejemplo, con algunos de los textos que la banda británica Sex Pistols manejó en la grabación de sus canciones en la segunda mitad de los años setenta del pasado siglo. Precisamente, las letras de esta formación (desde “God save the Queen” hasta “Bodies”) van adquiriendo –con el tiempo- un mayor relieve y no, precisamente, por un posible cariz profético sino por el motivo que tenemos entre manos: la influencia del contexto como patrón de cambio en el significado.


     Si prestamos atención a la letra de “God save the Queen” (y dejamos de lado la crítica política coyuntural que se plantea en la misma), podemos extraer conclusiones diferentes a las que John Lydon proponía a finales de la década de los setenta:

Don't be told what you want, don't be told what you need
There's no future, no future, no future for you

(Sex Pistols, “God sabe the Queen”)

     Esta afirmación adquiría en su momento un carácter completamente nihilista, de negación del futuro, a la vez que no perdía la oportunidad para subrayar un mensaje de (supuesta) disidencia. Con una letra que se desenvuelve a través de la conciencia del absurdo y el sinsentido de la existencia, “God save the Queen” suponía una crítica a la monarquía y una reivindicación de la clase obrera británica. No obstante, si descontextualizamos algunas de las frases presentes en la letra de la canción, como por ejemplo el fragmento que se ha destacado más arriba (o el mantra final que se repite ad infinitum: “no future, no future, no future…”), podemos extraer otro tipo de conclusiones que, más adelante, se expondrán. Sin embargo, más que descontextualizar, lo que haremos será recontextualizar alguna de esas frases en el tiempo presente (o, tal vez, sea más adecuado decir que es el presente quien se encarga de tal recontextualización).  



     En ese sentido es oportuno traer aquí algunas palabras que Paul Virilio propone en “La bomba informática” (Cátedra, 1999), palabras que inciden en el cambio semántico del que aquí se trata. Más concretamente alguna reflexión acerca de cómo la realidad, paulatinamente, se va configurando a través del presente como un continuum del que no se puede huir:

     “El AQUÍ ya no existe, todo es AHORA”, dice Virilio.



     Una forma de contribuir a esta idea es el discurso que se establece dentro del espacio publicitario. La publicidad, que se configura como una de las principales narraciones contemporáneas (y como nueva hacedora de mitos tal y como planteaba Roland Barthes en “Mitologías”) sirve en multitud de ocasiones para afianzar el concepto de que “todo es AHORA”. Es dentro de su lenguaje donde se configura la filosofía que anima un mundo como el nuestro que tiene en la recontextualización del carpe diem (y la mutación de su significado –o reconfiguración semántica, si queremos llamarlo así) una de las bases donde se confirma la idea propuesta por Virilio. De hecho, una campaña promocional de Cruzcampo proponía hace un tiempo un anuncio en el que se podía ver a una hormiga que observaba a una serie de personas que disfrutan y toman cerveza. Operando un cambio de sentido sobre la popular fábula de “La cigarra y la hormiga” de Esopo, la hormiga llega a manifestar:

     “Quiero vivir, quiero sentir, saborear cada segundo…”



     La hormiga, por tanto, renuncia a su rol como paradigma del trabajo y el sacrificio y se abandona o, por lo menos, manifiesta su deseo de abandonarse al placer, al presente. El texto original, adoptado de una letra de El Sueño de Morfeo, sería como sigue:

“Quiero vivir, quiero sentir.
Saborear cada segundo,
compartirlo y ser feliz”.

Estos tres versos nos llevan a conectar esta letra de supuesta intrascendencia pop con la realidad de nuestra existencia (en línea y fuera de línea) que tanto tiene que ver con el axioma de “El AQUÍ ya no existe, todo es AHORA” que se maneja en este texto y que Moloko concentraba en una de sus canciones del álbum “Things to make and do” (Echo Records, 2000):

“Give up yourself unto the moment
The time is now”



Así que vivir y sentir, pero vivir y sentir para compartir en red social (por ejemplo), para alcanzar la felicidad a través de la aceptación digital, vivir y sentir para subir la foto a Facebook, con el fin de escribir el texto breve en Twitter o photoshopear la realidad en Instagram gracias a filtros preconfigurados y con la intención de formar parte de la tribu de los telecreyentes.

Si conectamos El Sueño de Morfeo (o a Moloko) con un proceso de reubicación del ser humano dentro de la realidad, se debe a que esta misma realidad se escribe de forma casi inconsciente, sin que nosotros nos demos cuenta (y aún participando nosotros mismos de su redacción). Se escribe con una canción de los Sex Pistols, con un anuncio de cerveza o la letra de una canción pop. Así, el presente se retrata a sí mismo de forma fragmentaria, igual que se desarrolla de forma instintiva y primaria el trabajo de los insectos sociales. Es por eso que se hace imprescindible establecer los vínculos necesarios entre los diferentes textos y signos que configuran nuestro tiempo para conseguir acercarnos al discurso que la realidad emite como una autobiografía global en presente absoluto, sin detenerse un solo momento, dando forma al hormiguero, ese signo que no se ve individualmente sino de forma colectiva, colaborativa.


  La velocidad de la información, la telepresencia o la realidad virtual “que modifica hasta la verdad de toda duración” (Paul Virilio) nos empujan irremediablemente hacia una realidad en la que no hay un desafío al presente, en la que no encontramos un cuestionamiento del mismo porque el vértigo de nuestra sociedad nos aboca a un presente eterno (o absoluto) sobre el que no hay cuestionamiento. Bajo esta perspectiva, el pasado se transforma en un síndrome de consumo tal y como apunta Simon Reynolds en su libro “Postpunk. Romper todo y empezar de nuevo” (Caja Negra, 2013)”. Se convierte también en una estrategia que tiene como fin “aprovechar la abundancia del pasado para compensar las malas rachas del presente”.  Y el futuro, teniendo en cuenta estas circunstancias, no se dibuja como un territorio al que viajar o proyectarse a través de la innovación puesto que el presente, con su exigencia de inmediatez, se postula como eje de control omnipresente y totalitario de la realidad. Nos aboca a estar “AQUÍ” y borra ese posible concepto que es el futuro.

     Tal y como apunta Virilio la “ruptura” con el presente “nos retrotraería al pasado, a la memoria muerta (al tiempo diferido)”, y el pasado –como ya se ha señalado anteriormente- se ha convertido en una boutique de emociones, un lugar de eclosión de deseos y consumo zombi, entendiendo zombi por la devoción que nuestra sociedad profesa hacia el consumo superficial de artículos vintage (sean estos objetos, ocio, cultura o diseño gráfico de aire retro).  Así, si todo vuelve, es porque todo eso que retorna no es nocivo para el presente, no lo cuestiona. De hecho, esa avidez necrófila por el pasado no es crítica con la realidad circundante puesto que esa mirada hacia atrás fosiliza el estado de cosas y no establece ninguna proyección hacia el futuro, verdadero (y posible) cuestionamiento de la realidad contemporánea, motor de cambios.



     Si el imperativo “Don't be told what you want, don't be told what you need”, podría ser fagocitado por una corporación de telefonía móvil o por la banca telemática para crear un nuevo significado a partir de otro ya dado (igual que ha sucedido con la campaña de ING Direct con Bob Dylan), la recontextualización de “no future” -que se opera a través de una realidad que escribe su discurso a tiempo real- es diferente. Así ese “no future” que proponía John Lydon en la canción de los Sex Pistols es (o se convierte en) la afirmación inconsciente que nos viene del pasado y que certifica que el presente es la única realidad existente. Algo así como si el oráculo de Delfos acertara a través del error. En ese sentido, el contexto ha operado una mutación del significado original de la canción “God save the Queen” y ya no es por más tiempo una afirmación trágica de la existencia, una constatación del absurdo y el sinsentido. Sencillamente pasa a ser afirmación de un estado de cosas, una afirmación acerca de nuestra realidad absolutamente presente (“The time is now”). Y sucede así, además, por el uso indiscriminado de este “eslogan” que dice “no future” (sí, ya se ha convertido en un eslogan) y que, debido a su viralización en la cultura de masas, queda despojado de su significado original para convertirse, simplemente, en la constatación de una realidad donde, como apunta Virilio (y debido al ritmo frenético de la información y la interacción digital y a distancia) “el RELIEVE  de la instantaneidad prevalece sobre la PROFUNDIDAD de la sucesión histórica”.

“No future” es, por tanto, la afirmación que (recontextualizada, resemantizada) nos indica que el único horizonte posible que divisaremos será este presente absoluto (en forma de caja de donde es imposible escapar), este presente absoluto que deshace el futuro en una suerte de fugacidad perenne bajo la velocidad, bajo el vértigo en el flujo de las informaciones y que anula cualquier capacidad de proyección hacia delante.




lunes, 16 de marzo de 2015

Desiertos paradójicos, desiertos mortíferos (Una lectura en torno al poemario “Cambio climático” de Cristina Morano





La soledad rugiente de la desolación

DEUTERONOMIO 32,10


El desierto gana, en él leemos la amenaza absoluta, el poder de lo negativo, el símbolo del trabajo mortífero de los tiempos modernos hasta su término apocalíptico.

GILLES LIPOVETSKY


The last beautiful free soul on this planet

SUPER SOUL




BIENVENIDO AL DESIERTO


En la película “Vanishing Point” de 1971 Kowalski atraviesa el desierto de Nevada cargado de bencedrina mientras conduce un Dodge Challenger blanco de 1970. Perseguido por la policía de varios estados, tiene como misión la entrega del automóvil en la ciudad de San Francisco. A lo largo de la película comprobamos como el protagonista, Kowalski, es acosado por la policía a la vez que es animado por Super Soul, un disc jockey ciego y negro de una emisora de radio, la KOW que emite desde un pueblo llamado Goldfield, Nevada, y a quien escucha el protagonista a lo largo del periplo que le llevará al desierto y la muerte.  


En 2014 Cristina Morano hace su propia travesía por el desierto con la escenografía, entre otras, de los Barrancos de Gebas de fondo. Ésta es una tierra árida, plagada de cañones y cárcavas entre Alhama de Murcia y Librilla, y mucho tiene que ver este escenario con el de la película de Richard C. Sarafian de cuyo guión se encargara Guillermo Caín (alias de Guillermo Cabrera Infante).



En el caso de Morano, hermosa alma libre (como diría Super Soul de Kowalski en una de las citas que abre este texto), no hay necesidad de anfetaminas a la hora de componer un cuadro poético caracterizado por la desolación y el abandono: la escritora solamente necesita el motor de sus palabras para avanzar por el desierto, un desierto que no es sólo físico sino que se configura como vital, existencial. Con un lenguaje duro y seco, Morano dibuja un páramo humano donde el vacío cotidiano se carga de voces que pugnan por salir a flote en medio de la tragedia.




LA ANIQUILACIÓN TOTAL


Hay quien ve en el desierto un espacio de redención, el lugar para el recogimiento y la oración. Un emplazamiento donde se acude a meditar y encontrar la iluminación. Así sucede con la figura de Jesucristo en algún momento del Evangelio, si bien allí es tentado por el diablo después de cuarenta días y cuarenta noches. Algo semejante ocurre con ciertos monjes, eremitas y anacoretas que, en el siglo IV y tras la paz constantiniana, buscaban la claridad espiritual y la unión mística con dios en los desiertos de Siria y Egipto.  

No es el caso de Cristina Morano que en la página 46 de “Cambio climático” afirma:

Infeliz el que aprende del desierto.

Siguiendo esta línea que apunta la autora, son muchas las veces que el desierto aparece en el Antiguo Testamento como un lugar donde domina “la soledad rugiente de la desolación” (algo similar a lo que sucede en este libro). Si la tierra cultivada, el lugar que habita el hombre, es el espacio donde la realidad se humaniza, el desierto es precisamente el ámbito donde tiene lugar la deshumanización:

Se ha secado la tierra,
pero más nuestros huesos



“Cambio climático” nos pone en primer plano (de forma sutil) la desertización, una desertización no sólo física sino moral. Y no es que Morano hable en su libro sobre la escasez de recursos hídricos o el retroceso de la tierra cultivable. No, Morano no establece ningún tipo de alegato ecologista aquí (al menos ése no es el objetivo primario de sus páginas). Ella prefiere (o está obligada a) introducirnos en un mundo donde el hombre desaparece y se va haciendo sombra de lo que fue:

   (…)Aquí hasta la memoria
se cura en sal y lentamente
también nosotros nos hacemos
de cecina la carne.

En “Cambio climático” lo físico o lo meteorológico es el preámbulo a la aniquilación del espíritu. O, más que un prólogo a todo eso, resulta ser la metáfora que nos habla de ello desde su mismo título:

Recordamos el agua,
pues el cauce la nombra,
esculpe esa palabra en la tierra.




EL DILUVIO


   La inundación es el contrario del desierto, su opuesto.

En diversos textos sagrados la inundación es sinónimo de destrucción. Los mayas quiché hablan de Uk’u’x Kaj (“Corazón del Cielo”) como responsable del diluvio. En Mesopotamia es Enlil quien arroja el castigo acuático sobre las gentes, diluvio del que se da buena cuenta en la epopeya de Gilgamesh. En la Biblia es Noé el elegido a dedo por Yahvé para salvar a las criaturas. En “Cambio climático” es Cristina Morano quien, con tintes proféticos y visionarios, escribe y dice:

Todo se quedará bajo el barro.




La presencia del agua en este poemario se configura entonces como peligro o quizás como purificación, ese agua que todo lo destruye:

     Lloverá durante cuarenta días y cuarenta noches
     dijo Stephen Hawking, después nuestra civilización
     destruirá el planeta (…)

Ante tal devastación, ante el apocalipsis que nos sobreviene, Morano llega a afirmar:

(…) No me pidas
que siga, que busque mi bien, salvándome
de la inundación.



Ella decide quedarse en el mundo que zozobra y naufraga, ese universo que Ballard retrata en su novela “El mundo sumergido”. Así que el agua, ese bien tan preciado que se echa en falta en más de una ocasión en los versos de este libro, cuando aparece ante el lector, lo hace a través de la tormenta y el diluvio.

Y la tormenta es tan trágica como el desierto.

El agua, por tanto, se convierte en las páginas de “Cambio climático” en agente de destrucción:

Entra el agua por las ventanas
temo por mi vida




LA PERIFERIA ME MATA


La periferia como escenario, igual que la que retratara Antonioni en “El desierto rojo” o “El eclipse”, vertebra el discurso poético de “Cambio climático”. Ésta es una periferia con frecuencia sin nombre, sin una ubicación concreta salvo en algunas ocasiones. Una periferia escénica que –en cambio- tiene como protagonista el corazón del ser humano, al igual que sucedía en la cinta del director italiano.

Y si hablamos del corazón del hombre, de la mujer, del corazón de la ciudad (y sus calles y sus apartamentos), lo que hacemos es hablar del presente, un presente que se hace eterno o donde reverberan preocupaciones imperecederas, que siempre han estado ahí, que siempre están aquí. Cristina Morano ha decidido tatuar en estas páginas un presente que nos consume, un presente que devora a sus hijos igual que lo hiciera Saturno con su prole. Morano retrata una realidad que fagocita a sus creaciones, que las deshidrata y abandona exangües. Traza una cartografía de la realidad que, a modo de susurro, silabea su tosquedad en nuestros oídos, en los ojos que sobrevuelan las páginas de este poemario. Las calles de la ciudad, las habitaciones o los apartamentos se configuran como espacios donde la soledad y el vacío quedan subrayados como marca de una alienación moral y emocional que mucho tiene que ver con el mundo que nos ha tocado vivir.



La ciudad, las calles y esos apartamentos se configuran como escenarios a través de los cuales se concreta la periferia de la que antes hablábamos. Así ciudad y calles se disponen como decorado de esa alienación que, con frecuencia, está tan relacionada tanto con el trabajo como con el amor, tal y como sucede en el poema Salida de las oficinas:

Tan feos y tan comunes volvemos del trabajo,
apenas sacudiéndonos
el inmediato olor del bar
y de sus restos de comida.

La urbe es el lugar del abandono y la soledad como se puede leer en el mencionado poema:

Sólo esta luz final de las tardes de invierno
nos descubre desamparados
en busca del dinero y del calor,

disputándole el mundo a nuestros perros.

Y el trabajo (su mundo, sus implicaciones) se dibuja aquí como un mecanismo que recorta los espacios de libertad del individuo:

lucen las oficinas como templos
de algún culto ancestral



La ciudad que estos versos habitan parece una isla, un lugar abandonado donde avanza la desintegración de las personas, al igual que el desierto lame los suburbios de algunas ciudades del Sureste. Fonollosa deambulaba por la ciudad del hombre que era Barcelona en uno de sus más reconocidos poemarios. Morano vaga por la ciudad de la mujer (del ser humano: masculino y femenino, qué más da), una ciudad intercambiable en su indefinición que, tal vez, podríamos concretar en Murcia, lugar donde reside la autora, pero que bien es cierto podría ser cualquier otra dentro de una periferia agonizante que se configura como teatro de operaciones del corazón que vislumbra un futuro mortífero.




Por su parte, el hogar, la casa, el apartamento se convierte en cubículo donde apenas hay oportunidad para la redención, la fe o la esperanza:

Tres cosas apiladas no forman una casa,
más bien un inestable montículo
y nuestra convivencia en ellas
no tiene nombre todavía.

La voz que va tejiendo los versos que componen este poemario se configura como la de un náufrago en tierra firme que ni siquiera consigue atisbar las naves que, cerca o lejos, podrían ofrecerle algún tipo de salvación. Tampoco ese náufrago busca ningún tipo de salvación, sino que asume el estado de cosas (y la protagonista poemática de estos versos lo hace no exenta de dolor):

No. No me incluyáis entre los que siguieron
su Palabra. No repetiré el gesto de los ganadores.

Duele entonces el verbo de Morano, su sintaxis sencilla (y contundente en ocasiones) que tiene como objetivo entregarnos un libro envenenado de desolación, una desolación que puede venir de dentro pero que también procede de fuera, igual que los tentáculos de una medusa que deja su huella tóxica sobre nuestra piel.




EL DESIERTO ES UN ARMA MORTÍFERA CARGADA DE FUTURO


Lipovetski hablaba del desierto como la metáfora del tiempo que vivimos. La poesía de Morano es también en “Cambio climático” un conjunto árido que te empuja a pasar de verso a verso como quien consume bencedrina, igual que quien está empujado (por una obligación moral como lector) a no detenerse en la lectura porque el desierto humano que aquí se cartografía hipnotiza con su poder fantasmal.

En cambio, si aquí hablamos de forma recurrente del desierto, el lenguaje de Morano no es estéril, no se caracteriza por ello, y algunos de sus versos confirman la posibilidad de la palabra en medio del páramo. Esas palabras son semejantes a las ortigas que crecen en un terreno baldío pero que, a diario, buscan la luz del sol. Ese mismo sol que, queramos o no, las abrasará, convirtiéndose éste en el punto límite cero para la vegetación (para la vida, la existencia), la vía de escape quizás (una vía de escape hacia la muerte, el punto de disolución o de desvanecimiento).

Si en “Vanishing Point” se articulaba un punto de fuga dentro del desenlace de la película con el impacto y explosión del Dodge Challenger contra una excavadora (de modo que Kowalski moría justo antes de los títulos de crédito), en “Cambio climático” el punto de fuga es otro y se condensa en los versos finales del poemario, con palabras que hablan una vez más sobre abandonarse y dejar que la aniquilación o el abandono se lleve todo consigo:

(…) y dejé atrás las flores, sacudiendo
su recuerdo como los perros
se sacuden el agua del pelaje
por no morir de frío en la intemperie.

Si os encontráis alguna flor de aquellas

en mi ropa, tiradla, tiradla sin decírmelo.