martes, 23 de abril de 2013

Videodroga (volumen 9): Kyary Pamyu Pamyu y su “PON PON PON”.




“PON PON way way way
PON PON way PON way PON PON
way way PON PON PON
way way PON way PON way way”
(Kyary Pamyu Pamyu) 


Si en el anterior ejemplo de videodroga (Ultraísta, “Small talk”) teníamos un ejemplo de clip abstracto a base de colores, filtros y juegos de luces, en el caso de Kyary Pamyu Pamyu tenemos un delirio surrealista que enlaza con lo que se conoce (dentro de el último arte japonés) como cultura superplana y que el artista Takashi Murakami ha concretado en “Superflat Manifesto”. De acuerdo con Murakami, esta cultura estaría influenciada fundamentalmente por el manga y el anime, manifestaciones que claramente se dejan percibir en las imágenes de “PON PON PON”.


Asimilado el surrealismo por la cultura de masas y combinado con el vacío de la sociedad de consumo, encontramos a Kiriko Takemura (y su “PON PON PON”). En el vídeo realizado para esta canción Takemura (nombre real de Kyary) habita un mundo alucinado que tiene mucho de ácido o de fantasía onírica infantil (¿Dónde están los límites entre ambos territorios?). Así, Kyary Pamyu Pamyu –que hasta hace poco era una fashion blogger- se convierte en una Alicia de carne y hueso que, debido a la escenografía en la que se mueve, se halla muy cerca de convertirse en un ser propio del dibujo animado, como si esto fuera uno más de los síntomas propios del miedo a crecer, tema muy presente (o persistente) en otros artistas superplanos como pueden ser Chiho Aoshima o Aya Takano.

        
          (Imagen de Chiho Ahoshima)

       
         (Imagen de Aya Takano)

Sin duda alguna, esto es algo muy habitual dentro de las constantes estéticas de la cultura nipona (y, como no, de la actual psique japonesa) que –sin ir más lejos- alimenta fantasías sexuales con seres nacidos no ya del hentai, sino del anime más mainstream o de los tebeos de manga pensados para todos los públicos y que se filtra en la estética de esta cultura superplana a la que hago mención.

La saturación de color en los vídeos de Pamyu es algo recurrente dentro de su videografía y podría decirse que está cerca del trabajo de Takashi Murakami y su famoso “Little Boy” o su “Panda” (2003). Del ejemplo de videodroga que tenemos entre manos, el “PON PON PON” de Pamyu (con un visionado de más de 47 millones de visitas en Youtube), podemos decir que enlaza con ese espíritu de fabricación en masa que anima la producción de Murakami. Aquí (en “PON PON PON”) el color es el estímulo fundamental que puede servir de punto de partida, de anzuelo. A este se le añade rápidamente toda una iconografía surreal y, tal vez, de un simbolismo vacuo. Así, los espectadores (sobre todo los potenciales espectadores-niños) son estimulados a través del color y de la sucesión de imágenes irracionales que pueden suscitar a partes iguales seducción o repulsión (depende del consumidor, del espectador). Pero, sin duda alguna, el buen uso del color es algo que saben (y emplean) muy bien los diseñadores de imagen de Kiriko Takemura. Este icono del J-Pop contemporáneo ha comenzado recientemente su carrera musical y parte de su éxito se apoya en una estrategia de comunicación que tiene en sus vídeos y en las redes sociales uno de sus puntos fuertes.




Dicho esto, no está de más que nos pongamos a ver el vídeo de Kyary Pamyu Pamyu:


 Al ver las imágenes de “PON PON PON” (y sus propuestas de realidad paralela –por llamarlo de alguna forma), podemos preguntarnos si todo este producto forma parte de un conjunto de pruebas para un laboratorio alógico dentro de la cultura mainstream o si solamente sintetiza el apocalipsis de la voluntad, la alienación del individuo mediante la técnica digital que fusiona imagen real y animación en una suerte de discurso tan vacío de significado como el de los postulados de la cultura superplana. ¿Tenemos detrás de esto a un Luis Buñuel o un Yasutaku Tsutsui más cercanos al mundo de la publicidad que a la estética cinematográfica-literaria? ¿O encontramos aquí, en realidad, una pieza de videoarte dirigida por un Buñuel clonado en un laboratorio de Clonaid en Corea del Sur y sometido, por un casual, a referentes culturales nipones? ¿O son sólo imágenes que se pueden archivar en un mismo fichero en el que podrían tener cabida Harry Potter o Bob Esponja como apóstoles de la lobotomización colectiva? ¿Es Bob Esponja en realidad –pese a lo que han propuesto algunos círculos de la inteligentsia- un contrarrevolucionario a sueldo de la CIA y engaña a los niños con su supuesta estética y praxis de un absurdo desalienante o es todo lo contrario? ¿Para quién trabaja Kyary Pamyu Pamyu? ¿Y Lady Gaga? ¿Qué hay detrás de todas estas imágenes producidas en en serie...?

No soy de la opinión de que debamos pensar que tras todo artefacto cultural haya una conspiración, pero sí pienso –en cambio- que todo artefacto cultural propone un discurso sobre su tiempo, habla de él (por muy alejado de la contemporaneidad que pueda verse, por muy escapista que pueda parecer, por muy superplano que podamos pensar que es...). Por tanto, subyace a todo ello un discurso inconsciente del tiempo (y el espacio) en que se vive. Quizás indica un todo-vale. Quizás, en el caso de “PON PON PON”, estamos ante una nana narcótica con imágenes que se ve acompañada de una letra que dice cosas como las que siguen:

¿Qué pasaría? Dime
¿Si todo el mundo se pusiera del revés?
¿Qué pasaría si yo tomase tu mano
y mirara todo, sin que ya me importara más nada?



¿Qué pasaría?

Quizás este mundo alucinado sea una fórmula de paraíso artificial, píldoras de escapismo o simbolismo espectacular dentro de la sociedad de consumo, un mensaje cifrado que –quizás- debamos desentrañar, traducir a un código más comprensible, accesible. Quizás un discurso no tan lejanos de los parnasianos franceses y de algunos modernistas hispanoamericanos en el campo de la literatura...


         (Un parnasiano: Leconte de Lisle)

Los vídeos Kyary Pamyu Pamyu suponen una puesta en escena de algo que –como ya he dicho antes- podríamos llamar surrealismo de masas, una apuesta irracional que en ocasiones introduce elementos esotéricos e incluso masónicos (tal sería el caso del vídeo “Tsukema Tsukeru” que veremos en breve). Tal simbología se ilustra en los libros, el Gran-Ojo-Que-Todo-Lo-Ve (el ojo de Orus, Big Brother my dear) o los leones que custodian a la cantante (igual que los dos leones del parlamento español), las columnas (que podrían representar la entrada al templo de Salomón), los triángulos que emergen tras Kiriko Takemura como pirámides, o (quizás no viene a cuento) sus gestos con boca abierta sacando estrellas de la misma que mas bien parecería una felación porno en rewind, o sus faldas de un Archimboldo más pasado aún de tripis que los diseñadores videográficos de Kyary... Y ese final con libro claramente masón y recurrencia, de nuevo, al libro con el Gran Ojo... Por no hablar de la presencia de algo así como un sucedáneo de Reina Roja (fijémonos en el maquillaje en los labios) muy parecida a la de Tim Burton en su adaptación neocón del libro de Lewis Carroll (primer pedófilo consentido dentro de la Inglaterra victoriana).

Veámoslo:



Después de esta tralla para los cerebros infantiles y llegado este punto podemos preguntarnos, ¿qué es lo que persigue este tipo de imagen (si es que pretende algo)? En un principio, podemos argumentar que el juego absurdo que proponen sus imágenes podría estimular en cierto modo la capacidad imaginativa de los espectadores (sobre todo los jóvenes). Pero, ¿qué hay detrás de todas esas imágenes? ¿Hay algún plan tras ellas?


Lo que sí debemos tener en cuenta es que si encontramos vínculos dentro de la cultura visual japonesa contemporánea, no podemos dejar de lado a Miyazaki en “El Viaje de Chihiro” (teniendo en cuenta su auténtica carga simbólica conectada al mismo tiempo con la tradición popular de ese país, algo muy anti-superplano en realidad). Pero, sobre todo, no podemos olvidar los referentes artísticos antes mecionados y cercanos a la cultura superplana, centrándonos ahora –si queremos- en las visiones sintéticas de Mariko Mori o los seres irreales de Takashi Murakami.



¿Qué sucede, entonces, con Mariko Mori por ejemplo?
En su obra “Birth of a star” encontramos a Mori sobre un fondo blanco a la vez que numerosas bolas de color flotan alrededor de ella. Las pelotitas más bien parecen estrellas y evocan una suerte de microcosmos delirante, alucinado, flotante. Los ojos de Mori pueden evocar a un cyborg o algún ser irreal. Sin duda, al igual que Kyary Pamyu Pamyu (al igual que la gente que le hace sus vídeos), Mariko Mori juega en la transición entre realidad y sueño (o ficción y sueño). Eso es lo que la hace atractiva y, tal vez, alienante también. Y, como en “PON PON PON”, el humor transita igualmente la obra de Mori (pensemos en las imágenes en las que la artista juega con la iconografía budista). Somos nosotros, entonces, los que debemos determinar si estamos ante algo mágico o bien ante un ejercicio de vacío contemporáneo que traduce el consumo de masas.

Igualmente (si pensamos en música orientada a niños y adolescentes e incluso gays adultos) debemos preguntarnos –como consumidores/espectadores de imágenes- si preferimos este mundo artificial o fantástico de Kiriko Takemura o el mundo real y anodino de Hannah Montana ahora reconvertida en Miley Cyrus. Parece que, cuando Disney (más que nunca) se configura como un laboratorio de alienación convencional, sea más práctico ser lobotomizado por una experiencia de psicodelia infantil y surrealista en brazos de este icono J-POP de la canción.



Si nos centramos, por otro lado, en Takashi Murakami, las flores y los hongos sonrientes son motivos recurrentes en su obra y enlazan con los efectos tipo Amanita Muscaria que parecen transitar algunos de los vídeos de Kyary Pamyu Pamyu y que (no te descuides) conectan, perfectamente, con la estética psicodélica de “PON PON PON”. Takemura entra dentro de la órbita de personaje superplano de los que habla Takashi Murakami en su manifiesto artístico, entronca asimismo con personajes como Venus Palermo o Dakota Rose, iconos sofisticados, naif e irreales en cierto modo que -a decir verdad- condensan una tendencia muy contemporánea centrada en el síndrome egodelírico (eso que De La Soul cantaban en “Me, myself and I” como puro warholismo de masas) y que tanto tiene que ver con la egomanía que, en su día, cultivara Luis XIV, promotor de Versalles, espacio donde recientemente Takashi Murakami ha expuesto algunas de sus obras recientemente.

A decir verdad, el pasado siempre pone las bases del futuro.




POST SCRIPTUM. Querido lector, si visita el blog (no el tumblr) de Kyary podrá encontrar en su cabecera una imagen de la cantante con la nariz sangrante:
¿Una bofetada?
¿Alguna adicción (in)confesable?
¿Una provocación?
¿Un cierto tipo de apología de algo en un momento dado?




lunes, 25 de marzo de 2013

Videodroga (volumen 8) - Ultraísta: “Small talk”, una fantasía multicolor

  
La última vez que escribí sobre videodroga lo hice en relación con Hatsune Miku y su tema (traducción española) “Obedece a McDonald´s”. De eso hace ahora un año y doce días. Después de siete artículos en torno al tema, pensé que una de las mejores formas de concluir la serie era precisamente con ese vídeo de Miku, puro delirio paranoide en imágenes.

     La verdad es que cada vez que veo un vídeo que reúne las condiciones para ser catalogado como videodroga lo apunto mentalmente y es asignado de forma automática a una lista en la que ahora mismo tienen cabida:

1)  “Small talk” de Ultraísta.
2)  “PONPONPON” de Kyary Pamyu Pamyu.
3)  Cualquiera de los vídeos del Oso Gloomy, hechos por el diseñador Mori Chack.

Así que empecemos con Ultraísta, una banda cuyo nombre recuerda instantáneamente al movimiento del mismo nombre que surge en España en 1918 bajo la tutela de Rafael Cansinos Assens y con una nómina de autores que, en su tiempo, incluyó a Juan Larrea (autor de “Oscuro dominio”) o Guillermo de Torre (“Manifiesto vertical”). Los ultraístas, como buenos vanguardistas, eran grandes jugadores de la palabra. A ellos se unión por un breve período de tiempo Jorge Luis Borges.

    
Pero esto nada tiene que ver con la historia que tenemos entre manos. Como muchas cosas actualmente, el nombre de esta banda se queda solamente en la superficie y desconozco los motivos que hayan podido llevar al grupo a adoptar este nombre (quizás sólo la sonoridad, quizás sólo eso sea suficiente...). No obstante, tal y como apunta The Guardian en una de sus ediciones de mayo de 2012 el nombre del grupo se debe al movimiento literario. Los motivos ya son otra cuestión.

 

 Ultraísta es un invento del productor de Radiohead (Nigel Godrich). Qué miedo, ¿no? Esto (no) debería ser motivo para salir espantado (pero es comprensible si alguien deja de leer este artículo ahora mismo). Lo que hay que tener en cuenta son las imágenes en este caso y no tanto la “genealogía” de la banda. ¿De acuerdo?

En “Small talk” (vídeo que no habría disfrutado si no hubiera sido por mi amigo Francisco Cascales y Antonio Carrasco) estamos ante un perfecto tema de pop electrónico. Fácil y accesible, con las cosas claras. Así que si lo quieres disfrutar, lo disfrutas y no te comes la cabeza al respecto. Eso es todo.

En cuanto a las imágenes:
Son seductoras y perfectamente narcóticas (por repetición y color) en dosis pop de 4´03”. Eso me gusta. Es directo y va al grano (que es lo que hay que pedirle a cualquier tipo de videodroga). Y, como buena videodroga que es, recurre al color y la luz de forma inteligente y, al mismo tiempo, sencilla. Haciendo uso de estrobos, filtros de luz y color, así como de proyecciones sobre el rostro de Laura Bettinson (cantante de la banda). Mediante un constante juego de luces se consigue crear una atmósfera minimal con saturación de color. En realidad es una perfecta y jugosa antítesis entre los pocos elementos físicos presentes en el vídeo frente a la multiplicidad cromática que se despliega en el mismo.



Por otra parte, la utilización del rostro de la cantante (y sólo eso) como cuerpo (único cuerpo) y como superficie de proyección permite juegos visuales sencillos pero atractivos. En la misma línea estaría el uso de un espacio neutro que sirve para la proyección de colores, luces, estrobos, etc. Poco más (pero mucho). Incluyamos en todo esto el lunar de la muchacha-cantante en su mejilla izquierda. Indudablemente saca de la monotonía al rostro de Laura Bettinson.



Conclusión: 
Videodroga buena (¿la quieres?).


POST SCRIPTUM: 

La remezcla de Four Tet aporta a la composición musical un tempo más lento y la introducción de matices y ciertas desaceleraciones en el ritmo que suponen unos interesantes cambios al tema. En cuanto al vídeo para esta remezcla básicamente tendría las mismas características que el original y las manipulaciones introducidas serían –en el plano visual- semejantes (o coincidentes) con las manipulaciones sonoras hechas en la canción de Ultraísta. He aquí el vídeo para la versión realizada por Four Tet (En los dos próximos posts tendremos la oportunidad de disfrutar de las imágenes de Kyary Pamyu Pamyu y del Oso Gloomy): 

martes, 5 de marzo de 2013

J.G. Ballard y “Compañía de Sueños Ilimitada”: Una novela fálica




I wanna I wanna I gotta be adored 
(The Stones Roses)

Tengo amigos que odian las críticas (literarias, musicales, etc.). Las consideran una pérdida de tiempo o algo que no tiene valor por lo que atesoran de establecimiento de un juicio (la verdad es que puedo comprender ese punto de vista, creo que puedo comprenderlo todo o casi todo en esta vida...). Entiendo que estas personas a las que conozco se refieren a aquellas críticas que se hacen por escrito, que adquieren una forma fija (No entro aquí en variantes: videocrítica, por ejemplo, en caso de que se sea jodidamente trendy y moderno y se tengan, evidentemente, los medios necesarios). En cambio, estos amigos/conocidos/etc. que conozco no se cortan un pelo a la hora de emitir sus juicios sobre las cosas que escuchan, leen, ven o comen, ejerciendo –evidentemente- una labor de crítica oral que, como cualquier manifestación literaria, es previa a las manifestaciones escritas. La oralidad es, claro est, l﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽a, es previa a las manifestaciones escritas. La oralidad es, claro estla verdad es que puedo entender ese punto de visá, la primera fase en el fabuloso y peligroso mundo de la libre opinión (y también se sabe que a la oralidad se la lleva el viento). Luego hay que pasar a otras (fases): La fálica es una de ellas (de la crítica anal escribiré otro día si me acuerdo). Así, la crítica escrita tiene mucho de crítica fálica porque pretende penetrar, sino en la conciencia de los demás, al menos en su tiempo libre...


Después de este preámbulo que puede haber apartado de estas líneas a lectores impacientes (gracias por marcharse, de veras,  y bienvenidos aquellos que están tocados por la bendición de la paciencia y que son capaces de superar los 140 caracteres twitt), puedo empezar a hablar de “Compañía de Sueños Ilimitada” de J.G. Ballard, una novela mesiánica, divina, lisérgica y fálica (como la crítica escrita de libros, películas, discos,...).



Siento decirlo (o me encanta decirlo) pero esta novela de Ballard es una lectura evangélica, iluminadora, que gira en torno a un nuevo mesías áereo y follador (¿quizás un zombi?) que copula con sus semejantes en busca de un Paraíso en la tierra. Tiene mucho de sacrílego al mismo tiempo, de neoevangelio posmoderno (satánico y pecaminoso) escrito en los años setenta y narrado por un Mesías del sueño obsesionado con volar, un sueño que se filtra en la realidad y va cambiando las convenciones de lo cotidiano creando una suerte de espacio tropical a las orillas del Támesis donde los habitantes de una pequeña localidad comienzan a volar, cambiar de modus operandi cotidiano y, por poner un ejemplo, empiezan a mantener relaciones sexuales de forma comunal (algo así como “El Jardín de las Delicias” de Hyeronimus Bosch en algunas de sus partes...). Quizás podría sonar a barato realismo mágico latinoamericano todo esto que se va dando cita en este último párrafo, pero lo que estoy contando es algo completamente diferente a eso, de veras. Tiene mucho de flipe psicodélico, de tripi en el que el protagonista busca ser adorado por los que le rodean a la vez que pretende entregar su amor (y su semen) a todos aquellos que estén cerca de él (Aquí el semen conbra importancia porque es semilla generadora de vida, de plantas tropicales, vegetación frondosa...).



La búsqueda de la adoración y la locura. Adoración, sí. Nunca pensé que empezaría un texto con una cita de los Stone Roses y, menos aún, con la canción que utilizo en la nota de introducción a estas líneas, pero es que esta novela también trata sobre la adoración y, como digo, de la adoración que busca su protagonista, de las contradicciones de este individuo, próximo al amor universal o a la violación pedófila, ejemplo de las tenues líneas que separan la bondad de la maldad, ejemplo de las consecuencias o el impacto que un personaje rotundo (y fálico) puede tener en el seno de una comunidad habituada a la lluvia, el orden y el trabajo insertos en la psique anglicana.

El carácter mesiánico del protagonista creado por Ballard me recuerda al personaje principal de la novela “Touch” de Elmore Leonard (ese personaje que obraba milagros incluso por televisión). Es curioso como dos autores cuya obra discurre en la periferia del sistema se atreven a plasmar en sus narraciones personajes que tienen mucho de religioso, una religiosidad, eso sí, fuera de lo convencional, casi que fuera de la ley... Tanto Leonard como Ballard hablan de pequeños mesías contemporáneos que provocan rechazo y atracción a partes iguales y, fundamentalmente, nerviosismo (para bien o para mal).


Como locura narrativa que es, esta novela -donde se unen elementos como el agua, el aire, la tierra y el fuego a través de la metamorfosis de sus personajes en peces, aves u otros mamíferos diferentes a los humanos como, por ejemplo, los ciervos- tiene parientes no muy lejanos como los también británicos  Lewis Carroll en “Alicia en el País de las Maravillas” o Jeff Noon en "Vurt" (el autor de “Cobralingus” o “Nymphomation”, no editadas aún en España, molt bé, molt bé) y contemporáneos de otras latitudes como Suehiro Maruo en su cómic “La extraña historia de la isla Panorama” o la novela“Paprika” de Yasutaka Tsutsui de la que escribí hace tan solo unos meses en este blog.

Teniendo en cuenta tal libertad narrativa, puedo decir que “Compañía de Sueños Ilimitada” es una de las novelas más seductoras que he leído últimamente y que, gracias a su desarrollo dentro del sueño (y de la capacidad de volar de algunos de sus personajes) se configura como lectura imprescindible si buscas un libro que se salga de las ficciones habituales, una buena novela fálica a la que abrirse de piernas...



domingo, 3 de marzo de 2013

Damien Hirst y Lana del Rey: La muerte es cool


 


I hope I never wake up
(Screamin Jay Hawkins)

Se puede ver parte de la verdad y no conocerla
pero es imposible contemplar el mal y no reconocerlo
(Tuxedomoon)


A veces no sé en qué mundo vivo. De veras. Si lo deseas, puedes comprarte una taza de té con una calavera estilo mexicana (onda guadalupana zombi o, sencillamente, con el rostro de la Santa Muerte). También puedes ir al H&M y adquirir unas braguitas rosa con calaveras blancas, un foulard negro con esqueletos, calzoncillos con más calaveras. Imágenes que carecen de sentido.

 

Tales actitudes demuestran que hacemos uso de los símbolos dentro de una (no) filosofía de vida fast food que consume iconos vacíos de significado y devora mitos y símbolos para convertirlos en materia desechable, sin alma ni significado, esencia zombi. Así, a la vez que una actriz famosa se tatúa una diminuta calavera bajo el lóbulo de su oreja izquierda en el salón de tatuajes high-tech con tarifas de escándalo, una joven cerca de la ciudad de Brno (República Checa) decide componer un tatuaje semejante en su omóplato mientras escucha un álbum de psychobilly japonés  y ve en la pantalla de su ordenador una película de zombis, sonido bajado:

- ¿Para qué enterarse de lo que dicen?
- Una imagen vale más que 1000 palabras...

 



*

     El uso de los símbolos entra dentro de la teoría y práctica del libre mercado y accedemos a ellos como quien compra faldas por catálogo, libros on line o arroz ecológico en el herbolario, como quien pasea por Carrefour y selecciona azúcar, plátanos o carne de ternera para colocarlos en su carrito de la compra. Es por eso que la muerte se percibe como algo blando o, más bien, inexistente, desdibujado dentro del horizonte de la cultura occidental. Puedes comprarla serigrafiada sobre tu ropa interior, observarla sobre el pecho de una actriz porno o ver a un grupo de surf que juega sobre el escenario a una curiosa Danza de la Muerte (todo muy superficialmente medieval) mientras hacen alguna versión de A-HA (“Take on me”) en escena y ocultan sus rostros con máscaras de calaveras. Todo esto hace que Bershka saque mallas con cráneos de muerto y surjan personajes como Lana del Rey que escriben canciones donde la muerte o el morir aparecen en su título a modo de eslogan, cuando en realidad el contenido de la canción apenas se desenvuelve por los quevedescos caminos de la muerte sino fuera por el estribillo.


Lana del Rey lanzó (hace poco más de un año, en enero de 2012) su canción “Born to die” (por esa seducción cool de todo lo relacionado con la muerte), una canción que es un supuesto himno en el que la muerte vuelve a aparecer en escena pero de forma abúlica y como para hacer tendencia (igual que un su día pudieron hacerlo en otros contextos canciones como “Born to run” de Springsteen o “Born to be wild” de Steppenwolf o el axioma contemporáneo “Born to be gay” de Eduardo Balanza...).

     En “Born to die”, Lana del Rey se mueve entre las afirmaciones fláccidas de sus letras, cronista de una época que parece desinflarse, viaje sin retorno hacia el ego, algo que -en cierto modo- se acerca a  las fábulas de autoficción de Lesley Arfin en “Girls” o Lena Dunham, toda esa movida de cómo ser cool y no morir en el intento (sino, además, hacerte famoso/a y ser retwitteado, adorado, conseguir club de fans). Algo de lo que ya hablaban De La Soul de forma profética en su tema “Me, myself and I” (verdadero soundtrack de la actual psique colectiva).

 

Lana del Rey llega a decir cosas como las que siguen en “Born to die”:

     “Choose your last words
     this is the last time
     cause you and I, we were born to die”.

Dentro del texto que canta Lana del Rey, esta selección no es más que una fracción breve del mismo. Con tendencia a lo amoroso, la letra discurre por el sentimentalismo teñido de cierto spleen a la twitter que complace al oyente que está a la última, atento a la nueva tendencia. “Born to die” es una canción que parece que se fuera a desinflar en cualquier momento y cuyo único interés radicara en el efecto porno-caníbal operado en el espectador ante la contemplación de Elizabeth Woolridge Grant (aka Lana del Rey). La grabación llega a su cénit con la imagen sangrante y yacente (en los brazos de un supermodelo con tatuajes) de Lana del Rey, más el gatillazo final de Lanita acurrucadita en el pecho del modelo con bandera USA de fondo (algo así como un cielo para después de la muerte: Lana del Rey muerta pero resucitada en un esplendoroso cielo yanqui movido con ventiladores).



* 

     Evidentemente, en el presente, el uso de las calaveras no es patrimonio de H&M o Lana del Rey en exclusiva. Faltaría más. Damien Hirst (que es un chico listo) también ha recurrido a la muerte y sus símbolos a la hora de desarrollar su obra artística e incrustarse en lo más profundo del corazón de la industria cultural.


     Ése es el caso de su pieza “For the love of God”, una calavera humana auténtica sobre la que el artista británico incrustó un total de 8061 diamantes, convirtiéndose en la síntesis perfecta entre capitalismo y muerte, entre esta última y la industria del arte. “For the love of God” es frivolización de la muerte a través del lujo, a través de la propaganda artística que promueven mecenas como Saatchi. Con esta obra, Damien Hirst confirma el vacío del Sistema Económico, Moral y de Pensamiento en el que nos hallamos, configurándose dinero, poder y arte como inseparables compañeros de viaje. Y hablamos de vacío porque aquí la calavera como símbolo de muerte se desprende de todos los posibles significados asociados a ésta a través de la suntuosidad de las piedras preciosas.



Siguiendo esa línea de desvirtuación del motivo de la muerte, encontraríamos también su obra “The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living” (“La imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo”) donde vuelve a jugar con el tema de la muerte mediante la inmersión de un tiburón tigre en un tanque de formol. El tiburón forma parte de su serie “Natural History”, una suerte de revisitación arty de un delirante Museo de Historia Natural pero –como en el caso anterior- con animales en formol (por ejemplo, ovejas y vacas). Sin duda alguna, estas obras han situado a Damien Hirst en primera línea de cierto arte contemporáneo (muy próximo al gran capital y al poder) que viene acumulando minutos en la cola de los telediarios de todo el mundo en la última década.



     Podríamos decir de Hirst que es apóstol propagandístico del modelo de pensamiento monodireccional, un modelo que confirma el vacío de nuestra existencia a través de objetos indudablemente bellos o, en algunos casos, que provocan perturbación (como sus vacas en formol) y que, al fin y al cabo, sólo transmiten su superficie y nada de su fondo (del que, en realidad, parecen carecer). Nadie puede poner en duda que el trabajo de este artista británico merodea el tema de la muerte  y (desde una perspectiva seductora a nivel visual) apreciar su posible calidad estética. Sin embargo, la muerte aparece en este caso sin las consecuencias que ésta tiene –descomposición, putrefacción, por poner un par de ejemplos también superficiales- sino con todo lo contrario (la permanencia corporal o el brillo de los diamantes). Propio de su tiempo (del nuestro), Hirst muestra la preservación del cuerpo de una vaca (como si fuera el cuerpo incorrupto de Santa Teresa) en una suerte de eternidad postiza más allá de la muerte, la eternidad de la carne a través de una ficcin los﷽﷽﷽﷽﷽o en la o a DAmian ed  carne a travecuencias que  provocan perturbacitelediarios de todo el mundo en la o a DAmian ed ón (que es el formol, que es el arte).



*

(Aviso a lectores despistados:
 Este texto no pretende –ni ha pretendido ni pretenderá- ser una crítica de arte)

     En el Barroco, la idea de muerte o la representación simbólica de la misma revela una conciencia hacia aquella o –sencillamente- el respeto a la muerte, su relevancia en la conciencia de la época, la confirmación (cotidiana) de su existencia. En este período la muerte es –como dice una leyenda presente en “El sueño del caballero” de Antonio de Pereda- aquello que “nos atormenta eternamente, llega con rapidez y mata”.

 

Antonio de Pereda construye una obra donde la muerte sobrevuela el sueño de un joven. En la composición una serie de objetos parecen recordar la fugacidad de la vida mientras un ángel andrógino avisa sobre la muerte. La muerte en este tiempo nos habla de un poder que equilibra la realidad de las cosas, una suerte de autoridad con efecto homogeneizador sobre las personas, sobre la conciencia que el individuo tiene de la realidad. No obstante, hay que tener en cuenta que en el siglo XVII la idea de la muerte podía ser empleada, en realidad, como medio de ejercer el poder, como forma de reprimir la vanidad de los hombres, de ciertos personajes que se precisa que vuelvan al anonimato y no sean competencia dentro del entramado social. OK. Así que la muerte era (es) una herramienta de control.


Algo semejante al discurso de Antonio de Pereda sucede con Juan de Valdés tanto en “In ictu oculi” como en “Finis Gloriae Mundi”, dos obras en las que la muerte se revela como la verdad final que iguala a todos los individuos. Tal y como sucede en alguno de los poemas de Quevedo (“no hallé cosa en qué poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte”), la muerte se vuelve protagonista principal en “In ictu oculi”


Aquí un esqueleto con guadaña se posa sobre un globo terráqueo al tiempo que símbolos de poder (coronas, armaduras, sables o birretes episcopales) quedan a los pies de la muerte simbolizando su poder ultraterreno. En “Finis Gloriae Mundi”, por su parte, se ilustra de forma plástica como la muerte iguala a nobles, religiosos y todo tipo de individuos.


   Pero, ¿qué sucede en la actualidad? Hoy en día la calavera –y toda su simbología- borra su significado a través de la saturación cool, a través de calzoncillos de Calvin Klein donde las calaveras dibujan el volumen de los genitales masculino o a través de biberones también con calaveras (dele leche a su bebé zombi, dele leche...). 



    Igualmente en las webs de contenido porno se puede navegar en búsqueda de una categoría pornográfica que lleva por título “skull fuck”.

     Wikipedia dice del “skull fuck” lo siguiente:

skull-fuck (third-person singular simple present skull-fucks, present participle skull-fucking, simple past and past participle skull-fucked)

1.(vulgar, slang) to actively penetrate someone's mouth; to have vigorous oral sex  [quotations ]
2.(vulgar, slang) to penetrate someone's eye socket  [quotations ]

     O sea:

Penetrar de forma activa la boca de otra persona, una suerte de sexo oral potente, a lo bestia. Traducción de skull fuck: folla-calavera, polvo de calavera, otras variantes. Así que la muerte y sus símbolos se convierten en artículo porno, bragas hechas en Bangla Desh por obreros explotados, producto de consumo o lujoso artefacto artístico que se subasta en Sotheby´s y hace crecer la cuenta de Damian Hirst, música en Youtube con el Nouvelle Existentialism de Lana del Rey versión hipster y twitt. En esto estamos:

Se desarticula el significado de la muerte.
La calavera es motivo vacuo.
Nada es importante. 
C´est fini.