sábado, 13 de septiembre de 2014

Chacales y francotiradores culturales. Disidencia social y política, vol.1 (O como J.G. Ballard, Ricardo Piglia, Servando Rocha y Jaime Gonzalo se acercan a un fenómeno como la disidencia)

   


El francotirador cultural es siempre una metáfora.
Este tipo de francotirador nada tiene que ver con los chetniks que disparaban balas sobre los ciudadanos de Sarajevo en los años noventa, ni con aquel que aparecía en la novela “Chacal” de Frederick Forsyth o en la versión cinematográfica que Fred Zimmermann –sí, aquel dirigió “Solo ante el peligro”- hiciera en 1973.
Sus balas, más bien, perforan las nuevas mitologías.
Si atendemos al francotirador cultural como metáfora, entendemos tal figura como poética, una figura cuya mira telescópica es conceptual (por decirlo de alguna forma).


  Quizás hay quien pueda pensar que el francotirador se configura como imagen gastada, fuera de tiempo. Una figura cercana –en ocasiones pero no siempre- a la del terrorista, figura esta última que, recientemente, ha sido tratada por autores como Ricardo Piglia en “El camino de Ida” (2013) o con anterioridad, por J.G. Ballard en “Milenio negro” (2003), obra a la que se hizo mención en este blog hace unos meses.


En el caso de Piglia es Unabomber el personaje que se cuela en sus páginas. En Ballard encontramos que el autor británico expone a lo largo de sus casi trescientas páginas la aparición de una célula terrorista de clase media que cuestiona la existencia vacua y aburrida que le ha tocado vivir en el complejo de Chelsea Marina, una zona privilegiada de Londres, una urbanización reubicable en cualquier otro lugar de Occidente. Desde la ironía y el sarcasmo, Ballard nos presenta a los personajes como figuras disidentes, individuos que rechazan una existencia programada y alienante, una vida que les hace ser soporte de la clase media británica que, según ellos, perpetua el sistema de dominación y alienación. Quizás Ballard muestra a los personajes desde una perspectiva casi infantilizadora, pero muchos de los argumentos de estos no resultan pueriles sino que son parte de las frustraciones que pululan en la psique del individuo occidental.

En otros casos donde también se reflexiona acerca del terror (la subversión, la disidencia, más bien) o el francotirador en sentido extenso, como sucede con Servando Rocha, se argumenta en torno a este tipo de individuos como modelos que revelan las fracturas del sistema, sus agujeros negros. Sucede en textos que evidencian una figura que, a decir verdad, no es una moneda fuera de circulación, una imagen gastada. Es el caso de ensayos como “La facción caníbal. Historia del vandalismo ilustrado” (2012) o “Nos estamos acercando. Historia de Angry Brigade” (2008), ambos de Rocha. Es el caso también de “Poder Freak, vol. 1 & 2” (2009, 2011), donde el crítico musical Jaime Gonzalo (metido a ensayista que recorre la historia de la contracultura) incide en los diversos grupos violentos que proliferaron tanto en Estados Unidos como en la Europa de los años sesenta, setenta y ochenta del pasado siglo. En su ensayo Gonzalo establece interesantes conexiones entre situacionistas, anarquistas, revolucionarios y hipsters (con perdón: me refiero a los de antes).


Tal interés por la figura de los grupos violentos que han jalonado la historia de Occidente desde la Revolución Francesa hasta nuestros días revela la actualidad de un concepto como el del francotirador, sea este cultural o real (De hecho los mencionados textos no hacen sino poner sobre el tapete aquellos grupos de resistencia frente al Grupo de Dominación). Pero entendamos al francotirador de forma extensa (tal y como he comentado antes), es decir, como aquel individuo que procura desenmascarar el statu quo, la realidad que se nos vende como perfecta o inamovible, ese individuo que –por ejemplo- cuestiona las informaciones que, desde el Poder, se filtran a la comunidad. No nos quedemos con una imagen refrita y sin sentido, fuera de tiempo, filtrada por la semántica del capitalismo contemporáneo y la posmodernidad, esa semántica que mucho tiene que ver con los parámetros que dicta la Lingüística del Estado y las Corporaciones.


  Dicho esto, uno puede inferir que francotirador y terrorista se articulan como símbolos dentro del imaginario colectivo. Ya sean como pesadilla (con los psicópatas, por ejemplo), ya sean –que es lo que aquí nos importa- como elemento redentor, a través de aquellos individuos que han decidido creer en su verdad y que se interrogan y cuestionan sobre las estrategias que impone el Monopensamiento, ese magma lobotomizante de la conciencia.
    
Si hablamos de francotiradores culturales (aquí hablamos de eso) y consideramos que sí hay objetos o no que abatir (otra metáfora) y concluimos que no los hay, creo sinceramente que estaríamos en un error. De hecho, en la literatura siempre los hay... Siempre hay objetivos (o puede haberlos), siempre hay algo que poner dentro de la mira telescópica, tal y como hizo hace tres años Teddy Wayne en su novela “Kapitoil”, ensayando sus disparos sobre la naturaleza del capitalismo y su carácter deshumanizador. Pensar que no hay objetivos que derribar es un vicio posmoderno, un tic de alienación inconsciente. Así que afirmar que no hay objetivo sobre el que apuntar resulta de una irresponsabilidad social y política que casa bien poco con los tiempos que vivimos.


Cuando hablamos de francotirador no se trata de abatir, de apretar el gatillo en sentido estricto, claro. Quizás es algo que tiene más que ver con subrayar, descubrir, desenmascarar (como decía antes). Hacer visible lo que pasa desapercibido. Descubrir una nueva mitología y acribillarla.



domingo, 20 de julio de 2014

Spectrum, vol. 5. Los médicos virtuales de Ballard y los personajes sonámbulos de Antonioni: patologías y espectros




“En vez de enfrentarse a un especialista cansado con ganas de tomarse una buena ginebra y darse un baño caliente, el paciente se sentaba ante una pantalla y tecleaba respuestas a preguntas pregrabadas por un médico saludable, interpretado por un actor comprensivo.”

Las líneas anteriores pertenecen a la novela “Milenio negro” de J.G. Ballard. Si bien el tema que se puede extraer de las líneas anteriores no es el asunto matriz de la citada novela, esta afirmación -que aparece de pasada a las pocas páginas del libro- nos mete de lleno en una realidad muy habitual en nuestro tiempo: el desplazamiento de lo real en beneficio de lo virtual.  Tal realidad mucho tiene que ver con un futuro que se hace presente cada día más, tiene que ver con un futuro que diluye su espíritu sobre el tiempo actual y, poco a poco, lo va modificando. Es algo que ya se percibía en Antonioni, en algunas de sus películas de los años sesenta, tal y como sucedía en “El eclipse” o “El desierto rojo”. Al igual que el escritor británico, el cineasta italiano supo dibujar un mundo donde el futuro se derrumbaba con todo su peso sobre el presente. Con todo, tanto en algunas narraciones como en la realidad, el presente busca la forma de encontrar aire, de sobrevivir. Igual que lo hace un pez que boquea fuera del líquido elemento.


Alain Delon y Monica Vitti deambulaban por la periferia de una ciudad italiana sin nombre mientras el presente se deshacía ante sus ojos. Eso sucedía en “El eclipse” donde Michelangelo Antonioni jugaba con sus actores-títeres y estos, más bien, buscaban formas espectrales de un presente que se desdibujaba en el futuro. Ensayaban como estar en el mundo (y se perdían en él, en un paisaje fantasmal). Igual que esas formas espectrales que seducen a los pacientes de los que habla Ballard, ese autor obsesionado con las patologías, con los sueños y pesadillas que pululan en el inconsciente:


“Para sorpresa y alivio de los especialistas, los pacientes preferían la imagen informatizada a un médico verdadero.”


lunes, 7 de julio de 2014

Spectrum, vol. 4. Jessica Rabbit, Mickey Mouse, Banksy y la masturbación generada por Hokusai en la mente paralela de Bob Hoskins




El escapismo se hace metafísica cotidiana. Llega al mundo de la creación y las artes plásticas se contagian de superficialidad cool. En una suerte de demostración arty farty, los creadores se dejan llevar por la melodía de ese escapismo, ya sea en Art Bassel o en los museos institucionales. Así, a modo de Gustav Klimt light (y por poner un ejemplo de lo anterior), Audrey Kawasaki dibuja figuras digeribles (suaves, frágiles, delicadas) para (supuestos) paladares exquisitos, atmósferas manga para el arte contemporáneo. 



En cierto modo, el espectador busca espejos donde reflejarse y toda una suerte de espejismos se reproducen como esporas en la retina de aquel que mira (Kawasaki, quizás, sea uno de ellos). Sin embargo, espejismo no significa espejo y Bob Hoskins (sí, Bob Hoskins) se enamoraba de una suerte de clon de Rita Hayworth en plan cartoon en “Quién engañó a Roger Rabbit”, ejemplo pretérito de esa superconciencia hentai de la que se ha venido hablando aquí en las últimas semanas.


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La superconciencia hentai se configura como didáctica del futuro en Japón y el País del Sol Naciente se convierte en Laboratorio del Devenir (las filias y, en algunos casos, las adicciones en torno al anime, el manga o el hentai o la devoción por el cosplay así lo atestiguan). Tal (super)conciencia de la que hablo supone una superdisposición, una adoración por lo espectral, por la ficción y el simulacro. Consiste, sencillamente, en una preferencia por lo virtual en detrimento de la realidad convencional.
 Mientras tanto, el ratón Mickey se pasea por EuroDisney y recibe abrazos de los niños en un guiño zoopedófilo muy contemporáneo: los infantes se encuentran con el simulacro de espectro que, por fin, se hace carne de peluche. 


Al mismo tiempo, Banksy procura sabotear al roedor en Disneylandia e introduce un  falso prisionero de Guantánamo en el parque de atracciones, sin olvidar que este artista  dibujó a Mickey Mouse y Ronald McDonald caminando con la famosa niña vietnamita quemada por el napalm e inmortalizada décadas atrás. Sin embargo, el karma del planeta se enrarece con la ficción y la realidad que -desde tiempo atrás- han decidido hacerse transformistas y cuestionar el género que las animaba. Las dos se retroalimentan y se contaminan en una suerte de confusión general de ambos conceptos tal y como apunta Juan Francisco Ferré en su ensayo “Mímesis y simulacro”.



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El dibujo animado es simulacro de lo real (espectro) y el tebeo erótico propone fantasías que ya estaban en el ukiyo-e (más concretamente en el shunga). Así sucede, por ejemplo, en la húmeda ensoñación de “El sueño de la mujer del pescador”, obra de 1814 de Katsushika Hokusai. En un plano paralelo a la realidad (o espectral, quizás con vertiente esquizorrealista), Bob Hoskins se acaba masturbando pensando en pulpos que sodomizan a Jessica Rabbit. Lo hace en un solitario callejón oscuro, falsificación de film noir.


Bob Hoskins pensó:
Adoramos las imágenes que son sombras, proyecciones de la realidad dentro de una caverna que un día fue Guantánamo helénico y otro día devino laberinto por la voluntad de la Espiral.
Las imágenes, como cualquier otro tabú, nos hipnotizan y, tal vez, se deshacen.




jueves, 26 de junio de 2014

Spectrum, vol. 3. La Wii, el Mii, Bioy Casares y la superconciencia hentai



En la Wii te creas un Mii, es decir, tu imagen virtual para la consola. Juegas en red y, por ejemplo, te enamoras de otro alguien que, desde Helsinki, juega al golf contigo. El Mii finlandés te sonríe y tú sonríes al Mii finlandés. Sois felices golpeando la pelotita de golf en ese espacio verde y virtual, pixelado, un lugar que florece dentro de la imaginación que, en la actualidad, se ciñe al cubículo plano de una pantalla.
Un sucedáneo de segunda vida germina en el iris y te enamoras de los copos de nieve que esa persona emite desde la capital finesa en el juego de carrera atlética. Comprendes que la nieve es tan solo una customización (o tuneado, hackeado) de las imágenes que acompañan el footing bajo pixel dentro de la Wii.


Una suerte de realidad virtual, incrustada en la conciencia del espectador caníbal, alza el vuelo como una invasión de mariposas monarca después de la metamorfosis del gusano. La superconciencia hentai vertebra la percepción: El escapismo se hace trascendente y el espejo se convierte en espejismo.


Algo semejante a los fantasmas que en “La invención de Morel” retrataba Bioy Casares para los ojos de un protagonista fascinado por un mundo espectral, un mundo hecho de las imágenes que una máquina captura y proyecta, una realidad inasible como agua que se escapa entre tus dedos. Desde hace unos años Zygmunt Baumann incide en el carácter líquido (e inaprensible) de la identidad. Tú vives el momento en una suerte de carpe diem inconsciente que anula tu capacidad de respuesta al medio.

Las imágenes, aunque nos sean lejanas, nos satisfacen e hipnotizan como estrellas.


miércoles, 25 de junio de 2014

PERIFERIA ÜBER ALLES




  Hoy se cumplen cinco años del comienzo de este blog.
  Quizás el modo en que todo empezó fue un tanto ingenuo (pero no trivial). Probablemente la ingenuidad sea, con frecuencia, un recurso imprescindible en el mundo en que vivimos. Sigo siendo ingenuo, seguro. Aunque, en general, he aprendido con los años a disimularlo (o procuro hacerlo: sobre todo en mi vida diaria).
  Quizás la mejor forma de celebrar estos cinco años sea la presentación de “Esquizorrealismo” (lo que ya en sí es una celebración). 


  El acto tendrá lugar mañana jueves 26 a las 20.30h en el espacio AB 9, calle Andrés Baquero (Murcia). Allí estaré acompañado por Juan de Dios García, persona que -desde El Coloquio de los Perros y con su amistad- ha confiado siempre en los textos que he escrito en los últimos años.
  No se me ocurre qué decir más (o, mejor, no deseo añadir nada más), solamente poner una canción que quien me conozca sabe que, cada cierto tiempo, me viene a la cabeza.