“PON PON way way way
PON PON way PON way PON PON
way way PON PON PON
way way PON way PON way way”
(Kyary Pamyu Pamyu)
Si en el anterior
ejemplo de videodroga (Ultraísta, “Small
talk”) teníamos un ejemplo de clip abstracto a base de colores, filtros y
juegos de luces, en el caso de Kyary Pamyu Pamyu tenemos un delirio surrealista
que enlaza con lo que se conoce (dentro de el último arte japonés) como cultura superplana y que el artista
Takashi Murakami ha concretado en “Superflat
Manifesto”. De acuerdo con Murakami, esta cultura estaría influenciada
fundamentalmente por el manga y el anime, manifestaciones que claramente se
dejan percibir en las imágenes de “PON PON PON”.
Asimilado el
surrealismo por la cultura de masas y combinado con el vacío de la sociedad de
consumo, encontramos a Kiriko Takemura (y su “PON PON PON”). En el vídeo
realizado para esta canción Takemura (nombre real de Kyary) habita un mundo
alucinado que tiene mucho de ácido o de fantasía onírica infantil (¿Dónde están
los límites entre ambos territorios?). Así, Kyary Pamyu Pamyu –que hasta hace
poco era una fashion blogger- se convierte en una Alicia de carne y hueso que,
debido a la escenografía en la que se mueve, se halla muy cerca de convertirse
en un ser propio del dibujo animado, como si esto fuera uno más de los síntomas
propios del miedo a crecer, tema muy presente (o persistente) en otros artistas
superplanos como pueden ser Chiho
Aoshima o Aya Takano.
(Imagen de Chiho Ahoshima)
(Imagen de Aya Takano)
Sin duda alguna,
esto es algo muy habitual dentro de las constantes estéticas de la cultura
nipona (y, como no, de la actual psique japonesa) que –sin ir más lejos-
alimenta fantasías sexuales con seres nacidos no ya del hentai, sino del anime
más mainstream o de los tebeos de manga pensados para todos los públicos y que
se filtra en la estética de esta cultura
superplana a la que hago mención.
La saturación de
color en los vídeos de Pamyu es algo recurrente dentro de su videografía y
podría decirse que está cerca del trabajo de Takashi Murakami y su famoso “Little Boy” o su “Panda” (2003). Del
ejemplo de videodroga que tenemos entre manos, el “PON PON PON” de Pamyu (con
un visionado de más de 47 millones de visitas en Youtube), podemos decir que enlaza
con ese espíritu de fabricación en masa que anima la producción de Murakami.
Aquí (en “PON PON PON”) el color es el estímulo fundamental que puede servir de
punto de partida, de anzuelo. A este se le añade rápidamente toda una
iconografía surreal y, tal vez, de un simbolismo vacuo. Así, los espectadores
(sobre todo los potenciales espectadores-niños) son estimulados a través del
color y de la sucesión de imágenes irracionales que pueden suscitar a partes
iguales seducción o repulsión (depende del consumidor, del espectador). Pero,
sin duda alguna, el buen uso del color es algo que saben (y emplean) muy bien
los diseñadores de imagen de Kiriko Takemura. Este icono del J-Pop
contemporáneo ha comenzado recientemente su carrera musical y parte de su éxito
se apoya en una estrategia de comunicación que tiene en sus vídeos y en las
redes sociales uno de sus puntos fuertes.
Dicho
esto, no está de más que nos pongamos a ver el vídeo de Kyary Pamyu Pamyu:
Al ver las imágenes
de “PON PON PON” (y sus propuestas de realidad paralela –por llamarlo de alguna
forma), podemos preguntarnos si todo este producto forma parte de un conjunto
de pruebas para un laboratorio alógico dentro de la cultura mainstream o si
solamente sintetiza el apocalipsis de la voluntad, la alienación del individuo
mediante la técnica digital que fusiona imagen real y animación en una suerte
de discurso tan vacío de significado como el de los postulados de la cultura superplana. ¿Tenemos detrás de
esto a un Luis Buñuel o un Yasutaku Tsutsui más cercanos al mundo de la
publicidad que a la estética cinematográfica-literaria? ¿O encontramos aquí, en
realidad, una pieza de videoarte dirigida por un Buñuel clonado en un
laboratorio de Clonaid en Corea del Sur y sometido, por un casual, a referentes culturales
nipones? ¿O son sólo imágenes que se pueden archivar en un mismo
fichero en el que podrían tener cabida Harry Potter o Bob Esponja como
apóstoles de la lobotomización colectiva? ¿Es Bob Esponja en realidad –pese a
lo que han propuesto algunos círculos de la inteligentsia- un
contrarrevolucionario a sueldo de la CIA y engaña a los niños con su supuesta
estética y praxis de un absurdo desalienante o es todo lo contrario? ¿Para
quién trabaja Kyary Pamyu Pamyu? ¿Y Lady Gaga? ¿Qué hay detrás de todas estas
imágenes producidas en en serie...?
No soy de la
opinión de que debamos pensar que tras todo artefacto cultural haya una
conspiración, pero sí pienso –en cambio- que todo artefacto cultural propone un
discurso sobre su tiempo, habla de él (por muy alejado de la contemporaneidad
que pueda verse, por muy escapista que pueda parecer, por muy superplano que podamos pensar que es...).
Por tanto, subyace a todo ello un discurso inconsciente del tiempo (y el
espacio) en que se vive. Quizás indica un todo-vale.
Quizás, en el caso de “PON PON PON”, estamos ante una nana narcótica con
imágenes que se ve acompañada de una letra que dice cosas como las que siguen:
¿Qué pasaría? Dime
¿Si todo el mundo se pusiera
del revés?
¿Qué pasaría si yo tomase tu
mano
y mirara todo, sin que ya me
importara más nada?
¿Qué
pasaría?
Quizás este mundo
alucinado sea una fórmula de paraíso artificial, píldoras de escapismo o
simbolismo espectacular dentro de la sociedad de consumo, un mensaje cifrado
que –quizás- debamos desentrañar, traducir a un código más comprensible,
accesible. Quizás un discurso no tan lejanos de los parnasianos franceses y de
algunos modernistas hispanoamericanos en el campo de la literatura...
(Un parnasiano: Leconte de Lisle)
Los vídeos Kyary
Pamyu Pamyu suponen una puesta en escena de algo que –como ya he dicho antes-
podríamos llamar surrealismo de masas, una apuesta irracional que en ocasiones
introduce elementos esotéricos e incluso masónicos (tal sería el caso del vídeo
“Tsukema Tsukeru” que veremos en breve).
Tal simbología se ilustra en los libros, el Gran-Ojo-Que-Todo-Lo-Ve (el ojo de
Orus, Big Brother my dear) o los leones que custodian a la cantante (igual que
los dos leones del parlamento español), las columnas (que podrían representar
la entrada al templo de Salomón), los triángulos que emergen tras Kiriko
Takemura como pirámides, o (quizás no viene a cuento) sus gestos con boca
abierta sacando estrellas de la misma que mas bien parecería una felación porno
en rewind, o sus faldas de un Archimboldo más pasado aún de tripis que los
diseñadores videográficos de Kyary... Y ese final con libro claramente masón y
recurrencia, de nuevo, al libro con el Gran Ojo... Por no hablar de la
presencia de algo así como un sucedáneo de Reina Roja (fijémonos en el
maquillaje en los labios) muy parecida a la de Tim Burton en su adaptación
neocón del libro de Lewis Carroll (primer pedófilo consentido dentro de la
Inglaterra victoriana).
Veámoslo:
Después de esta
tralla para los cerebros infantiles y llegado este punto podemos preguntarnos,
¿qué es lo que persigue este tipo de imagen (si es que pretende algo)? En un
principio, podemos argumentar que el juego absurdo que proponen sus imágenes
podría estimular en cierto modo la capacidad imaginativa de los espectadores
(sobre todo los jóvenes). Pero, ¿qué hay detrás de todas esas imágenes? ¿Hay
algún plan tras ellas?
Lo que sí debemos
tener en cuenta es que si encontramos vínculos dentro de la cultura visual
japonesa contemporánea, no podemos dejar de lado a Miyazaki en “El Viaje de Chihiro” (teniendo en
cuenta su auténtica carga simbólica conectada al mismo tiempo con la tradición
popular de ese país, algo muy anti-superplano
en realidad). Pero, sobre todo, no podemos olvidar los referentes artísticos
antes mecionados y cercanos a la cultura
superplana, centrándonos ahora –si queremos- en las visiones sintéticas de
Mariko Mori o los seres irreales de Takashi Murakami.
¿Qué sucede,
entonces, con Mariko Mori por ejemplo?
En su obra “Birth of a star” encontramos a Mori
sobre un fondo blanco a la vez que numerosas bolas de color flotan alrededor de
ella. Las pelotitas más bien parecen estrellas y evocan una suerte de
microcosmos delirante, alucinado, flotante. Los ojos de Mori pueden evocar a un
cyborg o algún ser irreal. Sin duda, al igual que Kyary Pamyu Pamyu (al igual
que la gente que le hace sus vídeos), Mariko Mori juega en la transición entre
realidad y sueño (o ficción y sueño). Eso es lo que la hace atractiva y, tal
vez, alienante también. Y, como en “PON PON PON”, el humor transita igualmente
la obra de Mori (pensemos en las imágenes en las que la artista juega con la
iconografía budista). Somos nosotros, entonces, los que debemos determinar si
estamos ante algo mágico o bien ante un ejercicio de vacío contemporáneo que
traduce el consumo de masas.
Igualmente (si
pensamos en música orientada a niños y adolescentes e incluso gays adultos)
debemos preguntarnos –como consumidores/espectadores de imágenes- si preferimos
este mundo artificial o fantástico de Kiriko Takemura o el mundo real y anodino
de Hannah Montana ahora reconvertida en Miley Cyrus. Parece que, cuando Disney
(más que nunca) se configura como un laboratorio de alienación convencional,
sea más práctico ser lobotomizado por una experiencia de psicodelia infantil y
surrealista en brazos de este icono J-POP de la canción.
Si nos centramos,
por otro lado, en Takashi Murakami, las flores y los hongos sonrientes son
motivos recurrentes en su obra y enlazan con los efectos tipo Amanita Muscaria
que parecen transitar algunos de los vídeos de Kyary Pamyu Pamyu y que (no te
descuides) conectan, perfectamente, con la estética psicodélica de “PON PON
PON”. Takemura entra dentro de la órbita de personaje superplano de los que habla Takashi Murakami en su manifiesto
artístico, entronca asimismo con personajes como Venus Palermo o Dakota Rose,
iconos sofisticados, naif e irreales en cierto modo que -a decir verdad-
condensan una tendencia muy contemporánea centrada en el síndrome egodelírico
(eso que De La Soul cantaban en “Me, myself and I” como puro warholismo de
masas) y que tanto tiene que ver con la egomanía que, en su día, cultivara Luis
XIV, promotor de Versalles, espacio donde recientemente Takashi Murakami ha
expuesto algunas de sus obras recientemente.
A decir verdad, el
pasado siempre pone las bases del futuro.
POST SCRIPTUM.
Querido lector, si visita el blog (no el tumblr) de Kyary podrá encontrar en su
cabecera una imagen de la cantante con la nariz sangrante:
¿Una bofetada?
¿Alguna adicción
(in)confesable?
¿Una provocación?
































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