martes 3 de enero de 2012

Fotoidentidad


(fotografía de Danilo Pasquali)

1 – Clic, clic, clic...

Nuestra vida es digital. Se juega con el dedo (y las manos):

Se deja el obturador abierto y sincronizado con el flash en todas las velocidades, cerramos o abrimos el diafragma con un valor tipo y sin prestar atención al fotómetro. Después la selección (mental) de la pose y mirada a la cámara, luego movimiento de ojos (se juega con ellos) entre instantánea e instantánea, o bien caída/subida de pestañas, flequillo regularizado (tipo: digo-yo-que-yo-yo-molo-mucho), boca y labios de marca, expresión estándar .

Así que:

CLIC.

Dos veces o más o las que hagan falta.

CLIC.

CLIC.

(Entonces) Se diseña el horizonte como foto, el futuro también, la personalidad. O las fotos de mi bebé, mi último ligue o mi ex, la foto de mi ego o de mi último viaje, la última fiesta con tranquilizantes y champán, las palabras de algo que quiere ser un poema al vacío metódico y contemporáneo, un trozo de texto o la estupidez circundante resumida en un rostro (maquillado o no), fragmentos de patchwork o ropa interior, pies con uñas pintadas como metáfora del vacío imperfecto, quizás en foto unos zapatos de marca, la portada de un vinilo (en la imagen alguien penetra analmente a otro individuo/en la imagen alguien coge la mano de un niño famélico y moribundo), quizás en foto prendas de vestir o gafas de diseño, el sexo de alguien, tuyo, suyo o mío. Así que primer plano pixelado del ME, MYSELF AND I:



CLIC, CLIC, CLIC:

Muerte en foto (a través de ella),

invención de la identidad

o de un cadáver – léase zombi.

(Entonces) Todo el mundo grita: “Queremos ser una foto” (Se escucha perfectamente, sin interferencias en el canal)

(fotografía de Danilo Pasquali)

2

Retrato (léase autorretrato – léase autorretrato de zombi)

La foto de un rostro acompaña un perfil accesible (en red social), info fácil y abierta, dni digital a base de photoshop, mutación autodirigida, búsqueda de la promoción (y/o distribución del perfil), como si fueras una unidad de intercambio que entra en el mercado.

Así que:

Etiquetar la foto (o ponerle bigotes), todo eso, compartirla, multiplicarla, lincarla a otros, promocionarla, venderla, hacerla digerible, consumible.

Es decir:

FACEBOOKIZARLA

FLICKRIZARLA

TUMBLRIZARLA

(Si no lo haces, es como si te practicaras el harakiri social dentro del warholismo masivo)

(Imagen de Trevor Brown)

Y, después de ello: Stand-by de espera (me gusta, no me gusta, me disgusta, me enloquece, te adoro, te aborrezco, te echaría un polvo –POLVO: metáfora de la dominación contemporánea). La exposición pública se segmenta en pequeñas esferas de ágora electrónica que, a continuación, se amplifican (o pueden hacerlo) en un grito-parábola (más visible, trayectoria de arco iris digital) o bien (eso debe ser más bien) en crecimiento geométrico (hiperobesidad del flujo en red sobre la cuenta personal).

Objetivo:

Ser visible (compartible, etiquetable, puntuable, gustable, egotransmisible).

(Imagen de Shintaro Kago)


3 – Leyes del mercado: fotos free download

Entonces (o consecuencia): La identidad-foto se mercantiliza en el trasiego de datos electrónicos y se construye el yo-bidimensional al ritmo de clics de subida, clics de descarga.

Al ritmo de:

Tráfico, envío, compartir.

La fotoidentidad se convierte en cubo receptor de interpretaciones (Personalidad cubo, adaptable al observador, matriz deseante o deseada). El observador rastrea datos, es decir, imágenes (tal vez personas, eran personas tal vez). El vendedor expone su foto, o sea datos. Subraya su fotoidentidad. Tras esto pasamos a la operación (a las operaciones) de interpretación. La interpretación es siempre una adaptación al gusto (al deseo, al interés, a la curiosidad). O bien (como en otras ocasiones sucede): La interpretación significa rechazo (y parece que siempre hay que evitarlo dentro de la dinámica social en red).

En todo este intercambio de datos y de introducción de codificaciones/decodificaciones es importante la imagen:

duplicada en digital,

sampleada,

manipulada,

photo-alterada.

(Imagen de Richard Burridge)

(Entonces) La identidad como foto, sólo como foto.

Ya lo decía (y me repito), eso es, repetirse, siempre en una foto, no en una palabra, foto a foto, duplicarse, no con palabras, sino en imágenes, foto a foto, matemática al servicio de la identidad.

Al servicio de la comunidad.

Toda una comunidad (léase tribu) comunicándose a través de fotos (Silencio de las palabras).

Danza del zombi pixelado.

Wah yeah.

4 – Objetualidad permisiva, objetualidad deseante

(Entonces) Uno se vuelve objeto.

Porque el hombre contemporáneo adora los fetiches, lo descargable, subible, consumible. En eso consiste la esquizofrénica compulsividad electrónica.

Dentro de esta inercia, los objetos (las imágenes) sólo son eso (se convirten en eso): Fetiches.

Como un cuerpo.

Igual que un libro.

Como una boca.

Un zapato.

Como un un dildo,

ese tótem heterocéntrico que extiende la lobotomización/colonización mental del mundo de la imagen, en cualquiera de sus formas.

Las fotos son fetiches porque se han transformado en en materia donde entrar, algo chupable dentro de la fugacidad ADSL.

Sólo entrar y mirar,

ya que los fetiches no hablan y no es necesario que lo hagan. Las fotos hacen de dildo en la conciencia y todo el mundo grita:

“Queremos ser una foto”.

“Queremos penetrar las conciencias”.

(Imagen de Shintaro Kago)

PENETRAR:

Tal vez los cuerpos, tal vez vaginas plásticas, materia a la que acceder (eso), conciencias deseantes o deseadas, orejas que ya no escuchan, ojos que solamente saben leer fotografías con la interferencia egotista del receptor intencional (el que busca significados que se ajusten a su deriva psíquica):

Imposibilidad de la lectura ante el fast food del Twitt.

5 – “Queremos ser una foto” (conclusión)

Todo sigue siendo ficción y simulacro dentro del intercambio de datos. Todo sigue siendo narrativa a golpe de jpg o vídeo o texto mínimo vía twitt. Toda la filosofía contemporánea se puede reducir a un mensaje sobre el pecho textil de una camiseta.

(Entonces) Todo el mundo se hace camisetas que dicen:

“Queremos ser una foto”.

(Repetición, crecimiento geométrico o parábola en trayectoria, en red, no en palabra didáctica, no-moraleja, aquí no hay nada de eso).

Las fotos no sienten.

Como los maniquíes.

Las fotos no hablan, no se leen.

Porque nadie tiene necesidad alguna de hacerlo.

Toda filosofía de vida contemporánea se reduce a twitt y jpg: La identidad es foto y no más de 140 caracteres microblogueados. La fe consiste en la suscripción.


domingo 18 de diciembre de 2011

Zoológico


Mientras está sentada en la butaca y mira por la ventana, la abuelita de enfrente toma su café con leche y bizcocho que moja dentro de la taza. Yo muevo un poco la cabeza para verla y, a veces, compruebo que ella también lo hace y que me busca. A unos diez metros de distancia los dos, en cierto modo, desayunamos juntos, igual que monos en jaulas separadas en esta mañana de domingo. La situación tiene un poco de zoológico: Ella que mueve la cabeza para buscarme y comprobar como voy metiendo en mi boca los trozos de la manzana que he pelado, yo que veo como sorbe el café a la vez que recoge migas del bizcocho que caen sobre las mangas de su bata color vino y que, después de beber, introduce en su boca mezclando el sabor del dulce con el café instantáneo azucarado.

El asunto animal hace que recuerde un gorila triste en el zoo de Berlín en el año 2008 cuando las cosas eran diferentes (todas las cosas son siempre diferentes y eso no es síntoma de que sean mejores o peores). El gorila negro, con sus patitas cortas, estaba acuclillado en el foso de la zona destinada a los gorilas. Su aspecto de aburrimiento total era bastante deprimente para cualquiera que se acercara a verlo. Así que ya te puedes imaginar cómo estaría el propio gorila por dentro (y sin poder ir a Unter den Linden – a tiro de piedra si mangaba una bici a algún berlinés que estuviera tomando el sol en pelotas cerca de algún estanque en Teargarten).El esplendor del peludo cuerpo negro del animal se diluía en su gesto triste y en los ojos a veces perdidos que, como los míos con los de la abuelita de enfrente, de vez en cuando se cruzaba con los ojos sorprendidos de alguno de los visitantes del zoo.

Ahora, mientras observo como la piel de la manzana que me he comido se va oxidando (igual que la percepción del gorila berlinés en el verano de 2008), empiezo a pensar si en Berlín no me daba cuenta de que, en realidad, tanto el gorila como yo estábamos los dos metidos dentro de una caja, si desde la sala de estar donde observo a la abuelita que come su bizcocho bañado en café con leche, esta habitación no es en realidad una jaula o una caja y sucede que disfruto felizmente del interior confortable de esta caja donde, además, entra el sol en una preciosa mañana de domingo al tiempo que empieza a sonar en el hi-fi la canción con la historia de Waldo Jeffers.

La felicidad de Waldo dentro de una caja sorpresa, la felicidad y una impaciencia que casi da ganas (tal vez por miedo) de hacerte pis dentro de la caja.

sábado 10 de diciembre de 2011

Los tontos no están solos

Déjate comer por tu propia creación
(Yazujiro Kawamura)

La globalización es negativa: Te hace ver que los tontos no están solos. Lo pienso mientras veo la cabeza de un cerdo en el expositor de una carnicería, junto a las salchichas. Más allá, a la derecha, hay hamburguesas de pollo y de ternera (fabricación propia). El cartel dice: Las mejores hamburguesas del mundo.

Luego me voy a casa y lo compruebo (los tontos no están solos) al conectarme a la Red.

A ti mismo te puede suceder (sobre todo si la irrigación sanguínea de tu cerebro se mantiene en condiciones normales y no eres un no-muerto baboso de movimientos torpes). En tu monitor abres una nueva pestaña con la dirección seleccionada (copia-pega), por ejemplo, de un Flickr o Tumblr (este último caso si estás más IN). Después de hacerlo, puedes confirmar la sospecha de que la tribu zombidigital ejecuta movimientos de imitación cuyo propósito es la aceptación dentro del circuito de intercambio de información. Es decir: Modelo mi blog, lo customizo a mi gusto o hago lo mismo con mi cuenta en la red social, con mi cuerpo también, es decir, mi vestimenta, look, gafas o peinado con la intención de mostrar mi afinidad con la deriva dominante (La deriva dominante es la inercia múltiple de tendencias imitativas dentro de la Mente Colectiva Animal; es difícil escapar de ésta – No confundir con Akasha o los Arquetipos de C.G. Jung).

Pero no pensemos que esto sólo tiene lugar en la red, sino que la red es únicamente un apéndice de la realidad (o bien un agente mutante de ésta), por lo que vida y virtualidad se retroalimentan (¿se confunden?). Si bien se puede decir que esto tiene lugar en diferentes esferas de la vida afectiva y grupal de nuestras sociedades, parece tener un componente más degradante (como de masa abducida o carne aún por picar –igual que la de las hamburguesas mejores del mundo de fabricación propia) dentro de los segmentos de población que tradicionalmente se han constituido como más despiertos, atentos a la novedad o, por decirlo de una forma convencional, vanguardia (¿IN?) en el seno de las diferentes generaciones que han pasado (que van pasando, que están llamando a la puerta) por aquí.

¿Qué es lo que ha ocurrido?

¿A qué me estoy refiriendo?

Por lo general, las personas que han formado parte de diferentes movimientos innovadores o rupturistas en las últimas décadas (sobre todo en el siglo veinte) se caracterizaban por una toma de posiciones estéticas (en relación con el arte/música/literatura/etc. que seguían o producían, no en relación con una estética en términos exclusivos de MODA) e ideológicas respecto a la realidad. En cambio, en la actualidad, en los últimos años podemos comprobar cómo se ha pasado a una Vogueguización del intelecto, en hacer trendy lo superficial, en hacer cool la pose, el aspecto, dejando de lado las posibles implicaciones subversivas de cierta toma de conciencia. Mejor un catálogo de moda de H&M que unas palabras de Bart Kosko o Confucio en Wikipedia (Wikipedia como mucho...). Mejor escribir una columnita en Rolling Stone que quedarse callado en casa. Preferible, por tanto, un buen peinado que un buen sistema de pensamiento. Preferible la camiseta de Sonic Youth que escuchar algún disco de los neoyorkinos grabado con Jim O´Rorke. Preferible hablar del divorcio de Thurston Moore y Kim Gordon que desentrañar una novela de amor en una historia de Elmore Leonard. Preferible el cántico colectivo de Arcade Fire (a modo de abducción global) al rebuzno chamánico de Suicide (por poner un ejemplo), preferible también al caos compositivo de Dan Deacon (¿demasiado incomprensible tal vez?). Preferible el trending topic twitterizado a perder el tiempo leyendo dos páginas seguidas. Preferible el vídeo a la palabra, preferibles los 120 caracteres Twitt a una exposición más prolija...


Preferible la máscara a la persona real.

El propósito es formar parte de una estética ambient o de easy-listening de la conciencia (como si Burt Bacharach fuera tu puta banda sonora mental y sólo el virus de una melodía Mancini/Martini pudiera modelar tu pensamiento con aceituna flotante). Ya no pierdes el tiempo leyendo, porque leer cansa (eso podría decir Pavese si saliera de la tumba). Porque leer no es tecno. Actualmente solamente es necesario que la mona se vista de seda ya que, en realidad, casi todo el mundo ha olvidado que, aunque la mona lo haga (vestirse de seda), mona se queda (Sabiduría ancestral de abuela que hace magdalenas españolas). Lo más penoso es que ni siquiera somos capaces de articular un grito de primates evolucionados y nos contentamos comiendo pastelitos neocons de diseño en cafeterías guays o jugando al tricotado de la knitting paranoia, es decir, preferimos dejarnos abducir por manufacturas pretendidamente artys que se quedan en artesanía marujil (nada liberadora y absolutamente regresiva) de las que la propia Mona Chita se reiría después de pasar una velada íntima con Tarzán.

Teniendo en cuenta esto, las redes sociales o la velocidad de la comunicación de informaciones a través de internet te permite comprobar lo que ya señalaba antes: Que la globalización te hace ver que los tontos no están solos y que, por eso, la globalización es dañina (o negativa – o, si rizamos el rizo, positiva, ya que te hace ser consciente del paso atrás que estamos dando).

La información masiva que recibimos nos hace ver a gente como nosotros, con los mismos intereses, en una especie de delirante intención de autopolvo solipsista al comprobar en el otro lo que nos gusta de nosotros o al ver en el otro aquello a lo que queremos llegar (o aquello que nos follaríamos: sea mental o físicamente – A decir verdad, todo –o casi- tiene que ver con dominar, en sus diferentes facetas; así que polvo, follar, etc. sirven de metáforas para lo que consideres oportuno).

Por tanto: Nos metemos de lleno en el estadio final del antropocentrismo, el egocentrismo.

El término de globalización es una nueva fórmula lingüística de querer hacer pensar a la gente en la existencia de una nueva realidad que, a decir verdad, siempre ha estado. Globalización es un concepto acuñado por la propaganda contemporánea, esa propaganda cool y mediática que se nos vende como modos de vida, formas de ser, pensar, actuar, cuando en verdad responde a pautas de alienación, laboratorio de pruebas del Control Real diseñadas años atrás en la cocinita de Joseph Goebbels (entre otros). La globalización ya existía, sólo tienes que ponerle otro nombre, sólo tenemos que pensar que de eso ya había algo en las relaciones comerciales desarrolladas en el Mediterráneo en tiempos de fenicios o griegos o en las diferentes alianzas (o choques) entre Bizancio y el Imperio Persa, o la extensión en la conciencia colectiva (igual que si se tratara de un virus) del cristianismo primitivo y sus diversas variantes consideradas por los apóstoles del integrismo (siempre los ha habido y los habrá) como herejías o desviaciones necesarias y a eliminar, de modo que en la pantalla de los herejes aparezca el famoso game over (Todo hereje bueno es un hereje muerto).

¿No sería también el Carnaval una forma de globalización en las costumbres dentro de la Europa medieval? ¿O la moda del psicoanálisis entre las élites pastosas de principios del siglo veinte? La globalzación ya estaba y no es algo nuevo. Globalización no es Youtube o Facebook o crisis bursátiles con efecto dominó. Facebook o Youtube o las crisis bursátiles en cadeneta son sólo apéndices de una realidad cambiante que sigue comportándose en virtud de patrones heredados años atrás, siglos atrás, tal vez con los primeros homínidos que empezaban a practicar ritos funerarios a miles de kilómetros de distancia sin contacto alguno entre ellos o que facturaban herramientas con idénticas características y utilidades (lejos, muy lejos los unos de los otros). Globalización, tal vez, sea algo que flota en la psique del ser humano (Un modo de ser maravilloso o, quizás, estúpido, tonto, tal y como se revela en la transmisión de datos electrónicos). Hay novedades, evidentemente, y tales novedades lo único que nos permiten conocer con mayor facilidad es el índice agresivamente peligroso de subnormalidad ambiente que certifica la dedicación ridícula de muchos de nuestros compañeros de especie a la superficialidad y a la búsqueda de aceptación dentro del grupo, es decir, que cliquen en “ME GUSTA” cuando escribes o subes una foto, cuando empalmas un link (y te quedas tan a gusto), de modo que seas aceptado en la tribu zombidigital, de modo que tu carne sea tan interesante como la de los demás (sobre todo si ya está picada como la de las hamburguesas, si ya no siente el zombi... si tú ya no sientes...).

Como se sabe, un zombi solo es un no muerto triste y necesita del grupo, como quien va al fútbol y se siente identificado (y, sobre todo, los demás lo identifican) como miembro del clan. Igual que quien se integra en la Mente Colectiva Animal gracias al Síndrome Vogue de la Vida Cotidiana, ese experimento de control que alimenta la alienación feliz del zombidigital que se siente partícipe de algo eterno si lleva los zapatos adecuados o escucha a la banda neofolkie IN del momento o rescata al grupo (¿de krautrock?) que pasó inadvertido 40 años antes (y lo hace antes que nadie porque es más guay que el resto).

Todo eso es nuestra carne no muerta y lobotomizada que podemos compartir con un solo clic:

Y te gusta.

(¿Todavía no lo sabías?)


jueves 6 de octubre de 2011

"Frank" de Jim Woodring


“Frank” de Jim Woodring es como un sueño infantil en dibujos. O, más bien, el trabajo de Jim Woodring es como el infantil sueño paranoico de un adulto.

(Eso, tal vez, sea más adecuado.)

Una odisea psicotrópica que conecta con cierto tipo de narración fantástica que no deja de ser tradicional. O que, quizás, conecta con la mitología ilógica (si eso existe o si, en realidad, cualquier mitología no deja de ser ilógica).

A veces la odisea en este viaje en tebeo es un horror trip.

A veces es de buen rollo.

(Más horror que buen, a decir verdad.)

Los diferentes “relatos” son derivas visuales inciertas que están tejidas con imágenes, en muchas ocasiones, oníricas. Pura videodroga en dibujo. Hay incluso transiciones interdimensionales y extrañas sustancias que sirven para ver raras criaturas que habitan otras realidades. Así que Jim Woodring teje una red mágica, un sueño (a color o no) en cada una de las viñetas de este cómic. Y a veces lo hace con narraciones que parecen dictadas desde parámetros completamente infantiles. Como si el autor fuera en realidad un niño que nos está dibujando sus sueños.

(El adulto necesita leer historias de/para niños: Mejor en dibujos tal vez.)

Por esa razón en “Frank” hay todo un completo (y complejo) catálogo de ABSURDOS:

Una planta que escupe bolas para jugar a algo parecido al béisbol. Un agujero subterráneo donde Frank (el gato protagonista) llega a jugar una partida de póker con sus cuatro dobles (Luego uno ocupa su puesto arriba, fuera de la madriguera, y el que llegó se queda tranquilo continuando la partida...). Una fiesta en honor a los muertos en “La Casa del Misterio” donde Frank es el único invitado. Una peonza que da vueltas en el aire. Incomprensibles/Imposibles formas voladoras que parecen (no sabes si) un reptil, un jarrón como salido de “Las Mil y Una Noches”, una tetera (o todo a la vez). También tienes al Hombre Cerdo que habita el bosque y que viene y va en las distintas historias, toda una serie de seres o monstruos que te pueden hacer pensar en El Bosco.

¿Qué es lo que hay que entender en todo esto?

Nada.

No hay nada que entender.

Sólo pasar las páginas, observar las imágenes, las muecas de Frank ante lo que le sucede o le rodea, los extraños habitantes de las viñetas que vienen y van o que aparecen una vez y no vuelven a salir.

En realidad “Frank” es una especie de Wonderland (a veces terrorífica), no sé si más rara o menos pero igualmente única. Y Frank, el protagonista, aunque sea un gato, parece un Goofy de Disney (pero muy lejos de Orlando) con orejas pequeñas, en un viaje psilocíbico donde tienen cabida perros con forma de caja o diablillos anoréxicos que parecen sacados de una ilustración medieval y que se cuelan en esta historia que, desde el principio, adquiere un rollo ancestral, místico-paranoide, mítico. El desarrollo narrativo deriva con frecuencia hacia un absurdo que, sinceramente, no es necesario comprender ni analizar.

Solamente es necesario dejarse llevar por las imágenes.

Sentirlas.

Por eso no escribiré nada más.

Sería absurdo.

Mejor consumir esta droga visual.


jueves 29 de septiembre de 2011

Los hombre lobo de Montpellier (Jason)



Jason sigue dibujando (y escribiendo) breves historias terribles, con ese punto intrascendente que parece disimular algo más perverso y con la impronta naif que, desde hace años, lo distancia (afortunadamente) de algunos modelos (en este caso literarios) como Raymond Carver, ejemplos se utilizan en las solapas o contraportadas de sus cómics con el fin de vender más ejemplares (No diré que eso esté mal, ni que esté bien).

No obstante, si nos ponemos a comparar, yo metería al noruego Jason (pseudónimo de John Arne Saeteroy) en un saco más cercano a su compatriota y escritor Kjell Askildsen. Pero para eso deberíamos pensar en un par de cosas como las coincidencias y diferencias entre ambos.

Coincidencias:En ese aspecto cotidiano común en las historias de los dos siempre termina latiendo algo oscuro (seguro que más en el escritor, autor de “Los perros de Tesalónica”).

Diferencias: La dureza de Askildsen que se lima en Jason con ese carácter naif al que se ha aludido antes.

Lo naif en Jason (sí, repitámonos) se traduce también en lo visual:

- La falta de profundidad en las imágenes (Una perspectiva un tanto plana que, más que lastrar, ayuda al discurso visual y a la historia y que, a veces, puede recordar a clásicos del cómic como Hergé).

- La elección por personajes que son animales antropomórficos y que facilitan el distanciamiento del lector (Esto ayuda a leer/ver a Jason como un autor no realista y más próximo a hacer juegos/trucos con metáforas y parábolas).

Lo naif (me vuelvo a repetir) está también en su sentido del humor: “Yo maté a Adolf Hitler” es un claro ejemplo de eso. Y si nos ponemos, en cualquiera de sus obras anteriores.

Todas estas características (o la mayoría) vuelven a aparecer en “Los hombres lobo de Montpellier”, su última obra editada en España por Astiberri el pasado mes de junio (¿o fue en julio).

Pero, como ya he indicado, pese a lo naif, siempre hay algo turbio y oscuro que condiciona las atmósferas que crea Jason (aunque no por ello deja de perder en frescura y risas al lector).

Y eso es lo que sucede en “Los hombres lobo de Montpellier”.

Lo turbio y lo oscuro están, por ejemplo, en:

- El desamor, las rupturas en las relaciones, la soledad de los personajes.

- La conspiración, apenas esbozada, de los hombres lobo, la muerte de uno de ellos y la conversión (infección) del protagonista que termina siendo uno de ellos, pero sin problemas, viendo la tele en las noches de luna llena junto a una amiga.

Cerca de todo esto, está también el silencio, componente esencial en Jason.

Está bien leer ahora mismo “Los Hombres Lobo de Montpellier” pero tampoco está mal echarle un vistazo a una de sus últimas entregas en España “Low Moon” o “¿Por qué haces esto?” que, esta última, podría recordar algunas de las obras de Georges Simenon pero con animalitos con forma de persona.

Probablemente, alguien podrá pensar que, con la que está cayendo ahora, es frívolo hablar de animales antropomórficos. Allá cada cual.

(Imagen de Anthony Burrill)