lunes 9 de noviembre de 2009

egodelíricas (primer análisis de alienación)

egodelíricas (primer análisis de alienación)

 

“La postura de infravalorar la cara coincide con la de sobrevalorarla en que ambas son artificiales, así que no se diferencian gran cosa”

(El rostro ajeno, Kôbô Abe)

 

 

yo no soy quien escribe estas palabras

no soy quien está delante de ti, no,

                                 no soy yo

 

quien escribe estas palabras

es otro

quien está delante de ti

es otra cosa

 

estas palabras sólo son un mundo posible

luz virtual

un deseo o un delirio alucinado, inventado

 

estas palabras sólo buscan que las ames:

amar y ser amadas (ser amadas por ti)

aunque sea dentro del engaño

dentro de esta ilusión

 

yo no soy quien está delante del espejo

 

quien está delante del espejo

escribe estas palabras

 

quien escribe estas palabras

está buscando tus palabras, algo así

estas palabras encendidas

en un karaoke de tarifa plana y velocidad

 

yo no soy quien escribe estas palabras:

las dicta esa persona que está dentro del espejo

 

yo solamente encuentro esa imagen

que no es yo y que fui y deja de serlo

dentro del espejo

 

quien escribe estas palabras

me dice cómo vestir

o a qué hora ir al baño

cómo fingir dentro de este espejo

que ya no es mío

sino de la Máquina

miércoles 4 de noviembre de 2009

William Gaddis o la belleza del caos narrativo



William Gaddis o la belleza del caos narrativo

Sí, deténgase un momento. Deténgase porque, si se dispone a leer “Ágape se paga” de William Gaddis (1922-1998), debe estar quieto, sin más preocupaciones. La velocidad de la narración de esta novela exige por su parte como lector estar tranquilo, tranquilo y relajado de una forma directamente proporcional a la velocidad de la narración. Usted, ya lo sabe, tranquilo y relajado frente a la narración nerviosa y caótica de Mr. Gaddis, frente al discurso monomaniaco del narrador que, si se deja llevar, reconocerá que mucho tiene de encantador de serpientes, tal vez de hipnotizador demente. No se preocupe por aquello que no entienda, no lo haga, simplemente siga leyendo (apague el móvil, desenchufe la televisión, cierre la puerta de casa). Lea el prólogo de Rodrigo Fresán y quédese con esta frase que el argentino dice que el escritor Rick Moody escribió respecto a “Ágape se paga”: “… la mejor manera de comprender y apreciar a Gaddis es leerlo rápido y sin detenerse a pensar demasiado en lo que no dice”. Pues eso. No hay que pararse a cavilar mucho, más bien dejarse llevar por el frenesí de unas frases que parecen dictadas, con frecuencia, al son de la ansiedad y la prisa, al ritmo de una inteligencia que se mueve a la velocidad de la luz o el delirio y que no, no puede estar quieta.

 

Nada más empezar el libro nos encontramos con un narrador que pone las cartas boca arriba, que confiesa la urgencia de ponerse manos a la obra con el libro que tiene entre manos. Desde el primer instante, somos conscientes de que aquello que tenemos delante de nuestros ojos es un monólogo: el soliloquio alocado y autodesintegrante que el narrador mantiene consigo mismo a lo largo de la novela. William Gaddis toma la invención de la pianola como punto de partida para la construcción de esta obra. La aparición de esta máquina capaz de reproducir cualquier composición musical es el síntoma de una tendencia que para el autor se irá consolidando a lo largo del siglo XX: la democratización de las artes y la aplicación de la tecnología a múltiples campos de la vida social. Aquí democratización tiene siempre un tufillo negativo, deplorable. Los lectores políticamente correctos tendrán que cambiar de diccionario o arrancar algunas páginas del que tengan en casa si no se quieren sentir ofendidos con la lectura de este libro, unas páginas escritas por un blanco que llega a insultar a su propia raza – “basura blanca” – o que, sin cortarse un pelo, insulta a los europeos – “escoria del sur de Europa” (sic). Nadie se salva. No. Ni siquiera el narrador.

Pero, volvamos al tema de la pianola. El libro analiza las consecuencias de la aplicación de la tecnología a la vida humana, ya sea en el mundo del arte o en el campo de la vida cotidiana. Sin duda alguna, los argumentos de Gaddis son elitistas. Así lo demuestra la siguiente frase: “(…) y esta democracia en la que cualquier hombre es el artista que necesita ser para su propio consumo, que es donde estamos hoy, esta democracia de las personas al azar de Platón y de disponer del arte sin necesidad del artista porque éste es una amenaza”. En realidad, el uso de la pianola en el libro no es más que una excusa. Sí, Gaddis la toma como eje para su narración pero lo que verdaderamente está atacando (criticando, dinamitando) es el conformismo de la sociedad, la trivialidad de la vida en comunidad, donde probablemente lo más emocionante para un adolescente norteamericano sea cargarse un buen día a sus compañeros de clase fúsil automático en mano. Gaddis ataca a la estupidez humana y considera al conjunto social una “masa estupefaciente”, un colectivo dormido, aburrido, donde todo está controlado, donde la razón no deja opciones al azar, porque – como el propio autor señala – éste puede conducir al fracaso, siendo el fracaso un concepto desterrado dentro del american dream (Sin embargo, el autor apuesta por el fracaso, sí, porque la mecanización y la racionalidad eliminan el azar, la naturaleza). En suma, lo que resta y como bien apunta Gaddis es “obedecer la ley de la mayoría, hablar de la tiranía de la mayoría”. Y contra todo esto una y otra vez se vuelve a manifestar la necesidad del arte, de la literatura, de la ficción. Los tres como sinónimo de RESISTENCIA. Gaddis es un guerrillero que dispara sus balas contra la bobería circundante, contra el alelamiento generalizado. Pero sin perder de vista al mismo tiempo que el artista es un embaucador, un mentiroso (incluso consigo mismo): “… me he traicionado a mí mismo por puro miedo a tratar de seguir adelante con el peso insostenible que representa ser un verdadero artista”.

 

En “Ágape se paga” la narración se muestra como un texto multidireccional, poliédrico y fragmentario, que abre diversos frentes, donde cíclicamente (igual que la digestión de un rumiante) se vuelve sobre las mismas ideas y pensamientos sin por ello abotargar al lector. Y esto aparece reflejado mediante una sintaxis anárquica que se rompe en cada frase, que duda de sí misma según se va construyendo, que termina siendo otra diferente a la que en principio iba a ser, donde los asuntos se enganchan unos a otros como si estuvieran bailando la conga dentro del texto. Sí, así es. William Gaddis enlaza a la perfección múltiples conceptos y al igual que mantiene una alocada y delirante conversación imaginaria con Johann Huizinga y Walter Benjamin en torno a la “reproducción técnica de las obras de arte en masa”, también se pueden combinar en perfecto cóctel dentro de una misma página el canibalismo, las abducciones extraterrestres o el Apocalipsis de San Juan. El autor se mueve en la narración como un saltamontes, eso es, un saltamontes que brinca de un lado a otro, de una idea a otra, se revela como un saltimbanqui conceptual y establece relaciones en menos de diez líneas entre la oveja Dolly, las artes imitativas y los paralelismos entre la clonación y los esclavos negros de Virginia. Todo esto que parece inconexo a primera vista se revela totalmente interrelacionado en la lectura.


En realidad, este libro es como música, una improvisación sonora, una sinfonía caótica que, aunque a primera vista parezca que su ritmo narrativo pueda ahogarnos o dejarnos indiferentes, finalmente la pulsión narrativa de Gaddis se hace hueco en el lector, penetra en su interior como una melodía. Entiéndase esta música como el free jazz (o las variaciones del free que se están dando en otros campos musicales aledaños al jazz en nuestros días). Entiéndase “Ágape se paga” como libertad compositiva, absoluta rebeldía, donde la necesidad de escribir se convierte en un apetito voraz, como un tren que engulle kilómetros al paisaje, a la naturaleza, un espacio donde “el azar y el desorden campan a sus anchas y se llevan todo por delante”.

 

viernes 30 de octubre de 2009

serie mortal [noche(s) de difuntos]: Homenaje a John Arne Saeteroy (Jason)

serie mortal [noche(s) de difuntos]: 

Homenaje a John Arne Saeteroy (Jason) 

2

saco el muerto

y lo meto en el coche

(es de noche)

saco el muerto

de un sitio bajo tierra

quiero el muerto

cerca

conmigo

estos días

serie mortal [noche(s) de difuntos]


serie mortal [noche(s) de difuntos]

 

1

los muertos van cayendo

(uno tras otro)

la muerte es caliente:

los muertos te hacen bailar

 

jueves 29 de octubre de 2009

Últimas novedades en géneros literarios (Autoficción)


Últimas novedades en géneros literarios (Autoficción)

Poema para ser leído y memorizado el día 29 de octubre: San Narciso, patrón de los ególatras y los egotistas


clique la imagen de sí mismo/a

y relájese

busque, después, otra imagen

si no está satisfecho

y decídase a tomarse a sí mismo/a

como interlocutor único

 

observe sus reacciones al contacto

consigo mismo/a

después, deslice su mano

y pruebe allí

abajo

y alivie la presión

(del pantalón en la entrepierna,

de la falda en el estómago,

de las mallas en el bajo vientre)

 

a continuación:

levántese

y mire alrededor de sí mismo/a

pellizque sus pezones

y confirme si se yerguen

o, en su defecto, pulse sus labios

(como si diera al play)

e introduzca un dedo

(en la boca – o más abajo)

eso es

siéntase a sí mismo/a

(es un momento)

 

ahora, mueva el ratón

y libere la presión interior

ésa que siente consigo mismo/a

(hágalo muy despacio:

tal vez esto sea más difícil

aunque tenga en cuenta que usted

– en estos momentos-

está solo, nadie mira:

usted está consigo mismo/a,

nadie más…)

 

a continuación

haga correr el ratón

y teclee sobre la colección

de fotografías

que ha recopilado en los últimos meses

(en esas instantáneas usted sonríe al objetivo)

 

según observa imágenes

(imágenes de usted

y en las que USTED

es el único y principal protagonista),

estudie ahora, analice o sopese

si su rostro presenta alteraciones

que puedan traducirse en cierto temblor genital

 

sí, ahora, tómese el pulso

(si tiene alguna mano libre)

hágalo

aunque, tal vez,

en estos momentos

ya no haya marcha atrás…

sí, mejor límpiese:

puede hacerlo

con este pañuelo de papel,

desechable

(como usted mismo/a)

hágalo…

si todavía

no perdió el conocimiento

 

miércoles 28 de octubre de 2009

El movimiento es hacia delante


8

Sí, San Luis Potosí.  Orientaciones sobre cómo tomar peyote (Frecilio, el camarero, habla) en la terraza (primer piso) de un café.  Voy buscando “El Recoveco” (le digo). Está cerrado. Dicen que está cerrado (Reformas para ofrecer un mejor servicio). Voy, finalmente, al Itecktursdio (Showroom+café). Allí pido indicaciones para encontrar un restaurante vegetariano. Un tipo que lee una revista (Wallpapers) me dice que vaya al Tropicana (C/ Iturbide: No es exactamente vegetariano, pero algo de ello). En el Itecktursdio hay dos chicas (Una con chaqueta blanca y mucho maquillaje, cara huesuda, pañuelo rojo al cuello que cuelga a los lados de su cuerpo, sobre los hombros, deportivas chic en plan diseño glamour, son blancas con dos líneas negras, me la pone dura; la otra no importa). Charlo con Jesús, el dueño del Itecktursdio. Habla de la fusión de ritos prehispánicos (Dios del Sol, Dios de la Lluvia) con la religión que trajeron los españoles. La Llorona=Virgen María (Pero diferente). La Llorona mataba a sus hijos al parirlos, los arrojaba a los ríos. Hasta que llegaban al mar. Ahora cuando se oye la corriente de los ríos es La Llorona que busca a sus hijos. Busca el perdón. Entonces: La Llorona fornicaba, tenía hijos, los abandonaba. Jesús dice que las iglesias de San Luis Potosí (sí) están comunicadas por pasillos subterráneos (Catacumbas del Potosí, San Luis Underground). Hablamos de Real de Catorce: del Cerro Sagrado. Todo cambió para Jesús. Allí. Pregunto a la chica del pañuelo rojo si ella es como La Llorona. Dice que peor, que es de la madre. “Los mexicanos lo celebramos todo. Si pasa una mosca y se para en la pared, eso, lo celebramos”. Jesús me enseña fotos de Balenciaga: Chica inerte que avanza por la pasarela. El tiempo se detiene en su cabeza (dentro). O le han dicho que piense y haga como si el tiempo se hubiera detenido en su cabeza (El satori en la pasarela de París). Miro las deportivas de la chica del pañuelo rojo. Dice: Friquiar. Jesús dice: Mañana por la mañana vas a estar cruda. Ella dice (todavía no sé su nombre): A mí la otra noche me vinieron los órganos encima. Pasa el rato, pasan los mezcales. Hablamos de santos. De exvotos.  Después salgo a la calle (la chica del pañuelo rojo sale también) y me dirijo al hotel (nos dirigimos). Veo caras de santos. Los santos: Imágenes de los santos en las puertas de las carnicerías. Pienso en Cielo de la mano de la chica del pañuelo rojo. Avanzamos inertes sobre la pasarela que es la calle. Hacia el hotel. Friquiar. Un susurro en mi oído. Cielo. Espero que no haya diablos en mi habitación.

 (Fragmento del relato "El movimiento es hacia delante")

sábado 24 de octubre de 2009

Delirio de medusa que se piensa persona



Someone take these dreams away,

That point me to another day,

A duel of personalities,

That stretch all true realities

(“Dead souls”, Joy Division)

 

Ese estado en el que flotas como si fueras una medusa en medio del aire.

Ese estado en el que flotas como si fueras una persona en medio de una piscina.