
William Gaddis o la belleza del caos narrativo
Sí, deténgase un momento. Deténgase porque, si se dispone a leer “Ágape se paga” de William Gaddis (1922-1998), debe estar quieto, sin más preocupaciones. La velocidad de la narración de esta novela exige por su parte como lector estar tranquilo, tranquilo y relajado de una forma directamente proporcional a la velocidad de la narración. Usted, ya lo sabe, tranquilo y relajado frente a la narración nerviosa y caótica de Mr. Gaddis, frente al discurso monomaniaco del narrador que, si se deja llevar, reconocerá que mucho tiene de encantador de serpientes, tal vez de hipnotizador demente. No se preocupe por aquello que no entienda, no lo haga, simplemente siga leyendo (apague el móvil, desenchufe la televisión, cierre la puerta de casa). Lea el prólogo de Rodrigo Fresán y quédese con esta frase que el argentino dice que el escritor Rick Moody escribió respecto a “Ágape se paga”: “… la mejor manera de comprender y apreciar a Gaddis es leerlo rápido y sin detenerse a pensar demasiado en lo que no dice”. Pues eso. No hay que pararse a cavilar mucho, más bien dejarse llevar por el frenesí de unas frases que parecen dictadas, con frecuencia, al son de la ansiedad y la prisa, al ritmo de una inteligencia que se mueve a la velocidad de la luz o el delirio y que no, no puede estar quieta.
Nada más empezar el libro nos encontramos con un narrador que pone las cartas boca arriba, que confiesa la urgencia de ponerse manos a la obra con el libro que tiene entre manos. Desde el primer instante, somos conscientes de que aquello que tenemos delante de nuestros ojos es un monólogo: el soliloquio alocado y autodesintegrante que el narrador mantiene consigo mismo a lo largo de la novela. William Gaddis toma la invención de la pianola como punto de partida para la construcción de esta obra. La aparición de esta máquina capaz de reproducir cualquier composición musical es el síntoma de una tendencia que para el autor se irá consolidando a lo largo del siglo XX: la democratización de las artes y la aplicación de la tecnología a múltiples campos de la vida social. Aquí democratización tiene siempre un tufillo negativo, deplorable. Los lectores políticamente correctos tendrán que cambiar de diccionario o arrancar algunas páginas del que tengan en casa si no se quieren sentir ofendidos con la lectura de este libro, unas páginas escritas por un blanco que llega a insultar a su propia raza – “basura blanca” – o que, sin cortarse un pelo, insulta a los europeos – “escoria del sur de Europa” (sic). Nadie se salva. No. Ni siquiera el narrador.

Pero, volvamos al tema de la pianola. El libro analiza las consecuencias de la aplicación de la tecnología a la vida humana, ya sea en el mundo del arte o en el campo de la vida cotidiana. Sin duda alguna, los argumentos de Gaddis son elitistas. Así lo demuestra la siguiente frase: “(…) y esta democracia en la que cualquier hombre es el artista que necesita ser para su propio consumo, que es donde estamos hoy, esta democracia de las personas al azar de Platón y de disponer del arte sin necesidad del artista porque éste es una amenaza”. En realidad, el uso de la pianola en el libro no es más que una excusa. Sí, Gaddis la toma como eje para su narración pero lo que verdaderamente está atacando (criticando, dinamitando) es el conformismo de la sociedad, la trivialidad de la vida en comunidad, donde probablemente lo más emocionante para un adolescente norteamericano sea cargarse un buen día a sus compañeros de clase fúsil automático en mano. Gaddis ataca a la estupidez humana y considera al conjunto social una “masa estupefaciente”, un colectivo dormido, aburrido, donde todo está controlado, donde la razón no deja opciones al azar, porque – como el propio autor señala – éste puede conducir al fracaso, siendo el fracaso un concepto desterrado dentro del american dream (Sin embargo, el autor apuesta por el fracaso, sí, porque la mecanización y la racionalidad eliminan el azar, la naturaleza). En suma, lo que resta y como bien apunta Gaddis es “obedecer la ley de la mayoría, hablar de la tiranía de la mayoría”. Y contra todo esto una y otra vez se vuelve a manifestar la necesidad del arte, de la literatura, de la ficción. Los tres como sinónimo de RESISTENCIA. Gaddis es un guerrillero que dispara sus balas contra la bobería circundante, contra el alelamiento generalizado. Pero sin perder de vista al mismo tiempo que el artista es un embaucador, un mentiroso (incluso consigo mismo): “… me he traicionado a mí mismo por puro miedo a tratar de seguir adelante con el peso insostenible que representa ser un verdadero artista”.
En “Ágape se paga” la narración se muestra como un texto multidireccional, poliédrico y fragmentario, que abre diversos frentes, donde cíclicamente (igual que la digestión de un rumiante) se vuelve sobre las mismas ideas y pensamientos sin por ello abotargar al lector. Y esto aparece reflejado mediante una sintaxis anárquica que se rompe en cada frase, que duda de sí misma según se va construyendo, que termina siendo otra diferente a la que en principio iba a ser, donde los asuntos se enganchan unos a otros como si estuvieran bailando la conga dentro del texto. Sí, así es. William Gaddis enlaza a la perfección múltiples conceptos y al igual que mantiene una alocada y delirante conversación imaginaria con Johann Huizinga y Walter Benjamin en torno a la “reproducción técnica de las obras de arte en masa”, también se pueden combinar en perfecto cóctel dentro de una misma página el canibalismo, las abducciones extraterrestres o el Apocalipsis de San Juan. El autor se mueve en la narración como un saltamontes, eso es, un saltamontes que brinca de un lado a otro, de una idea a otra, se revela como un saltimbanqui conceptual y establece relaciones en menos de diez líneas entre la oveja Dolly, las artes imitativas y los paralelismos entre la clonación y los esclavos negros de Virginia. Todo esto que parece inconexo a primera vista se revela totalmente interrelacionado en la lectura.
En realidad, este libro es como música, una improvisación sonora, una sinfonía caótica que, aunque a primera vista parezca que su ritmo narrativo pueda ahogarnos o dejarnos indiferentes, finalmente la pulsión narrativa de Gaddis se hace hueco en el lector, penetra en su interior como una melodía. Entiéndase esta música como el free jazz (o las variaciones del free que se están dando en otros campos musicales aledaños al jazz en nuestros días). Entiéndase “Ágape se paga” como libertad compositiva, absoluta rebeldía, donde la necesidad de escribir se convierte en un apetito voraz, como un tren que engulle kilómetros al paisaje, a la naturaleza, un espacio donde “el azar y el desorden campan a sus anchas y se llevan todo por delante”.