viernes, 17 de octubre de 2014

Chacales y francotiradores culturales. Disidencia social y política, vol. 2 (O cómo la Baader Meinhof y The Angry Brigade cuestionaron la Semántica del Poder)



              

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LA VISIÓN (IM)PARCIAL DEL LENGUAJE

     El terrorista es el paradigma de la subversión del sistema, el camino sin retorno.
Indefectiblemente, 
    la clandestinidad.

(Utilizo aquí el término “terrorista” teniendo en cuenta la carga emocional y simbólica que tal concepto posee y, siendo consciente del carácter parcial que pueda tener el mismo; en algunos fragmentos es preferible emplear un término como “disidente” que, en algunas ocasiones, puede ajustarse mejor a una visión imparcial del primero.)


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LA ÚNICA LIBERTAD ES LA LOCURA

En relación con la Baader-Manhoff (banda armada que estuvo activa en la Alemania Federal de los años setenta y ochenta del siglo pasado), J.G. Ballard reflexiona acerca de las motivaciones y orígenes de esta organización en el libro de entrevistas “Para una autopsia de la vida cotidiana” (Caja Negra, 2013), volumen que -hace unos meses- sirvió de reflexión en este blog a la hora de tratar algunos aspectos de la represión que se da en la actualidad a nivel semántico desde el poder y las instituciones del Estado.


(Guudrun Enslinn, Baader-Manhoff)


En torno a la Baader-Manhoff, Ballard escribe:

 “Un día caí en la cuenta de que no era tan difícil entender a esos chicos. Si fuiste criado en el suburbio de alguna ciudad alemana, donde todo debe estar perfectamente en su sitio, donde todavía perduran terribles secuelas de la Segunda Guerra Mundial y la época del nazismo –y por tal motivo tomarían cualquier medida para hacer que todo el mundo se sienta feliz-, donde cada niño, en la escuela o en el jardín de infantes, es fervientemente entrenado para no tener ningún desvío o problema en el futuro... Si uno vive en un mundo como este, sin ninguna libertad espiritual permitida, la única salida que tiene es la locura. Quiero decir: en un mundo perfectamente razonable, la única libertad es la locura”.



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MEDIANTE ACCIONES APROPIADAS

Uli Edel, que en 1981 se responsabilizara del rodaje de “Cristina F.”, dirigió en 2008 una película (no muy buena) que lleva por título "Der Baader Meinhof Komplex". El interés que pueda presentar esta cinta radica en el retrato histórico que se hace de la RAF, Facción del Ejército Rojo (no entro en las posibles manipulaciones que puedan darse en un biopic coral realizado en torno a una banda armada). Aquí, entre otras cosas, se puede comprobar perfectamente la idea inicial que abre estas líneas:

El camino sin retorno, la subversión del sistema.



En el largometraje de Edel vemos como Ulrike Meinhoff (una mujer que es madre, entre otras cosas) deja a sus hijas por la causa revolucionaria, abandona el papel que la naturaleza le ha concedido y adopta un destino que tiene que ver con la acción social y la lucha armada frente al sistema, aspectos sobre los que se reflexiona en “La nueva ordenanza del tránsito” (texto de 1971 atribuido al abogado Horst Mahler y Ulrike Meinhoff):

“Mediante acciones apropiadas, la guerrilla debe dejar en claro que sus ataques se dirigen fundamentalmente contra todas las instituciones del enemigo de clase (...), la guerra se desarrolla en el barrio en que viven los dominadores”.


    (Ulrike Meinhoff, Baader-Manhoff) 

En su libro dedicado a la RAF, “El terrorismo europeo”, José Pablo López apunta algunas de estas ideas que se condesan en una afirmación de “La nueva ordenanza del tránsito” antes citada:

“El terror revolucionario se dirige exclusivamente contra los exponentes del sistema explotador y contra los funcionarios del aparato de represión”.



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LA CREACIÓN DEL LENGUAJE

Volvamos atrás.
Tengamos en cuenta cuestiones como la subversión y la disidencia (sin entrar ahora en los posibles aspectos violentos que el término “terrorista” pueda suscitar). Ahondemos, pues, en el manejo de los significados (ya sea por parte del Estado, ya sea por parte de organizaciones políticas o individuos asociados en células más o menos pequeñas: ése es el propósito que anima estas líneas, desentrañar la guerra semántica que sucede a cada instante).


 (Gudrun Ensslin, Baader-Manhoff, 
en la película experimental 
"Das Abonnement" de Ali Limonadi)

El terrorista no es que cree su propio lenguaje, su propio universo de designación. No. El terrorista hace uso de un lenguaje que entra en contradicción con las fuerzas de información dominantes. Resulta disidente y es crítico con los estándares habituales. Quizás pueda estar equivocado pero lo que hace es discutir el monopolio de la verdad, un monopolio que la Lingüística del Estado y las Corporaciones maneja a su antojo gracias a los aparatos de comunicación y propaganda, gracias a la Policía Semántica que se filtra de modo inconsciente en el individuo y que opera en la realidad con la ayuda del sistema judicial de nuestras democracias corporativas y tuteladas.

     El modo de combatir en términos lingüísticos que emplea una célula armada no es otro que el manifiesto o el comunicado.


         (Horst Mahler junto a Gudrun Ensslin) 


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LA “LITERATURA” Y EL “MAL”

Tal y como hemos podido comprobar en los fragmentos de “La ordenanza del tránsito” de la Baader Manhoff, lo que podemos extraer de su lectura es que el uso del comunicado o los manifiestos por parte de las bandas armadas supone precisamente un cuestionamiento de la información que fluye desde el Estado. Y este cuestionamiento se hace a través del texto, mediante la palabra. Teniendo en cuenta esto, puede afirmarse que los textos creados desde la disidencia armada, de algún modo, conectan a las organizaciones que los generan con la “literatura”.

Sin ir más lejos, los propios movimientos de vanguardia emplearon los manifiestos para exponer sus ideas que, en definitiva, resultaban ser un cuestionamiento del mundo en el que vivían al igual que los manifiestos que las bandas armadas defendieron y comunicaron en su momento.

No obstante (y al igual que las vanguardias) podemos interrogarnos sobre la efectividad de tales medios:

“La crítica es por lo tanto inútil, no existe más que subjetivamente, para cada uno, y sin el menor carácter de generalidad.”

 (Manifiesto Dadá, 1918)




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¿CUÁLES SON TUS VERDADEROS DESEOS?

Siguiendo la línea creada en las vanguardias, encontraríamos -por ejemplo- los casos de algunos de los comunicados que redactara The Angry Brigade en Reino Unido en la década de los setenta. En algunos de ellos se puede leer con claridad la necesidad del individuo de dar forma a su propia realidad a través de la cooperación y la erradicación de los líderes:

“YOU ARE YOUR OWN LEADERS.
HAVE YOUR OWN TACTICS.
CONTROL YOUR OWN STRUGGLE – SOLIDARITY”

(Communique 11, The Angry Brigade)


   (Stuart Christie, The Angry Brigade)

En el caso de la Angry Brigade se puede   comprobar como sus mensajes procuran (desde una óptica situacionista y prácticamente pop) cuestionar la realidad social del momento, la alienación que se practica desde el capitalismo:

If you're not busy being born you're busy buying'.

All the sales girls in the flash boutiques are made to dress the same and have the same make-up, representing the 1940's. In fashion as in everything else, capitalism can only go backwards -- they've nowhere to go -- they're dead.

(Communique 8, The Angry Brigade)


     (Anna Mendleson, The Angry Brigade)

En este último comunicado se incluyen, asimismo, reflexiones e interrogantes sobre qué es lo que el individuo desea en realidad dentro de un mundo caracterizado por el control y la falta de libertad:

The future is ours.

Life is so boring there is nothing to do except spend all our wages on the latest skirt or shirt.

Brothers and Sisters, what are your real desires?

Sit in the drugstore, look distant, empty, bored, drinking some tasteless coffee? Or perhaps BLOW IT UP OR BURN IT DOWN.


           (Hillary Creek, The Angry Brigade) 

Si tenemos en cuenta el contenido de las últimas frases, podemos entender que lo que se hace a través de estos textos es cuestionar la Semántica del Poder, el orden establecido a través del lenguaje, de modo que los autores de los mismos se configuran como verdaderos francotiradores, críticos con una cultura, la de su tiempo, centrada en el consumo y el capitalismo.

Disidencia al fin y al cabo.


(The Angry Brigade Communiques, Biba Letter)


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EL FUTURO ES NUESTRO

No mucho ha cambiado en nuestro mundo si lo comparamos con las críticas sociales vertidas desde la Angry Brigade. Esto nos puede hacer pensar hacia donde nos dirigimos en realidad:

Si el “Estado de Bienestar”, a decir verdad, ha satisfecho las necesidades de la comunidad (sus deseos y sueños) o bien alimenta distopías político-económicas como el TTIP que extiende su sombra futura (y siniestra) sobre nosotros.
Si el “Estado de Bienestar” retrocede en la actualidad o propone fórmulas electorales de simulada (y falsa) regeneración democrática alejadas de una verdadera representación popular en las instituciones democráticas.
Si el Estado (a secas) maneja a su antojo el significado de la realidad y nos propone experiencias de alienación y control de modo que no cuestionemos el Sistema en que nos hallamos insertos, integrados.




                    (Blu, grafitero)

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LA GUERRA SEMÁNTICA

Si nuestro espíritu está controlado por el consumo y el capital, quizás haya que articular procesos lingüísticos de desarticulación de aquellos, estrategias de desintegración de la información que se genera desde la Lingüística del Estado y las Corporaciones a modo de virus lingüístico.

(Quizás la guerra es semántica.)

En ese sentido somos nosotros quienes debemos darnos cuenta de cómo ese virus lingüístico penetra nuestra conciencia, de qué modo condiciona nuestro concepto de lo que son las cosas, la manera en que determinadas posturas y acciones propias de la disidencia y el desencanto estructural (frente al statu quo) se clasifican en un cubículo semántico que es evaluado (y estigmatizado) como fuera del sistema. En realidad, tal cubículo lo único que hace es contradecir el monolítico y caduco orden establecido en un tiempo como este en que el fútbol, las estrellas de la canción, el telediario y las revistas de tendencias vuelven a ser (como siempre) elementos de control y pasividad en estos últimos meses.

Una vez más nuestra misión es subrayar, descubrir, desenmascarar (ya sea el TTIP, la mal llamada regeneración democrática o los cantos de sirena del transhumanismo global, por poner un peligroso ejemplo más).

Nuestra tarea consiste, entonces, en hacer visible la información que se desea invisible. Posicionarnos dentro de los conflictos que genera la creación y transformación de los significados por parte de la lingüística corporativa e institucional.

Descubrir las nuevas (y narcóticas) mitologías.
Cuestionar la Semántica del Poder.



                      (Blu, grafitero) 

sábado, 13 de septiembre de 2014

Chacales y francotiradores culturales. Disidencia social y política, vol.1 (O como J.G. Ballard, Ricardo Piglia, Servando Rocha y Jaime Gonzalo se acercan a un fenómeno como la disidencia)

   


El francotirador cultural es siempre una metáfora.
Este tipo de francotirador nada tiene que ver con los chetniks que disparaban balas sobre los ciudadanos de Sarajevo en los años noventa, ni con aquel que aparecía en la novela “Chacal” de Frederick Forsyth o en la versión cinematográfica que Fred Zimmermann –sí, aquel dirigió “Solo ante el peligro”- hiciera en 1973.
Sus balas, más bien, perforan las nuevas mitologías.
Si atendemos al francotirador cultural como metáfora, entendemos tal figura como poética, una figura cuya mira telescópica es conceptual (por decirlo de alguna forma).


  Quizás hay quien pueda pensar que el francotirador se configura como imagen gastada, fuera de tiempo. Una figura cercana –en ocasiones pero no siempre- a la del terrorista, figura esta última que, recientemente, ha sido tratada por autores como Ricardo Piglia en “El camino de Ida” (2013) o con anterioridad, por J.G. Ballard en “Milenio negro” (2003), obra a la que se hizo mención en este blog hace unos meses.


En el caso de Piglia es Unabomber el personaje que se cuela en sus páginas. En Ballard encontramos que el autor británico expone a lo largo de sus casi trescientas páginas la aparición de una célula terrorista de clase media que cuestiona la existencia vacua y aburrida que le ha tocado vivir en el complejo de Chelsea Marina, una zona privilegiada de Londres, una urbanización reubicable en cualquier otro lugar de Occidente. Desde la ironía y el sarcasmo, Ballard nos presenta a los personajes como figuras disidentes, individuos que rechazan una existencia programada y alienante, una vida que les hace ser soporte de la clase media británica que, según ellos, perpetua el sistema de dominación y alienación. Quizás Ballard muestra a los personajes desde una perspectiva casi infantilizadora, pero muchos de los argumentos de estos no resultan pueriles sino que son parte de las frustraciones que pululan en la psique del individuo occidental.

En otros casos donde también se reflexiona acerca del terror (la subversión, la disidencia, más bien) o el francotirador en sentido extenso, como sucede con Servando Rocha, se argumenta en torno a este tipo de individuos como modelos que revelan las fracturas del sistema, sus agujeros negros. Sucede en textos que evidencian una figura que, a decir verdad, no es una moneda fuera de circulación, una imagen gastada. Es el caso de ensayos como “La facción caníbal. Historia del vandalismo ilustrado” (2012) o “Nos estamos acercando. Historia de Angry Brigade” (2008), ambos de Rocha. Es el caso también de “Poder Freak, vol. 1 & 2” (2009, 2011), donde el crítico musical Jaime Gonzalo (metido a ensayista que recorre la historia de la contracultura) incide en los diversos grupos violentos que proliferaron tanto en Estados Unidos como en la Europa de los años sesenta, setenta y ochenta del pasado siglo. En su ensayo Gonzalo establece interesantes conexiones entre situacionistas, anarquistas, revolucionarios y hipsters (con perdón: me refiero a los de antes).


Tal interés por la figura de los grupos violentos que han jalonado la historia de Occidente desde la Revolución Francesa hasta nuestros días revela la actualidad de un concepto como el del francotirador, sea este cultural o real (De hecho los mencionados textos no hacen sino poner sobre el tapete aquellos grupos de resistencia frente al Grupo de Dominación). Pero entendamos al francotirador de forma extensa (tal y como he comentado antes), es decir, como aquel individuo que procura desenmascarar el statu quo, la realidad que se nos vende como perfecta o inamovible, ese individuo que –por ejemplo- cuestiona las informaciones que, desde el Poder, se filtran a la comunidad. No nos quedemos con una imagen refrita y sin sentido, fuera de tiempo, filtrada por la semántica del capitalismo contemporáneo y la posmodernidad, esa semántica que mucho tiene que ver con los parámetros que dicta la Lingüística del Estado y las Corporaciones.


  Dicho esto, uno puede inferir que francotirador y terrorista se articulan como símbolos dentro del imaginario colectivo. Ya sean como pesadilla (con los psicópatas, por ejemplo), ya sean –que es lo que aquí nos importa- como elemento redentor, a través de aquellos individuos que han decidido creer en su verdad y que se interrogan y cuestionan sobre las estrategias que impone el Monopensamiento, ese magma lobotomizante de la conciencia.
    
Si hablamos de francotiradores culturales (aquí hablamos de eso) y consideramos que sí hay objetos o no que abatir (otra metáfora) y concluimos que no los hay, creo sinceramente que estaríamos en un error. De hecho, en la literatura siempre los hay... Siempre hay objetivos (o puede haberlos), siempre hay algo que poner dentro de la mira telescópica, tal y como hizo hace tres años Teddy Wayne en su novela “Kapitoil”, ensayando sus disparos sobre la naturaleza del capitalismo y su carácter deshumanizador. Pensar que no hay objetivos que derribar es un vicio posmoderno, un tic de alienación inconsciente. Así que afirmar que no hay objetivo sobre el que apuntar resulta de una irresponsabilidad social y política que casa bien poco con los tiempos que vivimos.


Cuando hablamos de francotirador no se trata de abatir, de apretar el gatillo en sentido estricto, claro. Quizás es algo que tiene más que ver con subrayar, descubrir, desenmascarar (como decía antes). Hacer visible lo que pasa desapercibido. Descubrir una nueva mitología y acribillarla.



domingo, 20 de julio de 2014

Spectrum, vol. 5. Los médicos virtuales de Ballard y los personajes sonámbulos de Antonioni: patologías y espectros




“En vez de enfrentarse a un especialista cansado con ganas de tomarse una buena ginebra y darse un baño caliente, el paciente se sentaba ante una pantalla y tecleaba respuestas a preguntas pregrabadas por un médico saludable, interpretado por un actor comprensivo.”

Las líneas anteriores pertenecen a la novela “Milenio negro” de J.G. Ballard. Si bien el tema que se puede extraer de las líneas anteriores no es el asunto matriz de la citada novela, esta afirmación -que aparece de pasada a las pocas páginas del libro- nos mete de lleno en una realidad muy habitual en nuestro tiempo: el desplazamiento de lo real en beneficio de lo virtual.  Tal realidad mucho tiene que ver con un futuro que se hace presente cada día más, tiene que ver con un futuro que diluye su espíritu sobre el tiempo actual y, poco a poco, lo va modificando. Es algo que ya se percibía en Antonioni, en algunas de sus películas de los años sesenta, tal y como sucedía en “El eclipse” o “El desierto rojo”. Al igual que el escritor británico, el cineasta italiano supo dibujar un mundo donde el futuro se derrumbaba con todo su peso sobre el presente. Con todo, tanto en algunas narraciones como en la realidad, el presente busca la forma de encontrar aire, de sobrevivir. Igual que lo hace un pez que boquea fuera del líquido elemento.


Alain Delon y Monica Vitti deambulaban por la periferia de una ciudad italiana sin nombre mientras el presente se deshacía ante sus ojos. Eso sucedía en “El eclipse” donde Michelangelo Antonioni jugaba con sus actores-títeres y estos, más bien, buscaban formas espectrales de un presente que se desdibujaba en el futuro. Ensayaban como estar en el mundo (y se perdían en él, en un paisaje fantasmal). Igual que esas formas espectrales que seducen a los pacientes de los que habla Ballard, ese autor obsesionado con las patologías, con los sueños y pesadillas que pululan en el inconsciente:


“Para sorpresa y alivio de los especialistas, los pacientes preferían la imagen informatizada a un médico verdadero.”