lunes, 16 de marzo de 2015

Desiertos paradójicos, desiertos mortíferos (Una lectura en torno al poemario “Cambio climático” de Cristina Morano





La soledad rugiente de la desolación

DEUTERONOMIO 32,10


El desierto gana, en él leemos la amenaza absoluta, el poder de lo negativo, el símbolo del trabajo mortífero de los tiempos modernos hasta su término apocalíptico.

GILLES LIPOVETSKY


The last beautiful free soul on this planet

SUPER SOUL




BIENVENIDO AL DESIERTO


En la película “Vanishing Point” de 1971 Kowalski atraviesa el desierto de Nevada cargado de bencedrina mientras conduce un Dodge Challenger blanco de 1970. Perseguido por la policía de varios estados, tiene como misión la entrega del automóvil en la ciudad de San Francisco. A lo largo de la película comprobamos como el protagonista, Kowalski, es acosado por la policía a la vez que es animado por Super Soul, un disc jockey ciego y negro de una emisora de radio, la KOW que emite desde un pueblo llamado Goldfield, Nevada, y a quien escucha el protagonista a lo largo del periplo que le llevará al desierto y la muerte.  


En 2014 Cristina Morano hace su propia travesía por el desierto con la escenografía, entre otras, de los Barrancos de Gebas de fondo. Ésta es una tierra árida, plagada de cañones y cárcavas entre Alhama de Murcia y Librilla, y mucho tiene que ver este escenario con el de la película de Richard C. Sarafian de cuyo guión se encargara Guillermo Caín (alias de Guillermo Cabrera Infante).



En el caso de Morano, hermosa alma libre (como diría Super Soul de Kowalski en una de las citas que abre este texto), no hay necesidad de anfetaminas a la hora de componer un cuadro poético caracterizado por la desolación y el abandono: la escritora solamente necesita el motor de sus palabras para avanzar por el desierto, un desierto que no es sólo físico sino que se configura como vital, existencial. Con un lenguaje duro y seco, Morano dibuja un páramo humano donde el vacío cotidiano se carga de voces que pugnan por salir a flote en medio de la tragedia.




LA ANIQUILACIÓN TOTAL


Hay quien ve en el desierto un espacio de redención, el lugar para el recogimiento y la oración. Un emplazamiento donde se acude a meditar y encontrar la iluminación. Así sucede con la figura de Jesucristo en algún momento del Evangelio, si bien allí es tentado por el diablo después de cuarenta días y cuarenta noches. Algo semejante ocurre con ciertos monjes, eremitas y anacoretas que, en el siglo IV y tras la paz constantiniana, buscaban la claridad espiritual y la unión mística con dios en los desiertos de Siria y Egipto.  

No es el caso de Cristina Morano que en la página 46 de “Cambio climático” afirma:

Infeliz el que aprende del desierto.

Siguiendo esta línea que apunta la autora, son muchas las veces que el desierto aparece en el Antiguo Testamento como un lugar donde domina “la soledad rugiente de la desolación” (algo similar a lo que sucede en este libro). Si la tierra cultivada, el lugar que habita el hombre, es el espacio donde la realidad se humaniza, el desierto es precisamente el ámbito donde tiene lugar la deshumanización:

Se ha secado la tierra,
pero más nuestros huesos



“Cambio climático” nos pone en primer plano (de forma sutil) la desertización, una desertización no sólo física sino moral. Y no es que Morano hable en su libro sobre la escasez de recursos hídricos o el retroceso de la tierra cultivable. No, Morano no establece ningún tipo de alegato ecologista aquí (al menos ése no es el objetivo primario de sus páginas). Ella prefiere (o está obligada a) introducirnos en un mundo donde el hombre desaparece y se va haciendo sombra de lo que fue:

   (…)Aquí hasta la memoria
se cura en sal y lentamente
también nosotros nos hacemos
de cecina la carne.

En “Cambio climático” lo físico o lo meteorológico es el preámbulo a la aniquilación del espíritu. O, más que un prólogo a todo eso, resulta ser la metáfora que nos habla de ello desde su mismo título:

Recordamos el agua,
pues el cauce la nombra,
esculpe esa palabra en la tierra.




EL DILUVIO


   La inundación es el contrario del desierto, su opuesto.

En diversos textos sagrados la inundación es sinónimo de destrucción. Los mayas quiché hablan de Uk’u’x Kaj (“Corazón del Cielo”) como responsable del diluvio. En Mesopotamia es Enlil quien arroja el castigo acuático sobre las gentes, diluvio del que se da buena cuenta en la epopeya de Gilgamesh. En la Biblia es Noé el elegido a dedo por Yahvé para salvar a las criaturas. En “Cambio climático” es Cristina Morano quien, con tintes proféticos y visionarios, escribe y dice:

Todo se quedará bajo el barro.




La presencia del agua en este poemario se configura entonces como peligro o quizás como purificación, ese agua que todo lo destruye:

     Lloverá durante cuarenta días y cuarenta noches
     dijo Stephen Hawking, después nuestra civilización
     destruirá el planeta (…)

Ante tal devastación, ante el apocalipsis que nos sobreviene, Morano llega a afirmar:

(…) No me pidas
que siga, que busque mi bien, salvándome
de la inundación.



Ella decide quedarse en el mundo que zozobra y naufraga, ese universo que Ballard retrata en su novela “El mundo sumergido”. Así que el agua, ese bien tan preciado que se echa en falta en más de una ocasión en los versos de este libro, cuando aparece ante el lector, lo hace a través de la tormenta y el diluvio.

Y la tormenta es tan trágica como el desierto.

El agua, por tanto, se convierte en las páginas de “Cambio climático” en agente de destrucción:

Entra el agua por las ventanas
temo por mi vida




LA PERIFERIA ME MATA


La periferia como escenario, igual que la que retratara Antonioni en “El desierto rojo” o “El eclipse”, vertebra el discurso poético de “Cambio climático”. Ésta es una periferia con frecuencia sin nombre, sin una ubicación concreta salvo en algunas ocasiones. Una periferia escénica que –en cambio- tiene como protagonista el corazón del ser humano, al igual que sucedía en la cinta del director italiano.

Y si hablamos del corazón del hombre, de la mujer, del corazón de la ciudad (y sus calles y sus apartamentos), lo que hacemos es hablar del presente, un presente que se hace eterno o donde reverberan preocupaciones imperecederas, que siempre han estado ahí, que siempre están aquí. Cristina Morano ha decidido tatuar en estas páginas un presente que nos consume, un presente que devora a sus hijos igual que lo hiciera Saturno con su prole. Morano retrata una realidad que fagocita a sus creaciones, que las deshidrata y abandona exangües. Traza una cartografía de la realidad que, a modo de susurro, silabea su tosquedad en nuestros oídos, en los ojos que sobrevuelan las páginas de este poemario. Las calles de la ciudad, las habitaciones o los apartamentos se configuran como espacios donde la soledad y el vacío quedan subrayados como marca de una alienación moral y emocional que mucho tiene que ver con el mundo que nos ha tocado vivir.



La ciudad, las calles y esos apartamentos se configuran como escenarios a través de los cuales se concreta la periferia de la que antes hablábamos. Así ciudad y calles se disponen como decorado de esa alienación que, con frecuencia, está tan relacionada tanto con el trabajo como con el amor, tal y como sucede en el poema Salida de las oficinas:

Tan feos y tan comunes volvemos del trabajo,
apenas sacudiéndonos
el inmediato olor del bar
y de sus restos de comida.

La urbe es el lugar del abandono y la soledad como se puede leer en el mencionado poema:

Sólo esta luz final de las tardes de invierno
nos descubre desamparados
en busca del dinero y del calor,

disputándole el mundo a nuestros perros.

Y el trabajo (su mundo, sus implicaciones) se dibuja aquí como un mecanismo que recorta los espacios de libertad del individuo:

lucen las oficinas como templos
de algún culto ancestral



La ciudad que estos versos habitan parece una isla, un lugar abandonado donde avanza la desintegración de las personas, al igual que el desierto lame los suburbios de algunas ciudades del Sureste. Fonollosa deambulaba por la ciudad del hombre que era Barcelona en uno de sus más reconocidos poemarios. Morano vaga por la ciudad de la mujer (del ser humano: masculino y femenino, qué más da), una ciudad intercambiable en su indefinición que, tal vez, podríamos concretar en Murcia, lugar donde reside la autora, pero que bien es cierto podría ser cualquier otra dentro de una periferia agonizante que se configura como teatro de operaciones del corazón que vislumbra un futuro mortífero.




Por su parte, el hogar, la casa, el apartamento se convierte en cubículo donde apenas hay oportunidad para la redención, la fe o la esperanza:

Tres cosas apiladas no forman una casa,
más bien un inestable montículo
y nuestra convivencia en ellas
no tiene nombre todavía.

La voz que va tejiendo los versos que componen este poemario se configura como la de un náufrago en tierra firme que ni siquiera consigue atisbar las naves que, cerca o lejos, podrían ofrecerle algún tipo de salvación. Tampoco ese náufrago busca ningún tipo de salvación, sino que asume el estado de cosas (y la protagonista poemática de estos versos lo hace no exenta de dolor):

No. No me incluyáis entre los que siguieron
su Palabra. No repetiré el gesto de los ganadores.

Duele entonces el verbo de Morano, su sintaxis sencilla (y contundente en ocasiones) que tiene como objetivo entregarnos un libro envenenado de desolación, una desolación que puede venir de dentro pero que también procede de fuera, igual que los tentáculos de una medusa que deja su huella tóxica sobre nuestra piel.




EL DESIERTO ES UN ARMA MORTÍFERA CARGADA DE FUTURO


Lipovetski hablaba del desierto como la metáfora del tiempo que vivimos. La poesía de Morano es también en “Cambio climático” un conjunto árido que te empuja a pasar de verso a verso como quien consume bencedrina, igual que quien está empujado (por una obligación moral como lector) a no detenerse en la lectura porque el desierto humano que aquí se cartografía hipnotiza con su poder fantasmal.

En cambio, si aquí hablamos de forma recurrente del desierto, el lenguaje de Morano no es estéril, no se caracteriza por ello, y algunos de sus versos confirman la posibilidad de la palabra en medio del páramo. Esas palabras son semejantes a las ortigas que crecen en un terreno baldío pero que, a diario, buscan la luz del sol. Ese mismo sol que, queramos o no, las abrasará, convirtiéndose éste en el punto límite cero para la vegetación (para la vida, la existencia), la vía de escape quizás (una vía de escape hacia la muerte, el punto de disolución o de desvanecimiento).

Si en “Vanishing Point” se articulaba un punto de fuga dentro del desenlace de la película con el impacto y explosión del Dodge Challenger contra una excavadora (de modo que Kowalski moría justo antes de los títulos de crédito), en “Cambio climático” el punto de fuga es otro y se condensa en los versos finales del poemario, con palabras que hablan una vez más sobre abandonarse y dejar que la aniquilación o el abandono se lleve todo consigo:

(…) y dejé atrás las flores, sacudiendo
su recuerdo como los perros
se sacuden el agua del pelaje
por no morir de frío en la intemperie.

Si os encontráis alguna flor de aquellas

en mi ropa, tiradla, tiradla sin decírmelo.



miércoles, 25 de febrero de 2015

Lady Gaga: Pornodiva del Ultrapop (O cuando Gaga conoció a Abramovic)






1


La foto se hace propaganda:
La carne se pudre, la conciencia se corrompe.


*


El videoarte se convierte en herramienta de la industria, estrategia de propaganda y publicidad. Lady Gaga sueña transformarse en arte viviente (igual que un Belén con personas de carne y hueso o un artefacto maquinal animado). Gaga se convierte, también, en objeto fotografiado por la lente de Terry Richardson o Nobuyoshi Araki. De ahí que devenga objeto ultrapop (más allá del pop...). Es ultrapop porque en 2013 se deja engañar por Marina Abramovic (o Abramovic, sencillamente, nos engaña a todos: Gran Prestidigitadora).



Hace algo así como un año Marina Abramovic abrió las puertas de su ashram artístico a la estrella pop...

En el tiempo en que está allí la graba en vídeo: por ejemplo, desnuda sobre las aguas, entre ellas (Cuerpo de Gaga sobre superficie líquida), abriéndose paso, sumergida en parte, caminando por el bosque, cubierta de pequeñas piedras blancas casi translúcidas en un interior doméstico, abrazada a una roca blanca en un espacio donde se podría practicar yoga (suelo de madera, ventanales que dan al bosque), repitiendo algo así como un mantra en posición horizontal, sobre el suelo, algo gélido y sin palabras. Todo se filtra con el simbolismo de la acción (la manipulación de una estrella pop en contexto arty), la metáfora del paisaje que engulle a la diva. Toda una interpretación múltiple, apta para el Sistema Económico, Social y Moral vigente que devora a sus creaciones y las exhibe en red.




Así que Abramovic feliz y el mundo también: La lente recoge el Cuerpo de Gaga y la inteligentsia se abre de piernas.

Así que Gaga es ultrapop porque la mentira es el fin para convertirse en obra de arte que respira en una videoperformance desnuda en los bosques de New Jersey (Made in Abramovic, claro).



2

Esta dimensión artística de Gaga resulta contradictoria frente a la dimensión industrial de la cantante (por mucho que ella predique –o intente- su filiación con la Alta Cultura y el Arte, en mayúsculas, sí). Gaga no es música sino producto que cotiza en los mercados y busca su cuota de venta frente a otras esclavas de la industria musical como Rihanna, Beyoncé o Miley Cyrus (Madonna, en cambio, es matarife del Sistema y Gaga desea emularla: ubicarse en posición top). Lady Gaga prefigura o sintetiza la muerte de la música en virtud del mercado y la dialéctica del deseo. Su (supuesta) introducción en el mundo del arte no hace sino procurar un incremento en el valor de su capital.

A través de ella (a través de Gaga –y con el beneplácito de Abramovic) se articula un signo sin significado, sólo vacío, tan vacío y frágil como una cáscara de huevo desmenuzada (sin yema, sin clara).




3

CUERPO DE GAGA

Convertirse en marca o producto,
dejar de ser persona,
crear una identidad personal
- igual que la imagen corporativa de una multinacional
(a su imagen y semejanza)-,
una imagen que responde
a los intereses
y deseos
de sus clientes
o usuarios
(a su imagen y semejanza),
amén.
Cuerpo de Gaga,
amén.


(POEMA DE YAZUJIRO KAWAMURA)



4


Componemos una sociedad carnívora que devora cuerpos y genitales.

Somos espectadores caníbales anhelantes:
Saturno devorando a sus hijos, masticando humanidad.




En la publicación Vogue Hommes Japan, observamos como Lady Gaga juega al bondage con el fotógrafo japonés Nobuyoshi Araki (también hace eso, sí). Luego Araki edita libro y pasa por caja, claro. Con este acto, Gaga subraya su necesidad de complicidad, su deseo de aceptación por parte del círculo del arte (y la intelectualidad). A través de este juego se configura como divinidad del porno emocional contemporáneo (además de pornodiva de cierta inteligentsia). El visto bueno que imprime Araki (y su recepción) certifica que Gaga misma sea interpretada como arte total que canta, posa y se deja maniatar, configurándose como Belén maquinal de una religión zombi.



La inteligentsia se humedece y la bendice con el báculo de Slavo Žižek mientras el fotógrafo Terry Richardson –Gran Fariseo del Capital Corporativo- vertebra una no historia en imágenes (en fotolibro editado por Taschen: “Lady Gaga x Terry Richardson”, 2011). Richardson transmite el vacío y la ausencia de significado de esta intérprete que promete ser el paradigma del pop para los próximos años.

(Oremos.)




El vacío (e inocuidad) de la fotografía transgresora e inútil de Terry Richardson se apoya en la carne y el sexo como marca de la casa, en el análisis y erosión de la superficie, la piel como paradigma, una casa que se derrumba con los años y hace aguas, al tiempo que es arrullada por la propaganda del deseo y la adicción narcótica al ego, Vogue del alma, Boletín Oficial.




5


     Todos aquellos que encuentran en Lady Gaga un paradigma de la modernidad no se equivocan. Todos aquellos que encuentran en ese paradigma un modo de liberación, una subversión, un elixir (o antídoto) contra la alienación, yerran y se hunden en el fango de la estulticia masiva.

Lady Gaga es paradigma de la modernidad contemporánea porque la modernidad contemporánea ha decidido hacerse el harakiri en su apuesta por la superficialidad. De modo que Lady Gaga es la pornodiva del vacío, un vacío que se maquilla metafísico.

Lady Gaga, la diosa falsa:
Injerto de la Hiperclase (o tentáculo pop de la oligarquía intelectual) en la conciencia colectiva.

Pornodiva de la Multiconciencia, diosa del Teleporno:
“Donde la conciencia se reduce a un intercambio de piel o carne” (Yazujiro Kawamura dixit).

Pornodiva porque diva significa divina en latín.

(Divina ultra.)


Una divinidad que no tiene nada que decirnos y que baja a la Tierra para ser admirada y loada por los fans. Igual que los deportistas que son los cruzados contemporáneos del Capital, monjes guerreros sin nada que decir, monjes guerreros que luchan por la Pole Position. Igual que Gaga busca la posición top, el clímax mediático:

Liturgia, rezos,
cuerpo de Cristo,
cuerpo de Gaga.

El Segundo Advenimiento no tiene Evangelio,
          no tiene palabra,
          sólo polaroid,
     imagen fija susceptible
de ser interpretada 
por los apóstoles.
Susceptible de ser fotografiada
por Terry Richardson, el Evangelista.

     (Oremos.)



6


Pornodiva y ultrapop.
Eso es.

Porque el filósofo de moda, Slavo Žižek, se enamora de la divina devoradora.



Así que el espectador caníbal dice amén.

Slavo.

Žižek.

Kurt Cobain del pensamiento contemporáneo en monólogo de club de la comedia, apostolando un Nirvana Socialista, de Hipermercado, subvencionado por la élite cultural, política y económica.

Slavo.

Žižek.

Divo intelectual meets Pornodiva.

Amén.

“Nothing else matters” (Metallica dixit).

Hecatombe del intelecto, de la sensatez,  trepanación con tijeras (y amén).

  
- ¿Te has comido también la clara del huevo? ¿La yema? ¿Has ingerido el Vacío? –pregunta Yazujiro Kawamura  a Gaga, cuerpo de, en una entrevista concedida a la revista Antivice. *


(*) ADVERTENCIA(s):
1. La conversación presente en este texto entre Yazujiro Kawamura y Lady Gaga son absolutamente ficcionales (quizás hayan tenido lugar dentro de una pesadilla esquizorreal).
2. La revista Antivice no existe: sólo es otra cruz invertida donde se refleja su antónimo real en este plano, a este lado del espejo.