jueves, 15 de enero de 2015

“Esquizorrealismo” en Cartagena (La Guarida, 9 de enero de 2014)




“Esquizorrealismo” se presentó el viernes pasado (9 de enero) en La Guarida (Cartagena). Para ello conté con la participación de Diego Sánchez Aguilar que compartió conclusiones muy interesantes en torno al libro que E.D.A. Libros editara hace unos meses. Una pena no poder traer aquí sus palabras que, en algunos momentos, me hicieron pensar (y decir, con riesgo de dejar perpleja a la concurrencia y al presentador) que Diego era el mejor carnicero posible para un libro como éste, pues en su charla -si pensamos en "Esquizorrealismo" como si de un cerdo se tratara- consiguió extraer de su lomo los mejores filetes, las mejores chuletas de su costillar, las más sabrosas morcillas, salchichas esquizo gourmet. En conclusión: una lectura que me quitó el hipo por distinguir en sus palabras algunos aspectos del libro que, sinceramente, pensaba que sólo eran visibles para mí (e incluso ni siquiera para mí). Un buen escáner, cierto.


(Versión realista)


(Versión esquizorrealista)


Después de unas cuantas presentaciones del libro en diferentes ciudades (y tras haber visto que la de Cartagena se iba retrasando por diversos motivos que ahora no vienen al caso), pensé que era necesario que en Cartagena hubiera algo diferente a lo que había estado haciendo hasta ahora. Es por ese motivo que durante unas cuantas semanas estuve reuniéndome con el músico Cherry en el garaje que le sirve de local de ensayo en Alhama de Murcia.



(Oscurecidos por la pulsión esquizo)


(Flasheados por la realidad)

Allí estuvimos planeando qué hacer para la presentación y, poco a poco, las cosas fueron saliendo con bastante fluidez y también con mucho trabajo. No sé si eso se debe a que Cherry juega con los bucles a la hora de componer y yo siento devoción por ese tipo de secuencias que entran y salen de escena para volver a reaparecer cuando escribo.


(Nino Malón a.k.a Cherry se relaja unos minutos después de comprobar que su bucleadora ha pasado a mejor vida y tiene -él- que apañarse con lo puesto: su guitarra) 






Dejo aquí unas cuantas fotos (más) de la presentación (Por cierto gracias al Diván, a Antonio Marín Albalate y a Juan de Dios García por ayudarme a llevar a cabo esta presentación). 


(Groupie esquizorrealista y señor con pullover verde E.D.A.)


(Mr. Esquizo nos come y nos borra)





(Monsieur Albalate et ses amis)


(Monsieur Albalate et ses amis, bis)


(Espontáneo con los Grandes y Queridos Hermanos del Club Esquizorrealista del Sureste a ambos lados)


(Troupe Esquizorrealista y Anfitriones)


(Pimpinela goes esquizorrealista, vol. 1)


(Pimpinela goes esquizorrealista, vol. 2)


(Tipejos)


miércoles, 10 de diciembre de 2014

Spectrum, vol. 6. “Sight” (Juego de identidades, redes sociales, peepshow e interacción)




"El espectáculo no canta a los hombres y sus armas, sino a las mercancías y sus pasiones"

GUY DEBORD


J.G. Ballard se dedicó a cartografiar la vida contemporánea, ya fuera el suburbio o una posible existencia en red de la que habla visionariamente y a la que prefigura a través del uso y extensión de la tecnología a nivel doméstico. Su acierto consiste en que la vida de la que habla en alguna que otra entrevista que se le hiciera en los años ochenta llega a ser la nuestra, es la que vivimos:

“Está surgiendo una especie totalmente nueva de lenguaje, que no depende de la línea argumental en el viejo sentido, sino de una escala ascendente de sensaciones, casi como ocurre en la música, una abstracción total. Estoy seguro de que es el porvenir. Todo el mundo será capaz de hacerlo, todo el mundo vivirá adentro de un estudio de televisión. Eso es a lo que aspira el ámbito doméstico en estos días: la casa va a transformarse en un estudio de televisión. Todos vamos a ser protagonistas de nuestras propias series (…)”




Así que, de acuerdo con J.G., la realidad se convertirá en espectáculo (o se ha convertido ya, no lo dudemos). Si Gran Hermano y todos los realities que han ido surgiendo en los últimos años se articulan como una suerte de pseudorrealidad (o ficción fake), desde hace un tiempo han proliferado otras formas de interacción que nos permiten acceder al ámbito doméstico de los individuos ya sea mediante chat on line (Chatrandome, Chatroulette, Omegle), ya sea vía Skype (y similares). En algunos casos podemos hablar incluso de plataformas de contenido erótico o pornográfico (Cam4, Camfuze, Camcity) que presentan modelos (tanto masculinos como femeninos) que hacen una suerte de peep show doméstico accesible a través de la red. En este campo hay tanto profesionales del negocio como amateurs que se introducen en tal ámbito con el fin de conseguir unos ingresos extra (quizás la crisis económica global haya facilitado que un buen número de individuos hayan optado por este modo de obtener dinero y convertirse, en ese sentido, en objetos de consumo sexual y en mercancía capitalista).


Tal vez sea, en este campo de la pornografía on line, donde la capacidad visionaria de Ballard se ha plasmado de una forma más clara y convincente, si bien el planteamiento que el autor británico argumentaba –me da la impresión- que se orientaba más hacia una interacción que no contemplaba lo pornográfico en su horizonte de expectativas y era concebido, curiosamente en él, desde una perspectiva más optimista.




Las redes sociales también facilitan la posibilidad de acceder al ámbito doméstico y privado de sus usuarios de modo que se puede generar la interacción entre individuos que se conocen previamente o, por el contrario, establecen su primer contacto a través de internet. Este tipo de relación se puede articular dentro del juego (Second Life) o a través de otras plataformas como Facebook o Google+ (por poner un par de ejemplos), de tal forma que el usuario puede experimentar existencias que deambulan entre lo real y lo digital. Si consideramos el término digital en un sentido amplio, podríamos encuadrarlo –en algunos casos- como prótesis artificial de la  realidad (es lo que sucede en la citada Second Life o entre los jugadores on line de videojuegos como Call of Duty).





Ese carácter a modo de prótesis artificial de la realidad del que hablamos es el que se vislumbra en un cortometraje de prospectiva cómica (pero aterradora) como “Sight” de Eran May-raz y Daniel Lazo. En esta película de siete minutos y cuarenta y nueve segundos los dos personajes -que se conocen a través de la red- terminan por interactuar cara-a-cara, si bien cuentan también con la inserción o adaptación de dispositivos electrónicos que hacen de su encuentro un intercambio que pone en liza datos que ellos mismos pueden cotejar on line, al instante, mientras se toman una copa de vino o eligen platos del menú en la primera cita (mientras todo se convierte en videojuego). De ese modo “Sight” vislumbra, a través de la ironía y la sátira, una suerte de futuro donde la identidad se transforma en i-dentidad, una eXistenZia en que lo digital se hace uno con en el individuo y en la que cualquiera es susceptible de ser hackeado, manipulado.



sábado, 1 de noviembre de 2014

Laurie Lipton: danzas de la muerte en la era del vacío

    


Estoy aquí, boca arriba, pensando en aquel tiempo para olvidar mi soledad. Porque no estoy acostada sólo por un rato. Y ni en la cama de mi madre, sino dentro de un cajón negro como el que se usa para enterrar a los muertos. Porque estoy muerta.

JUAN RULFO


Blanco y negro es el color de fotografías antiguas y los programas viejos de televisión; es el color de los fantasmas, la nostalgia, la memoria y la locura. El blanco y negro duele.

LAURIE LIPTON



1


Se acercan estas fechas y pienso en la muerte.
O, más bien, en los muertos, esas personas que andaban por aquí y que un día dejaron de estar.

Tal vez por esa operación inconsciente que tiene lugar en nuestras cabezas (debido a la educación, la familia o la tele que obvian algo tan fundamental como la desaparición o el fin), la muerte no aparece en primer plano dentro de mis pensamientos (al menos no de forma cotidiana o durante estos días, al menos no de un modo evidente). Es por eso, tal vez, que me resulte más normal pensar en los muertos que en la muerte: recordar a mi padre, mi abuelo y abuela, los tíos y tías que ya no están, la hermana de algún amigo, amigos que pasaron al otro lado o el reciente fallecimiento de mi tío Ignacio.

La muerte, entonces, se concreta en rostros.

Hacer desaparecer el rostro equivale a hacer desaparecer el nombre, sepultarte. El rostro, como bien ha escrito recientemente Heriberto Yépez después de la muerte de 42 estudiantes en México, es sinónimo de identidad:

“El viento dice que es justo el momento de perder la cara, perder el nombre.”


La muerte deja su impronta según pasan los años.
Tal vez cambia hacia una idea que poco tiene que ver con la desaparición y mucho más con la transformación. Va sustituyendo también a los rostros (esos muertos que permanecen en los álbumes de fotos o en la memoria) y adquiere connotaciones de lugar o espacio desde el que, quizás, también fluye la vida para dejar de ser (la muerte) un proceso en el que solamente se inhiben los procesos bioquímicos vitales.



2

Según algunas tradiciones, durante estos días nos encontramos más cerca de contactar con los que se han ido. Como si las almas de los muertos flotaran en el ambiente y se colaran sigilosamente en nuestras casas, en los pensamientos que se van construyendo sin apenas darnos cuenta en nuestro interior.  Desde mi punto de vista, estas creencias ancestrales que nos hablan del contacto con los que se fueron no tienen por qué ser despreciadas en el mundo racional y científico que nos ha tocado vivir. Quizás un componente sagrado o místico que invadiera nuestra concepción de la existencia sería oportuno en una realidad banal (la que vivimos) que va configurando una existencia deshumanizada, falta de trascendencia.

Si pensamos en la celebración religiosa (o pagana si así se quiere) que se acerca y tiene lugar este fin de semana (primero de noviembre), no está de más que tengamos en cuenta que el Día de los Difuntos hunde sus raíces en la cultura celta. Dentro de la mitología druídica, su espiritualidad se caracterizaba por el culto a dos dioses: uno solar y otro relacionado con los muertos. La celebración de este último coincidía con el 1 de noviembre, fecha para el inicio del año celta.

Como sucede con otras celebraciones y fiestas de carácter religioso, el ritual cristiano incorporó esta festividad dentro de su calendario, en esa estrategia tan sabia por parte de la Iglesia de camuflar tradiciones previas que, gracias a la propaganda eclesiástica, fueron clasificadas como paganas y asimiladas dentro de su calendario bajo un manto de maquillaje y camuflaje. Este tipo de sincretismo ha sido habitual a lo largo de la historia y en él tienen cabida las analogías entre Osiris y Cristo (en su Resurrección) o la presencia en la tradición popular alemana del Conejo como animal referente dentro de las celebraciones de la Pascua. En ambos casos, lo que se traslada al cristianismo son conceptos propios de los rituales de fertilidad y regeneración tan habituales en el cambio estacional que va del invierno a la primavera.

Pero aquí, hoy, no hablamos de fertilidad, sino de la muerte (y los muertos).



 En los años cuarenta del siglo pasado Ernst Jünger escribía en su “Diario de guerra y de ocupación (1939-1948)” que los muertos no mueren en verdad puesto que nosotros (los que estamos aquí) seguimos recordándolos. Solamente cuando somos nosotros los que dejamos de estar, ellos también lo hacen.

Es entonces el momento en que desaparecen finalmente:
Cuando nosotros dejamos de existir.
Cuando arden los álbumes de fotos.
Cuando la memoria se deshace en un último aliento.

     Con el paso de los siglos o con la sucesión de diferentes civilizaciones y culturas, sigue germinando en nuestra conciencia la evocación de los muertos. En ese sentido (y saliéndome un poco de aquello a lo que estoy habituado en estas fechas) puedo decir que, durante el mes de octubre, desde hace unos días, lo que me viene a la mente son imágenes de la obra de Laurie Lipton (No pienso en los muertos, no, a la cabeza me vienen sus dibujos a lápiz, en blanco y negro, “el color de los fantasmas, la nostalgia, la memoria y la locura”). Y no es casual que eso suceda, ni se aleja de lo que tenemos entre manos desde el principio de este texto puesto que en la obra de esta ilustradora norteamericana, nacida en Nueva York en 1960, la muerte es un elemento dominante. Como ya se ha señalado antes, dentro del proceso de banalización que nuestra existencia tiene en Occidente, la muerte es una figura que apenas se trata, al contrario de lo que sucede en la obra de Lipton.


Si bien las imágenes relacionadas con la muerte aparecen de diferentes maneras en nuestra sociedad, podríamos asegurar que tales representaciones están impregnadas, en muchos casos, de un carácter frívolo y trivial. Es lo que sucede, por ejemplo, con la calavera de platino con incrustaciones de diamantes producida por Damian Hirst en 2007 (“For The Love of God” es el nombre que recibe esta escultura valorada en setenta y cuatro millones de euros) o lo que también ocurre con la profusión de ropa interior que cuenta con calaveras en las colecciones de H&M (mucho más baratas estas prendas que la pieza de Hirst ya que se confeccionan en países del Tercer Mundo como Bangla Desh, claro). Igual sucede con los complementos (bolsos, anillos o colgantes) que se comercializan con imágenes semejantes o, sencillamente, los tatuajes de calaveras que se vuelven tendencia en la actualidad en una suerte de adulteración de todo aquello que la muerte representa.

No se puede decir, por tanto, que tales manifestaciones vayan más allá de lo meramente superficial. De hecho la presencia masiva de estas imágenes opera, de forma inconsciente, un desinflado semántico del concepto de muerte en la conciencia colectiva.

Tales imágenes nos dicen:
La muerte no existe, siga jugando.



3


Afincada en Londres desde 1986, las imágenes de Lipton (que tienen en la recámara la influencia de Goya, como bien ha confesado la artista en alguna entrevista) nos permiten presenciar estrechas relaciones entre la vida y la muerte, entre los vivos y los muertos, deshaciendo los límites entre unos y otros.

Siguiendo la estela de pintores como Durero o Van Eyck (y aprendiendo de ellos a través de la copia de sus obras como estrategia de aprendizaje), Laurie Lipton ha sabido captar y crear, según sus propias palabras, “algo que nadie había visto antes”. Su devoción por el dibujo en blanco y negro tiene mucha influencia del trabajo de Diane Arbus y las composiciones de esta fotógrafa norteamericana han sido inspiración e influencia en el trabajo de Lipton, un trabajo en el que la muerte se configura en sus ilustraciones a través de encuentros amorosos entre cadáveres o mediante fotografías de familias de muertos que posan para una cámara imaginaria. Presenciamos reuniones de té entre mujeres que se ubican en escenarios de época que nos retrotraen al XIX. Son señoras que no están vivas sino que son puro esqueleto, dibujadas en blanco y negro, enfatizando los claroscuros que una idea como la de la muerte contiene.


En Lipton también hay esqueletos que velan cadáveres en una suerte de actualización de las clásicas fotografías decimonónicas en las que se solía retratar a los finados. Ésta es una suerte de exaltación continua de la muerte o, al menos, una puesta en escena de ella como protagonista de la realidad (algo que, hoy en día, olvidamos con facilidad dentro de las nuevas mitologías que crea, por ejemplo, la publicidad). En un mundo deshumanizado por el vacío y el hedonismo, Lipton pone en primer plano estos retratos de época en clave retro donde las personas representadas no son más que esqueletos salvo alguna excepción (una vieja dama, un bebé, una niña en la cama).





La muerte es un elemento constante con el que también se comercia y encontramos tenderas que venden calaveras como si se tratara de souvernis (tal vez esto tenga algo que ver con esa devoción contemporánea por serigrafiar camisetas, sudaderas, medias o calzoncillos con imágenes de calaveras...). Así, la visión de la obra de Lipton nos hace pensar en las danzas de la muerte, esos rituales de origen medieval que ponen el foco sobre la personificación alegórica de aquella y que nos avisan sobre la pérdida de los placeres terrenales, la corrupción corporal.

En Lipton los vivos parecen habitar entre los muertos, algo que acerca su trabajo al “Pedro Páramo” de Juan Rulfo y nos hace plantearnos si esos individuos aislados que parecen vivos no están, en realidad, también muertos como el resto de individuos que configuran el conjunto (igual que sucedía con el personaje que protagoniza la obra del mexicano Rulfo). En algún momento Laurie Lipton nos introduce en una vulgar sala de estar donde la muerte posa sosteniendo en una de sus manos una máscara sonriente mientras la otra carga con una botella de alcohol que sirve para brindar, quizás, por la eternidad. Es un modo de mostrar el reverso mortal de nuestra existencia, el polvo eres y en polvo te convertirás que se decía en la iglesia, cenizas a las cenizas (“Ashes to ashes” tal como cantaba David Bowie en 1980).

Laurie Lipton subraya a través de sus imágenes que el goce es siempre perecedero y, al igual que las danzas de la muerte, lo hace de una forma que resulta, en cierto modo, satírica y que deja clara la última verdad de nuestra existencia: la muerte está presente y nos acaricia con sus manos huesudas.